Tras la derrota del totalitarismo en la Segunda Guerra Mundial, se creyó que democracia y derechos humanos (DH) ya eran los cimientos y valores irrefutables de Occidente. Igualmente, al concluir la Guerra Fría se pensó que dichos valores adquirieron validez universal. La realidad, sin embargo, es que ambos conceptos siguen supeditados a las conveniencias de la geopolítica y la ideología: la crisis venezolana es claro ejemplo de ello.

No obstante que el inepto dictador Nicolás Maduro pisotea la democracia, comete fraude electoral, viola los derechos humanos, arruina al país y crea una crisis humanitaria sin precedentes, los gobiernos reaccionan frente a esa tragedia conforme a sus intereses e ideología, y no objetivamente. Así, los 28 miembros de la Unión Europea no asumieron una posición común porque los de derecha reconocieron al "presidente en cargado" Juan Guaidó, y los de izquierda a Maduro.

Sin embargo, como el presidente socialista del gobierno español, Pedro Sánchez, fue tildado de hipócrita por esgrimir la no intervención en el caso de Venezuela, en tanto que fustigó a Arabia Saudita por el asesinato del periodista Kashogi; cambió de posición. España, Francia y Alemania dan a Maduro un plazo de 8 días para que convoque elecciones libres; de lo contrario reconocerán a Guaidó. Por su parte, los grandes dictadores de la época que gobiernan Rusia, China, Turquía, Cuba, Bolivia, Irán, Nicaragua, etc., respaldan a su émulo, no sólo por solidaridad ideológica y por tener fuertes intereses económico-petroleros, sino también por la consabida advertencia de que "cuando veas las barbas del vecino quemar, pon las tuyas a remojar".

Las contradicciones igualmente proliferan en México, no sólo por las opiniones contrapuestas de chairos rojos y derechairos fachos, sino principalmente porque Morena es una bizarra mezcolanza de derechistas, centristas e izquierdistas, existiendo entre estos últimos radicales adoradores de Chávez y Maduro que influyen en la toma de decisiones. Por consiguiente, de la posición anti-Maduro que teníamos en el Grupo de Lima, nos apartamos de los otros 13 socios regionales (incluido Canadá) al no aceptar se le declarara ilegitimo por provenir de elecciones fraudulentas. En virtud de que esas 13 naciones, más otras incluido Estados Unidos, reconocieron a Guaidó, el vocero de la Presidencia precisó que México sólo reconoce a Maduro porque fue "electo democráticamente" (¿?). Como no fue electo democráticamente y la aseveración fue una patada a la Doctrina Estrada —la cual sostiene que México ni reconoce, ni desconoce a gobernantes cuya elección esté en duda— la cancillería tuvo que componer el desatino ofreciendo mediar, junto con Uruguay, entre los contrincantes para encontrar una solución negociada. Ante las discrepancias dentro del grupo en el poder, el presidente se escuda en una interpretación rígida del principio constitucional de no intervención y arguye que no apoya ni a uno ni a otro, obligando a la cancillería a hacer acrobacias diplomáticas (participamos en la toma de posesión de Maduro, pero al ínfimo nivel de encargado de negocios) para complacer a los duros de Morena y al mismo tiempo no quedar mal ante el mundo.

Más que defender la democracia y los derechos humanos, todos defienden sus intereses económicos, petroleros, geopolíticos o ideológicos, comenzando por Estados Unidos, que esta vez va en serio al retener los pagos por la compra de petróleo a Venezuela (adquiere el 40% de su producción) para ahorcar financieramente a la dictadura militar. Nuestra ambigua posición no está siendo bien recibida en los momentos en que se iniciará la aprobación congresional del renegociado tratado comercial; cuestión que es de mucho mayor envergadura para nuestros intereses nacionales, que respaldar la "exitosa" revolución bolivariana.