Había un señor en Saltillo -muchos señores ha habido aquí, y señoras también, para equilibrio- que tenía un hijo. Ese muchacho era robusto, de aventajada estatura y aun, si se me apura un poco, guapo. Frisaba su edad en los 20 años. Muy bella edad es ésa. 

“Primavera de mis 20 años...”, dice una canción que cantaba el Trío Argentino. A mí, lo declaro sin resentimientos, no me gustaría volver a esa edad vernal. En la primavera no hay nada definido. Anda uno todo entelerido, y tienes que presentar examen de algo: de Resistencia de Materiales, de Macroeconomía II, de Derecho Mercantil, de Anatomía
 No traes dinero nunca, y en lo que atañe a cosas de la cintura para abajo estás continuamente insatisfecho, y eso que la satisfacción está a la mano. Lo dicho: yo no cambio mi edad dorada de hoy por la broncínea edad de ayer.

-¿Lo dice de veras, licenciado?

-De veras lo digo, linda. Y no te rías. Es más: si en este momento me dieran a escoger entre tú, que tienes 20 años, y una cuarentona de no mal ver, y aun cincuentona, no te ofendas, pero quizás escogería a la mayorcita. Son más sabias, ¿sabes?, y tienen más paciencia. A mi edad esas virtudes se agradecen mucho.

-¿De veras, licenciado?

-De veras, linda. De modo que ve aprendiendo el arte de la paciencia. Para eso lee el libro de Job. Tiene 42 capítulos, sin el epílogo, pero son breves y bastante interesantes.

-Muchas gracias, licenciado, por esa sugerencia.

-De nada. Volvamos al principio. Estaba yo hablando de este señor de Saltillo que tenía un hijo. Sano, lo dije ya, robusto y fuerte. Pero... Siempre en la vida hay peros. Somos milperos todos, porque mil peros hay en nuestra vida que la estorban o la ensombrecen. “Fulanito es muy bueno, pero muy pendejo”. “Mengana es muy bonita, pero muy putita”. Y así
Decía una señora:

-Mi hijo es igualito a Juan Gabriel. Pero él no canta.

El pero, siempre el pero...

En el caso del muchacho que digo el pero es que era muy tonto el pobrecito. En la escuela nunca pudo pasar de tercer año. Se topó ahí, en la clase de aritmética, con la maldita división aritmética. Si con la suma batalló; si con la resta se hizo bolas; si con la multiplicación se volvió loco, la división estuvo a punto de hacerlo huir con rumbo desconocido. No huyó porque esa tarde su mamá iba a hacer tortillas de harina, que le gustaban mucho.

Ahí acabó su formación académica. Lo que Natura no da la Escuela Primaria “Profesora Macrina Salgado de García” (SEP # 38, clave 9522) no presta. Lo puso a trabajar su papá en un taller mecánico, y el primer día se echó en el pie un motor de torton. La extremidad le quedó como de ave palmípeda. Luego fue a trabajar -sin sueldo, nomás por el aprendizaje- en una tienda de abarrotes llamada “La Ley de Desamortización”, propiedad de un compadre de su papá, liberal y jacobino él, que quiso llamar a su tienda “La Reforma”, pero el nombre se lo ganó Remigio Hernández, y entonces tuvo que bautizarla así, “La Ley de Desamortización”, que también es nombre liberal, pero más largo. Tampoco duró en ese trabajo el muchacho. Era tan tonto que si alguien pedía un kilo de azúcar le daba mil gramos, y no 900 u 800. ¿Puede algún comerciante imaginar pendejez mayor? Así no se puede trabajar. (Continuará mañana).

Armando FUENTES AGUIRRE
PRESENTE LO TENGO YO
‘Catón’, Cronista de la Ciudad