La depreciación del peso mexicano es un asunto multifactorial en el que intervienen aspectos internos y externos, los segundos son primero un asunto de especulación respecto a las tasas de interés en Estados Unidos que la Reserva Federal ya determinó su incremento en un cuarto de punto, de 0.25 a 0.50 de premio al ahorro, lo que impactaría en la misma proporción a la tasa al crédito. Así que en parte el incremento en tasas premio de los vecinos ha influido para el deslizamiento más reciente que ha llegado hasta 17.60 pesos por dólar.

El segundo e ineludible factor externo de depreciación es la abrupta caída del precio del petróleo hasta los 25 dólares por barril de mezcla mexicana, esto por la caída de la demanda ante la economía mundial que está en desaceleración acentuada. Por tanto menos demanda de pesos y el fortalecimiento del dólar.

El tercer factor es la casi natural dependencia de nuestra economía con la estadounidense cuyo crecimiento sigue siendo magro y por tanto no tiene un impacto decisivo sobre las perspectivas en la dinámica económica mexicana, además el avance de las exportaciones de China hacia ese país cuyo crecimiento ya desplazó a nuestras exportaciones.

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Los factores internos parecen pesar menos e en la salida de capitales del país que tuvieron una reducción de 184.49 a 174.52 mil millones de dólares de septiembre a diciembre, sin embargo también se deben considerar: expectativas negativas sobre la deuda pública federal que en estos tres años de gobierno de Peña Nieto se ha incrementado en más de 30 por ciento, lo que en efecto enciende focos rojos no tan sólo por el cumplimiento de los compromisos financieros sino por el impacto que esto tendría en la economía que de hecho recibe menos divisas por venta de petróleo; las obras públicas en infraestructura productiva que si bien tienen avance aún no es el esperado y se tiene retraso en el pago a constructores, lo que contribuye a que las expectativas de inversión directa no sean las que se esperan; el diferencial en tasas de interés excesivo y las aun altas comisiones por servicios bancarios; la ausencia de política en orientación de la inversión directa en las regiones del país, cuyo principal argumento neoliberal es la competencia entre entidades federales sin que se priorice ni se ubiquen bien a bien tanto las ventajas regionales y subregionales como el potencial productivo de las mismas; aún no existe una estrecha relación entre la investigación científica con los sectores productivos para la innovación tecnológica en procesos y productos y para elevar la eficiencia en los servicios y apoyos del sector público; entre otros.

Dadas las inquietudes generalizadas respecto a la depreciación se pregunta ¿hasta dónde llegará la depreciación del peso? La respuesta tiene asimismo varios aspectos: por una parte las variables macroeconómicas tienen, al menos en el mediano plazo, seguridad de estabilidad, como el nivel inflacionario que se ha reducido por reducida efectividad de la demanda interna y la reducción de precios de materias primas, que compensa un tanto el incremento de las importaciones y de los costos de producción, asimismo el déficit fiscal que se sitúa alrededor del 2 por ciento, entre otros aspectos. Esto induce a que la depreciación sería progresiva y no repentina o dramática; las pobres expectativas de crecimiento mundial no son un factor que afecte negativamente el precio del dólar puesto que el crecimiento de nuestra economía ha dado muestras por lo menos de estabilidad poco por encima del 2 por ciento.  

Desde mediados de este año que concluye, y ante la especulación de incremento de tasas, ya se había planteado una banda de depreciación de 16.60 a 17.80 pesos por dólar, por tanto se puede esperar que para los próximos meses se sitúe en la misma ruta, ni caída dramática ni apreciación acentuada.