La aprobación del presidente ha caído 14 puntos en siete meses, pero mantiene un sólido 66 por ciento. Otra forma de ver los números es pensar en los 4.5 millones de desencantados; votaron por él en 2018 y están inconformes con su gestión. 

Los números vienen de la encuesta coordinada por Alejandro Moreno y publicada por El Financiero el pasado primero de julio. 

Alejandro me explica, en conversación posterior, que el desencanto es más o menos similar en los principales segmentos socioeconómicos; afecta a universitarios y a quienes tienen mínimos educativos. Es por supuesto prematuro concluir que es una tendencia irreversible o pasajera. Es una instantánea sobre el desgaste sufrido en siete meses de gobierno. ¿Cuáles podrían ser las causas?  

Los leales al presidente pensarán que la desafección fue sembrada y regada por las redes sociales, la prensa “fifí” y los comentaristas críticos -que por aviesas razones- quieren frenar el cambio enarbolado por el presidente. 

Otra explicación es, que siete meses después se confirma una viejísima lección: es más fácil prometer que cumplir. El futuro podrá ser diferente, pero en estos momentos el gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador tiene poco que presumir en los temas que más preocupan a la sociedad: la inseguridad y la economía. 

La falta de resultados se enlaza con el rasgo regañón de la personalidad presidencial. Durante muchos años tundió discursivamente a la “mafia del poder”, a las fuerzas armadas y lanzaba gruñidos ocasionales a Donald Trump. Cuando tomó posesión e inauguró las mañaneras, empezó a cortejar a los adversarios antes mencionados, e inició la descalificación de aquellos grupos de clase media, condenados a padecer despidos y/o recortes. Satanizándolos, supongo, justificaba el viraje en estrategia y discurso. 

A la academia la calificó de “mafia de la ciencia” y su vocero aseguró, que en Conacyt hubo “estafas más grandes que la ‘Estafa Maestra’”. Las estancias infantiles se transformaron en nidos de “corrupción y desvíos” presupuestales y hasta asignaron porcentajes a las “irregularidades”: las había en “dos de cada tres estancias infantiles”. El presidente reconoció tenerle “mucha desconfianza a todo lo que llaman sociedad civil o iniciativas independientes”; ¿el motivo?: reciben “moches”, son “fifís”, les falta un “baño de pueblo”. 

A los “movimientos feministas y de derechos humanos” los responsabilizó de la longevidad del régimen autoritario: “veían el árbol, pero no el bosque [porque] cada quien se ocupaba de su movimiento”. A los elementos de la Policía Federal los calificó de “corruptos y echados a perder” y cuando se rebelaron, negó su legitimidad. 

Los dardos adjetivados carecieron, en la mayoría de los casos, de sustento fáctico. Eran como los reglazos y pellizcos que usaban los maestros y maestras de antaño, para demostrar quién mandaba. 

Es muy posible que estos damnificados del régimen alimentaran las filas de los descontentos reflejadas en las encuestas. Un indicador numérico sería que el 61 por ciento de los encuestados por Moreno expresan inconformidad con la manera como se han tratado a las estancias infantiles (aunque muchos de ellos sigan aprobando en lo general al presidente). 

La austeridad, el combate a la corrupción y el reforzamiento de los programas sociales son metas legítimas y deseables; por esa razón, muchos dimos el voto a AMLO. Molesta y ofende la manera insensible y caótica en que se están implementando e imponiendo recortes, así como la manera tan frívola como generalizan la descalificación. ¿Por qué maltratan tanto a la sociedad civil, a los académicos y a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y tratan tan bien a Ricardo Salinas Pliego, a los maestros de la CNTE, al Partido Verde y a los evangélicos? ¡El mundo al revés!

Los choques con estos sectores están provocando una respuesta organizada que se expresa en redes, en vialidades cerradas exigiendo mesas de negociación, en amparos y en denuncias ante medios de México y del exterior. En suma, ingredientes que alimentan la polarización nacional y desvían la atención de las transformaciones tan necesitadas por el país. La pregunta es muy obvia: ¿no valdría la pena moderar y reducir la lluvia de adjetivos? ¡Los modales sí importan!
  
@sergioaguayo
Colaboró: Mónica Gabriela Maldonado Díaz
Sergio Aguayo
CRÓNICAS DE LA TRANSICIÓN