Beth Revis, escritora, utiliza el wifi gratis afuera de la Escuela Primaria Mount Vernon-Ruth en Rutherfordton, Carolina del Norte, el 24 de abril de 2020. (Jacob Biba/The New York Times)
Aunque el internet parece cosa de todos los días, su acceso no está al alcance de la mano para todas las personas.

Por Cecilia Kang

Mientras el sol se ocultaba en una tarde reciente en Rutherfordton, Carolina del Norte, la escritora Beth Revis manejó su camioneta verde hasta el estacionamiento de una escuela primaria cerrada y se conectó al wifi gratis del edificio. Luego, por tercera vez desde el inicio de la pandemia del coronavirus, impartió una clase de escritura de dos horas desde su asiento de conductora. 

Revis, de 38 años, sostenía con una mano una linterna apuntada a su rostro y con la otra un paloselfi con su celular, mientras miraba al dispositivo para hablar con sus estudiantes. 

 

Beth Revis, escritora, en el estacionamiento de la Escuela Primaria Mount Vernon-Ruth, donde utiliza la conexión wifi gratis, en Rutherfordton, Carolina del Norte, el 24 de abril de 2020.(Jacob Biba/The New York Times)

Acceder a internet en su zona, a unos 112 kilómetros al oeste de Charlotte, siempre ha sido un dolor de cabeza, afirmó Revis. “Pero durante la pandemia ha pasado de ser una inconveniencia leve a prácticamente una imposibilidad”. 

Para Revis y muchos otros en todas partes del país, los estacionamientos han sido salvavidas digitales durante la pandemia. En vez de pasar horas en restaurantes, librerías y cafés, las personas que no tienen acceso a internet de alta velocidad en sus casas se están instalando en los estacionamientos de las escuelas, bibliotecas y tiendas que han mantenido encendidos sus avisos. 

En Ohio, el vicegobernador Jon Husted le ha dado instrucciones a las personas para que se conecten a cientos de sedes de organizaciones sin fines de lucro, bibliotecas y escuelas por todo el estado. Líderes escolares en Filadelfia y Sacramento, California, han alentado a las familias a utilizar las zonas de wifi gratis en los estacionamientos de bibliotecas y escuelas. Hace unos tres días, más de 100 personas se conectaron a la red de una de las sucursales las bibliotecas de Omaha, en Nebraska.

Cerca de Topeka, Kansas, un flujo constante de autos llegan a los alrededores de la biblioteca pública, mientras otros autos se agrupan cerca de los “libromóviles” con conexión estacionados al lado de un centro penitenciario femenino y un parque de casas móviles. 

“Espero que hayamos aprendido una lección de todo esto”, afirmó Gina Millsap, directora ejecutiva de la Biblioteca Pública del Condado de Topeka y Shawnee. “La banda ancha ya es como el agua y la electricidad, sin embargo sigue siendo tratada como un lujo”. 

La dependencia al wifi en los estacionamientos muestra los extremos a los que han llegado las personas para combatir la brecha digital del país, uno de los problemas tecnológicos más persistentes, y que se ha exacerbado por el coronavirus. 

Uno de cada cuatro estadounidenses no tiene acceso a internet de alta velocidad en sus hogares, según el Centro de Investigaciones Pew, ya sea porque es muy costoso o porque su vivienda se encuentra en una zona rural con servicio limitado. Algunos utilizan los planes de datos de sus celulares para acceder a internet de alta velocidad, pero esos planes por lo general no son suficientes para gestionar el trabajo desde casa o para la educación a distancia. Eso dificulta aún más que muchas personas puedan trabajar desde casa durante la crisis sanitaria y que sus hijos se mantengan al día con sus tareas escolares, mientras están lejos de sus salones de clase. 

En las últimas semanas, numerosos legisladores federales, tanto republicanos como demócratas, han presionado para establecer leyes que logren que el servicio sea más asequible, especialmente para familias con hijos en edad escolar. Sin embargo, varios esfuerzos legislativos de este tipo ya han sucedido en el pasado y nunca se han concretado. 

“Lo decepcionante es que durante años no hemos hecho nada para atender el problema”, dijo Mignon Clyburn, excomisaria de la Comisión Federal de Comunicaciones, quien tiene tiempo presionando para obtener más financiación para banda ancha rural y subsidios para familias de bajos ingresos. “Ahora estamos en crisis, y estamos aplicando un triaje”. 

(Jacob Biba/The New York Times)

En los mapas federales de servicio de internet, Louis Derry pareciera tener acceso a la banda ancha, porque pocas personas en su zona del estado de Nueva York tienen conexiones de alta velocidad (definida así por el gobierno cuando supera los 25 megabits por segundo). Pero en su hogar, a 11 kilómetros de la Universidad Cornell, su proveedor solo tiene disponible una velocidad mucho más lenta, 5 megabits por segundo. Y eso no alcanza para cubrir las necesidades de su familia. 

La familia toma turnos para manejar hasta Brookton’s Market, una pequeña tienda local con un camino de grava, para estacionarse y conectarse a su internet gratis. La hija de Derry, Ellie, estudiante de primer año de Colorado College, va allí casi a diario para sus clases por Zoom y para descargar archivos grandes que puede llevarse a casa y en los que puede trabajar sin conexión. Casi siempre otros autos también están estacionados cerca, y sus conductores se conectan al wifi gratis mientras usan sus computadoras portátiles. Por lo general mantienen un puesto vacío entre ellos, para respetar las normas de distanciamiento social. 

En zonas más urbanas, los problemas se deben más a la accesibilidad financiera. Mary Anne Mendoza, una estudiante de doctorado de 26 años de la Universidad de California en Irvine, comparte con su madre y hermana el servicio de internet menos costoso disponible en su apartamento de dos habitaciones cerca de la universidad. Cuando su madre, una candidata MBA, está en una videoconferencia, y su hermana está en línea para una clase de pregrado, la velocidad del wifi de su casa se desploma al mínimo. 

Como resultado, Mendoza, quien también enseña ciencias políticas en la Universidad Estatal Politécnica de California en Pomona, ha estado conduciendo hasta el estacionamiento de un Starbucks cercano para poder conectarse en línea. 

“En mi auto tengo la privacidad que necesito y la calidad del servicio es superior”, afirmó. 

Anna Haskins, profesora de sociología de la Universidad Cornell, afirmó que depender de los estacionamientos era inadecuado para sus alumnos, quienes están tomando clases de manera remota. Un estudiante en San Luis estuvo incomunicado electrónicamente por dos semanas hasta que pudo conseguir una zona pública de wifi. Otra, en la zona rural de Oklahoma, está manejando varios kilómetros al día hacia el estacionamiento con zona gratis de wifi más cercano para realizar sus exámenes y tareas desde su auto. 

“Tener que salir de la casa para tomar un examen en un auto muestra lo difícil que es esta transición para algunos”, dijo Haskins. “Es difícil evaluar a las personas justamente. ¿Sacaron una baja calificación en un examen porque no estudiaron o porque no tuvieron mejores condiciones para realizar la prueba?”.