Foto: Vanguardia/Luis Salcedo

Ahora soy un espectro

que vaga por un desierto

y acampa en una calavera.

Adonis

 

En la hoja de sala que se obsequia a los visitantes de la exposición “Desierto de Agua”, de María West –Centro Cultural Vito Alessio Robles-, la autora de estas acuarelas escribe al desierto:

“Me veo reflejada en la arena que te forma, soy polvo como tú, soy libre en tus espacios abiertos, en tus rumores, mi desierto de Coahuila, lleno de vida, de esa vida que tenemos que mirar con atención, porque no es discreto y apacible…”

Al margen de reparos sintácticos o líricos, lo que dice la artista es verdad: contra lo que pudiera pensarse, el desierto no aparece ante nosotros como “discreto” y “apacible”.

Al contrario. La discreción del desierto simula, como diría el Diccionario de la RAE en una de sus acepciones, un acto de “reserva”, “prudencia” y “circunspección”. La fauna sabe asimilar y administrar prudentemente la brizna de agua que llega a su cuerpo y sobrevive de modo circunspecto, a fuerza de empeño y terquedad.

Dos salas de este Centro Cultural ocupan las austeras acuarelas de María West. Es sencillo recorrerlas, pero no tan simple recoger el sentido que emite cada una de ellas, tan frugales, tan despojadas de cualquier forma de exuberancia como el desierto mismo.

Su contemplación me retrotrajo a una remota época estudiantil: Claude A. Ville y su clásica “Biología”, ilustrada con innumerables dibujos de línea finísima: suculento material para la elaboración de otros tantos collages a lo Max Ernst, si no sufriera ese prurito de anticuada veneración por los libros.

Pero María West no pinta células, tejidos vegetales o animales expuestos a la lente implacable del microscopio; tampoco aves, peces o mamíferos. Ella pinta entes solitarios, “circunspectos” y ensimismados, cubiertos por una piel extrañamente verde y armados con espinas y aguijones.

Entes solitarios pero variados, porque el desierto también ostenta su propia diversidad vegetal y animal. Frente al barroco de la selva o la floresta, el minimalismo del desierto: su virtual soledad, su otro rumor, sus testigos, su vida secreta.

Veo en la tarea plástica de María West la necesidad de estudiar con morosidad esta vida en parte oculta del desierto. La gran paradoja: sus cuadros son acuarelas, están hechos con pigmento y agua. Otra paradoja: el predominio del color verde, o mejor dicho, de los muchos verdes. Pareciera que la vida es verde, así se trate del páramo, de la montaña o del valle. ¿Cuál es la semántica del verde, si la hay?

“Fuente de inspiración –escribe la pintora-, el agua, que, escasa, te sustenta y en la tinta te inmortaliza en Acuarela. Qué contraste y qué incongruencia tan maravillosa, plasmarte en agua, a ti, desierto.”

Pero aunque en estas acuarelas el verde es hegemónico, también hay sitio para otros colores: “Biznaga espinosa” se ve coronada por dos desafiantes flores de color rosado intenso; “Peyote floreado” ostenta sobre su rechoncho cuerpo de un verde pálido –en este caso- otro par de flores suavemente rosadas; “Nopal de Castilla” presume sus tunas de un violeta lujoso.

La pintora dice: “En cada cactus está la fuente, en la molécula que inspira al instinto a seguir la lucha por la vida y perpetuarse por siglos, por encima de lo humano…”.

Desde una visión distanciada, pareciera que esa lucha molecular y genética produce especímenes tan monstruosos como las flores. Los cactus son esperpentos o alimañas mitológicas; las flores, adefesios gesticulantes, producto de una suerte de azar evolutivo. En ambos casos, se trata de una monstruosidad tan intimidatoria como seductora.

Las tenaces plantas que vemos en estos cuadros son entes solitarios, sustraídos de su entorno y dispuestos en el espacio del papel como protagonistas de un drama unipersonal; no hay un contexto que los acoja ni un compañero a la vista; su medio ambiente es el espacio en blanco: regularmente, cada nopal, cada biznaga, cada peyote, cada suculenta, dramatiza sus propios empeños.

Lo que el espectador ve en esta exposición son acuarelas en el más estricto sentido de la palabra. La transparencia del color y el fondo natural del papel ofrecen a la mirada no sólo una lección de la vida vegetal del desierto sino también una numerosa metáfora que cualquiera puede comprender:

Todos estos solitarios personajes representan los afanes de cualquier organismo por sujetarse a la vida, como sucede con millones de seres humanos en el mundo: a pesar de la marginación, la pobreza y la hostilidad, sobreviven en la intemperie, a despecho de la indiferencia del cosmos y de las circunstancias.

Sin presentarse como “obras maestras”, las acuarelas de María West constituyen un breve repaso de la flora del desierto coahuilense. Muestran el rigor y la disciplina que exige una de las técnicas más arduas en el ámbito de las artes visuales; técnica que, por algún motivo, es considerada por muchos como “menor”.

Estas acuarelas son el testimonio de lo contrario: la acuarela -como el grabado, el carbón o el pastel- es una de las formas más demandantes del arte. Y la mayoría de las que aquí se muestran son espléndidos ejercicios de composición, dibujo, color y uso de recursos plásticos.

“El bravo sol me acerca cada día a la conciencia de mortalidad –dice la pintora-, soy finita en su infinito ardor.”

Así, bajo un sol prematuramente veraniego repaso en la memoria las acuarelas de la artista, y sus nopales y órganos tubulares se mezclan en el recuerdo con los meticulosos dibujos que ilustran -¿o ilustraban?- la antes canónica “Biología” de Ville.