Según se dice, la Asamblea del PRI impulsó la candidatura de José Antonio Meade. No obstante lo directo que podría resultar la estrategia de ir a la modernidad sin candados, lo cierto es que en el PRI se juega a varias bandas. El viejo partido que se quiere comportar como nuevo, siempre ha sabido engañar con la verdad. Los lanzadores priístas saben tirar toda clase de lanzamientos al bateador, especialmente cambios de velocidad, y no solamente la esperada recta. Los ejemplos de engaños priístas son proverbiales y los referidos a la sucesión presidencial son dignos de una serie de Netflix: Alemán al engañar a Casas Alemán y designar a Ruiz Cortines, Ruiz Cortines al engañar al doctor Morones, pero particularmente a Gilberto Flores Muñoz, Echeverría al engañar a Moya Palencia, De la Madrid a Del Mazo II y así uno y otro.

Las crónicas refieren que el presidente Ruiz Cortines, ya próximo el destape, le encargó a un hombre de honestidad y verticalidad incuestionable, el secretario de Hacienda Antonio Carrillo Flores, que hablara con Flores Muñoz, el secretario de Agricultura y Ganadería, sobre la situación financiera del país para cuando llegará el cambio. Por su parte, la esposa del presidente Ruiz Cortines invitaba a la esposa de Flores Muñoz a Los Pinos para que fuera pensando qué cambios convendría hacer en la casa presidencial. Le llegó a pedir que se sentará a comer en la cabecera del comedor, "para que se fuera acostumbrando".

La lista es amplia, Manuel Camacho rompió para siempre con su fraterno amigo Carlos Salinas de Gortari por estimar que lo había engañado, cuando lo único que hizo el presidente fue jugar a la política mexicana.
Me parece que la irrupción de Meade es una jugada de atracción (provocar al rey contrario para que persiga nuestra piezas y entonces... !jaque!) Meade no es del PRI, es por el contrario exactamente el emblema del PRIAN: secretario en gobiernos del PAN y del PRI. No parece viable la candidatura priísta de quien representa exactamente lo que Andrés Manuel López Obrador, (a la cabeza de las encuestas) ha venido insistiendo como el eje de su discurso, como su blanco favorito, como su punching bag preferido. Por si hubiera dudas del lugar que ocupa López Obrador en la sucesión presidencial, Enrique Ochoa admite que "es el candidato a vencer" y que sólo el PRI puede detener "la amenaza que tiene México de parecerse a Venezuela".

Si AMLO es la cabeza visible, enfrentarlo con Meade, un buen funcionario en los gabinetes de Calderón y de Peña Nieto, no solamente es desproporcionado dado los tamaños políticos de ambos: un político de tiempo completo frente a un tecnócrata de altos vuelos internacionales, pero finalmente tecnócrata, desvinculado del sentir popular. El mismo AMLO estaría feliz de enfrentar a Meade. Aún antes de que se abrieran los candados, en junio, ya había vaticinado la candidatura del secretario de Hacienda y adelantó que la estrategia de la mafia del poder es mandar dos candidatos: "el que van a apoyar todos", refiriéndose a Meade y el de la alianza PAN/PRD, que según AMLO es "promiscuidad política". AMLO ha declarado que va a ganarle a los dos y Ochoa ha dicho que el candidato a vencer es AMLO, pero ¿que corresponde hacer a los mexicanos?

En lugar de empezar a analizar propuestas para resolver los graves problemas que aquejan al país, como concierne a una sociedad democrática y participativa, se ha caído en el perverso juego del tapado y sus secuelas, grilla pura. El gobierno en turno lleva casi cinco años de tapar las cosas y ahora resulta que ni siquiera el tapado se puede destapar a tiempo. No podrá Meade con AMLO y no podrán los demás que se mencionan en el PRI, salvo, tal vez, que el Presidente se decidiera por quien es maduro, no es de su grupo histórico, no es mexiquense, no hace negocios, no es corrupto y lleva una carrera respetable en el servicio público. Meade serviría más al país desde el Banco de México, que pronto quedará acéfalo.

Twitter: @DrMarioMelgarA