El aroma se percibe desde la entrada a la calle Hidalgo, por la de Ramos Arizpe. Flota en la atmósfera: caramelo y vainilla. Son los churros que nos encontraremos más adelante, casi llegando a Catedral. Se festejó al Santo Cristo, y las calles, cerradas a la circulación, vivieron sus días de esplendor comercial.

La gente se arremolina frente a los puestos: desde las artesanías mexicanas, platos, vasos y jarras de barro, exquisitos trabajos de orfebrería y mantelería. Juguetes de plástico, bolsas hechas a mano y gorras. Área de comidas. Hay que hacerse paso para llegar a la iglesia, donde el tumulto de personas se desborda.

Se dedicó el novenario a los jóvenes, y fueron muchos, muchos, los que acudieron al llamado. 

¿Alguien había pensado que la Iglesia católica perdía adeptos? Quizá sí, años atrás; hoy se llenó. Para la iglesia y su fe es una época de esperanza. Los jóvenes tomaron lista de asistencia.

El sacerdote se refiere a ellos: “Es la fe 
–dice en una de las homilías del novenario– el más grande tesoro para el ser humano”. Fe y caridad tienen que ir de la mano. Y así se vio cuando los feligreses daban el paso a otros, o le cedían un asiento a los ancianos. Asientos por demás demandados en la iglesia repleta, codiciados por los que permanecen la misa completa.

Los pendones que adornan la iglesia, alrededor de un Santo Cristo circundado de flores amarillas y decorados verdes, ofrecen mensajes a los jóvenes. Las imágenes son del Papa rodeado de muchachos; se finca la esperanza en la juventud.

Patente devoción. Los muchachos se aproximan al altar al llamado del sacerdote. Las oraciones en torno a ellos vuelve evidente la necesidad de recordar cómo la Iglesia constantemente ha de renovarse para continuar su ruta. Es una misa dedicada a ellos, así que lo que menos encontramos es niños pequeños, pero sí todos aquellos adultos que hacen sus novenarios rigurosamente desde hace años.

Mientras, fuera, el viento sopla con fuerza. Los banderines de colores, sujetos a la estructura de la parte central de la fachada y a la reja de protección de la iglesia, se agitan con fuerza y logran un efecto óptico multicolor. Muchos han colgado sus propios listones en las mismas protecciones. Así, el colorido juego se dinamiza todavía más. A lo lejos, en el otro extremo de la Plaza de Armas, las pelotas de goma, sujetas a un listón, chocan en el suelo y brincan ágilmente hasta volver de nuevo al piso, haciendo la dicha de los chiquillos y la fascinación de sus padres y abuelos.

Escasean esta tarde los vendedores de semillas. No se ve por ningún lado a uno de ellos; lo que antaño era el paisaje común, en esta tarde no aparecen. Sí puede verse, en cambio, el tradicional correteo de palomas que hacen los niños. Esta vez, una madre organizada ha llevado una bolsa de arroz que lanza a las aves, mientras sus pequeños hijos ayudan con un puñado para atraer a las más alejadas.

Sin funcionar también la Fuente de las Ninfas, una buena limpieza no le caería nada mal. 

Tanto ella, como su vecina, la de la Plaza de San Esteban de la Nueva Tlaxcala requieren mantenimiento a fondo.

Cuántos congregados en la fiesta. Hubo de 35 a 40 mil en la Feria de Saltillo. Miles habrán sido también en esta, el festejo religioso más importante de los saltillenses, el que les dota de identidad y los fortalece en una devoción que han heredado y continúa vigente.

Estos jóvenes que acudieron al llamado han hecho lo mismo que aquellos, sus padres y abuelos. Una dulce devoción frente al Santo Cristo de la Capilla. Devoción que define; una devoción que ha permanecido a través de los siglos.