Mañana celebramos a la figura más importante y contradictoria de la psique del mexicano: ¡Nuestra madre, bohemios!

No se necesita en realidad ser hijo de esta Patria para sostener una relación compleja con la progenitora. Recuerde, si no me lo cree, las palabras que Sigmund Freud -quien era austriaco- dedicara a la autora de sus días en su recital en el kínder por el 10 de Mayo: “Tú eres mi mamita, rica y apretadita”.

Significa que no hay pueblo, cultura o etnia exenta de “issues” con la jefita. Broncas con la mami las tienen hasta los esquimales.

Sin embargo, dada nuestra herencia latina y por ser hijos de la Malinche, traemos el Complejo de Albertano muy a flor de piel.

¿Qué significa ello?

Pues que la madre es sagrada para nosotros y no obstante nos pasamos la vida inventando nuevas maneras de mortificarla y decepcionarla.

Aunque significa también que las matriarcas, pese a ser “vístimas” transgeneracionales de todas las formas posibles de machismo, no cesaron de engendrar, parir y criar durante siglos, camada tras camada de nuevos machitos, educados para ejercer la violencia, y niñas programadas para perpetuar ese rol de subordinación del que tantas penurias les está costando zafarse al día de hoy.

Y no obstante, la  lucha por la igualdad y la segunda libración femenina han podido enmendar un poco aquella situación, estamos muy lejos todavía de que nadie pueda cantar victoria.

El siglo 20 nos trajo una reinvención de la figura materna, que de abnegada, inmaculada y pasiva pasó a reclamar un papel más desinhibido y protagónico, mismo que entró en conflicto con el machismo activo y latente de nuestro pueblo. Este nuevo modelo de madre, a lo D’Alessio, rompía con el paradigma forjado por Marga López.

Si hasta hace algunas décadas una mujer abandonada y con hijos se sentaba a esperar a que su suerte cambiara, las madres solteras de la modernidad no se quedaban cruzadas de brazos.

Cosa curiosa, la otra heroína de la controversial cinta “Roma”, Sofía, la madre de familia interpretada por Marina de Tavira, es un ejemplo de lo anterior. De hecho toda la cinta de Cuarón es un discurso sobre una sociedad construida por mujeres a partir de la ausencia del padre, y eso que la anécdota se desarrolla en los años 70.

Esta primera generación de divorciadas sufrió el reproche de sus mayores, por no aguantar con abnegación los vaivenes del viejón, del hombre de la casa, del marido. Después de todo, fue parte de los compromisos adquiridos en el altar ¿no? Que para ello les pusieron el ejemplo sus madres, y antes que ellas sus abuelas, y las bisabuelas y así hasta llegar a los tiempos bíblicos.

Pero de regreso al presente, el reproche hacia las madres “separadas” o “dejadas” -si me dispensa el término- ya no viene de las matriarcas de familia, sino del juicio pronto de esa masa amorfa, omnipresente y cibernética en que se ha convertido nuestra sociedad, misma que ha rotulado -injustamente- a todas con la etiqueta de “luchonas”.

Y si bien, el término “luchona” alude -o aludía originalmente- a las dificultades con que una mujer sola debe afrontar la crianza y manutención de sus “bendiciones”, pronto el término se redujo a un chiste en referencia a las mujeres que:

1.- No aprendieron de una primera experiencia y se han embarazado en múltiples ocasiones de sujetos irresponsables, cada vez con la ilusión de que “éste sea el bueno” y se haga cargo económicamente de los críos que no son suyos.

2.-Consagran los fines de semana a la parranda gracias a que “enjaretan” a sus retoños a sus -esas sí- abnegadas madres.

3.- Participan de una cierta subcultura que encuentra sus síntesis en la fallecida cantante de banda Jenni Rivera. Una que entre tragos de whiskey y Tecate Light hace alarde de autosuficiencia y “chingonería”, despotrica en contra de los hombres y sus incontables deficiencias al tiempo que le llora a los amores malogrados.

¿Qué peso tendrán las luchonas a la larga en nuestra sociedad? Ya lo veremos, cuando su primera camada alcance la edad para votar, o antes, cuando estén en edad de delinquir.

El resultado, de ser catastrófico, no será imputable únicamente a la luchona, sino por supuesto será también responsabilidad del haragán, buchón, “pocoshuevos” y “buenoparanada” del padre, quien abandonó a un engendro o dejó a la deriva a un proyecto de familia.

Si por el contrario, y contra todo pronóstico, resulta en una generación de mexicanos que saben apreciar el esfuerzo y valoran con gratitud los sacrificios que se hicieron en su nombre, todo el mérito será -ahora sí- de las que se quedaron a partírsela, de las luchonas, a las que sólo se les podrá criticar su gusto por la cerveza corriente, los hombres inútiles y la música pinche.