El jueves pasado Culiacán vivió un día oscuro. La captura efímera del Chapito, Ovidio Guzmán, provocó que la violencia se desatara en la ciudad desde ese día por la tarde. Las redes sociales se llenaron de videos que mostraban la fuga de reos del penal de Aguaruto, bloqueos y quema de automóviles. A la media noche, personas reportaban el sobrevuelo de helicópteros y disparos.

La población culichi sabe muy bien lo que significa vivir con el narcotráfico. Tal vez por eso su temperamento entrón, su búsqueda incansable por mantener un ambiente de paz –a toda costa– y su resiliencia.

En la capital de Sinaloa queda claro quién manda, porque el Estado –sin importar sexenio o color de partido en turno– se ha visto rebasado por su torpeza ante la eficacia que tiene el narcotráfico para controlar la plaza, sembrar terror y así obtener impunidad.

Hagamos un repaso. Esta ciudad fue testigo en mayo de 2008 de cruentas batallas por la muerte de uno de los hijos de Joaquín “el Chapo” Guzmán. El episodio también trajo días de oscuridad para la población durante el gobierno de Felipe Calderón.

Cómo olvidar aquella manifestación de 2 mil personas para pedir la liberación del narcotraficante en febrero del 2014. Ni que decir de las fugas del personaje de penales de alta de seguridad: Puente Grande, Jalisco (enero de 2001), y Altiplano, Estado de México (julio de 2015). Ambos hechos dejaron en ridículo a los gobiernos de Vicente Fox y Enrique Peña Nieto.

Sin embargo, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador no parece escapar de la inercia. Ayer mismo, Luis Cresencio Sandoval, secretario de la Defensa Nacional, reconoció que se actuó de “manera precipitada” con “deficiente planeación” y “falta de previsión sobre las consecuencias de la intervención”.

Ahora bien, esto no se trata de probar lo mal que están los presidentes en turno y sentirnos orgullosos por tener la razón. Al contrario, esta situación es preocupante y triste para nuestro País.

Tenemos, por lo menos, 20 años con estrategias fallidas para frenar la delincuencia organizada que van dejando pérdidas irreparables. ¿Cómo podemos reconstruir un estado de derecho frágil y desgastado? Con sangre, balas, terror, polarización e ineptitud estaremos muy lejos de lograrlo. Se requieren acciones de inteligencia financiera, detener la corrupción en las corporaciones y gobiernos, desmilitarizar a los cuerpos de seguridad pública y construir comunidades que permitan prevenir y erradicar la violencia.

No más días oscuros en Culiacán ni en otro lugar del País.