Serán miles las justificaciones, ¿o me estaré volviendo obsoleto?, pero esta temporada de días de guardar en antaño refiere una transformación (hoy tan de moda) en el quehacer entre jueves a domingo de pascua.

No hace mucho tiempo, 50 años para ser exacto, las calles de mi tierra natal, Saltillo, lucían desiertas y las casas eran el refugio de los infantes.

Adentro, los aromas de los chicales en cocimiento así como los nopales, el caldo de camarón, las tortas de papa, el horrendo pescado empanizado, o con ojos diría Jaime, mi hermano.

Las labores del jueves después del desayuno incluían la visita a los siete templos, de los que no había suficientes y céntricos en Saltillo, por lo que la catedral contaba por dos. San Juan, La Trinidad, San Francisco, La Luz y San Esteban remataban la caminata larga para llegar a la hora de la comida y disfrutar de postre la dulce capirotada, que raramente sólo sabe bien en esa fecha. 

(Hare homenaje al concurso familiar de ese postre entre Chita, mi madre, y la tía Socorrito, a la que tiempo después se sumó la de Bertha Carbajal y la de Isa, muestra cultural de los diversos lugares en que hemos morado).

Asunto de comidas, rezos y juegos era la Semana Santa de la infancia. El viernes era de la escucha de las siete palabras y la vestimenta negra de doña Lupe, mi abuela, por el luto de la Virgen.

En Morelia fuimos partícipes, hará unos años, de una ceremonia única y excepcional en el templo de la Cruz, que es abierto antes de la procesión y en la que se acostumbra la ceremonia de las condolencias a María.

El Sábado de Gloria, de baile mejor dicho en las rancherías, jolgorio pleno entre los más famosos: Las Encinas, El Tunal, San Antonio de las Alazanas, Santa Teresa de los Muchachos, Carneros o, si se quiere ir más lejos, Concha del Oro en Zacatecas.

El conjunto norteño, o fara-fara mentado, anima la ceremonia y que empiece el taconeo y el terregal en el júbilo por la noticia de que el redentor seguro resucitará al siguiente día, no obstante lo que hemos hechos con el legado que nos dejó a cuidar.

En el norte del estado, la costumbre es festejar el Domingo de Pascua, influenciados por la práctica gringa de la coneja, tradición en la que se esconden huevos llenos de dulces para que los niños los encuentren, sólo que por estos lares, acá de este lado, lo que se esconden son caguamas para que sean los adultos quienes las busquen y, al dar con ellas, las tomen al hilo, de gusto por la resurrección.

Trágica coneja para los lugares de trabajo, el lunes de realidades después de la semana mayor, sobre todo en las especies godínez y similares, con la excusa del trafico dominical y la vuelta a la jornada hasta el martes, si bien nos va.

Una canción de Óscar Chávez remata este relato: “El lunes por la mañana / bastante malo me vi, / fui a curarme a la cantina, / se me pasó y la seguí. / Martes de carnes tolendas es de gusto general / al verse las copas llenas de tequila y de mezcal. / Miércoles de la ceniza es el día de la tristeza / al ver que se vuelve polvo / la humana naturaleza. / Jueves santo me emborracho / porque el Señor en su templo se alzó una copa de vino / para darnos el ejemplo. / Viernes santo bien quisiera / ya quitarme la embriaguez pero me ha podido mucho / la pasión de nuestro juez. / El sábado fue de gloria, y esto me invitó a seguir, / a eso vino Jesucristo este mundo a redimir. / El domingo fue de gusto porque me diste tu amor / y por eso me emborracho con este bello licor”.

La Pascua en la reflexión nos invita a lo que Cristo anhelaba en la “última cena” con sus discípulos, Dios aún espera nuestra comunión. Nuestros pensamientos y acciones cotidianas son un obstáculo autoimpuesto. ¡Cristo lo venció en la cruz! Y en cada celebración de la Cena del Señor nos exhorta a arrepentirnos. Nos exhorta a venir, a comer, a recibir nuevamente la gracia del perdón que el pan y la copa simbolizan.

En la cena, nuestro Salvador está verdaderamente presente y aún nos ofrece su gracia. Sólo necesitamos un corazón humilde y serenado; eso es posible sólo si en nosotros reina la paz y la esperanza. Una pascua de resurrección plena a mis lectores, es el deseo.


Al correr de la pluma