Pensé que nos desplomaríamos al precicipio. Luego se hizo el silencio. Varados y sin comunicaciones, desconocíamos la dimensión real de lo sucedido

La mañana del 11 de marzo del año 2011, hace ya diez años, me encontraba en Japón junto a Eduardo Olmos, entonces alcalde de Torreón, un hombre a quién me une una amistad a prueba de temblores. Ese día salimos de un hotel en Tokio para dirigirnos a la estación central de trenes y tomar el “Shinkansen”, tren bala orgullo de la tecnología nipona, una maquina capaz de alcanzar los 300 km/hr.

Nos dirigíamos a Hamamatsu, ciudad en donde sostuvimos una reunión con ejecutivos de una empresa automotriz con interés de invertir en México. Durante el camino a la estación, me llamaron la atención cómo florecían los cerezos del majestuoso Palacio Imperial de Tokio, el sitio desde donde en agosto de 1945, el emperador Hirohito dio el discurso de rendición durante la Segunda Guerra Mundial.

Horas más tarde, ya estábamos de regresamos en el mismo tren con destino a la capital nipona cuando sin avisar, el “Shinkansen”, que al igual que la determinación japonesa jamás se detenía, lo hizo. No entendíamos el motivo y lo único que hice fue revisar mi reloj que marcaba las 14:46 horas, me asomé por la ventana y observé que estábamos justo encima de un enorme puente y al fondo, el vacío. Todos nos preguntábamos que estaba pasando y la respuesta llegó rápido. Una sacudida violenta provocó que el tren se estremeciera con la fragilidad de un árbol bajo la tormenta. El movimiento duró casi dos minutos que parecieron eternos.

Pensé que nos desplomaríamos al precipicio. Luego se hizo el silencio. Varados y sin comunicaciones, desconocíamos la dimensión real de lo sucedido. Pasaron horas y pudimos regresamos a Tokio y nos impresionó lo que vimos: una megalópolis en tinieblas. Ahí nos enteramos que fue un terremoto de 9.0 grados en la escala de Richter, el de mayor magnitud en su historia y que eso había desatado un mortal tsunami con olas de 10 metros que arrasó todo a su paso. La situación se agravó porque la central nuclear de Fukushima dejó de funcionar, convirtiéndose en el accidente más grave después del Chernóbil.

En ese momento, mi único deseo era contactar a mi familia para decirle que todo estaba bien, pero las comunicaciones eran caóticas. Al final pude hacerlo y pensando que había pasado lo peor, les pedí que estuvieran tranquilos, que nosotros estábamos seguros… de nuevo me equivoqué. Y es que jamás pensé en las réplicas del terremoto, más de cien durante esa una noche eterna. A cada replica, le seguía una más fuerte y destructiva. Pero hubo una, la peor, violenta, impulsiva y rabiosa, que hizo crujir las estructuras del hotel de 30 pisos. Lo que siguió fue indescriptible: el horror, los pasillos llenos de polvo, sirenas de emergencia aullando y una oscuridad que nos devoraba.

En ese momento pensé en la posibilidad real de que iba a perder la vida y entonces vinieron a mi mente los recuerdos de mis hijos Sofía Amaranta, Rodrigo y Regina. Pensé en Sandra mi esposa, hermosa y solidaria. Recordé a mi madre y a mi hermano. Asumí que no volvería a verlos y lamenté no tener una última oportunidad de abrazarlos. Por fortuna pasaron las horas y como siempre, el sol nació en Japón y al amanecer, se hizo el milagro de su arquitectura, pues el hotel había soportado todo. Tomé mi maleta y salí corriendo de ahí con el deseo de Ulises en “La Odisea”: regresar a casa.

Pero ahí empezó otra “Odisea”, pues no había forma de abandonar la isla, todos los vuelos estaban cancelados. La noche siguiente del temblor, le pedí a un amigo lagunero que trabajaba en la Embajada, me permitiera quedarme en su casa con la súplica de dormir en el piso: no quería saber nada de alturas.

Pasaron varios días para poder regresar a México; pero en el camino de vuelta, supe que algo en mí había cambiado para siempre. Caí en la cuenta que el aliento era mi única propiedad. Que el mañana no existe, que las segundas oportunidades existen y yo no pensaba desperdiciar la mía. Al paso del tiempo, me alejé del tipo de vida que hoy desprecio, y aunque mi familia y yo hemos pagado un precio muy alto por ello, ha valido la pena: somos libres.

Hoy, al paso del tiempo, pienso que cuando pasé el temblor, se hizo presente en mí como nunca, aquella frase de Kafka, pues tengo “la fortuna de comprender que el suelo sobre el que permaneces no puede ser más grande que los dos pies que lo cubren”.