La democracia en su acepción más amplia, es decir, entendiéndola como estructura jurídica o como régimen político, pero sobre todo concibiéndola como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo, constituye, sin cortapisas, el valor central de las sociedades contemporáneas.

La democracia se construye a partir y a través de una serie de libertades, derechos y prerrogativas ciudadanas que la definen, moldean y habilitan para brindarnos de vuelta otra serie de libertades y derechos estrictamente indispensables para la vida cotidiana.

La democracia es el cauce por el que fluyen y se materializan la soberanía popular y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes. Por ello, libertades, derechos, prerrogativas y democracia crean una especie de simbiosis provocando una asociación estrecha e íntima para beneficiarse mutuamente y, consecuentemente, beneficiar a toda la sociedad.

A partir de esta concepción simbiótica, pretendo derrotar la añeja idea de que las únicas libertades y derechos vinculados con la democracia son los que se ejercen a través de mecanismos de participación ciudadana tales como el derecho al sufragio (pasivo y activo), las consultas populares, el plebiscito, el referendo, la iniciativa popular o la revocación de mandato.

En realidad, en los escenarios auténticamente democráticos los derechos humanos y las libertades que dotan de contenido y conceptualizan a la democracia son muchos más. Por ejemplo, la igualdad, la no discriminación, la dignidad humana, las libertades de expresión, prensa, asociación, reunión, creencias, culto, enseñanza, por mencionar algunas cuantas.

Todas estas libertades, momento a momento, nos brindan la posibilidad de percibir y palpar la democracia y de vivir dentro de ella; aseverar que es real; que nosotros la ejercemos y materializamos cotidianamente, no sólo al hacer efectivos nuestros derechos político-electorales, sino a través de otras muchas actividades de nuestra vida cotidiana.

Pensemos en situaciones ordinarias: podemos activar Netflix y ver desde lo más hasta lo menos ortodoxo. Como, por ejemplo, “La Primera Tentación de Cristo”, película “cómica” brasileña –bastante mala, por cierto– en la que se presenta a Jesucristo como persona homosexual. O bien, podemos adquirir y leer las obras del Marqués de Sade por más controversiales que le parezcan a mucha gente; podemos acceder a internet y a todo lo que hay en él; podemos acoger la religión deseada o bien cambiar de cosmovisión si así lo deseamos; podemos recibir educación sexual integral; podemos adquirir la pastilla del día siguiente. Todos estos podemos son ejemplos de lo que implica vivir en democracia.

Esas y muchas otras libertades concretas y cotidianas sólo son posibles en los escenarios auténticamente democráticos y con una condición indispensable: la participación ciudadana. El epicentro de la democracia es, por ende, la persona humana y su intención de participar: haciendo o inclusive dejando de hacer.

Esa participación impacta y permea prácticamente en todo. La sociedad se involucra desde planos y para propósitos tan amplios como diversos. Y si bien es cierto, no todos podemos participar en todo, en la actualidad todos tenemos la posibilidad de participar en cualquier asunto que sea de nuestro interés.

En cuanto a las formas de participación ciudadana es evidente que algunas de ellas, en momentos determinados, cobran mayor relevancia. Por ejemplo, cuando ejercemos nuestro derecho al voto o bien cuando nos abstenemos de votar, caso en el cuál estamos participando al dejar de participar.

Lo antes dicho cobra especialmente relevancia el día de hoy; fecha en la que habrá comicios para definir a las 25 personas que integrarán, por un periodo de tres años, el Congreso del Estado de Coahuila a partir del 1 de enero del 2021.

Hoy es un día trascendental por muchas razones. En primer lugar, por la incertidumbre que durante semanas se vivió derivada de la suspensión del proceso electoral, tanto en Coahuila como en Hidalgo, por la pandemia.

Esta inseguridad afortunadamente se desvaneció cuando el INE reanudó el proceso electoral, evitando con ello una crisis constitucional sin precedente derivada de la ausencia de norma jurídica que ofreciera una solución ante la falta de designación de las diputaciones locales.

En segundo lugar, porque las y los coahuilenses tendremos la posibilidad de elegir a las personas en quienes se deposita una de las principales funciones del Estado: la legislativa. El día de hoy podremos elegir a quienes crean el marco normativo que nos permite, entre otras cosas, ejercer los derechos y libertades que poseemos como personas dentro del territorio coahuilense.

Aunado a lo anterior, nuestra participación en las urnas es de suma relevancia porque a través de ella se garantiza el equilibrio horizontal entre los poderes del Estado como el mejor escenario posible en la democracia.

No botemos nuestro voto. Dignifiquémoslo como lo que representa: una de las principales conquistas de la humanidad, misma que en el Tribunal Electoral de Coahuila estamos preparados para defender bajo los principios certeza, legalidad, imparcialidad, independencia, objetividad, transparencia, profesionalismo, excelencia e integridad en las decisiones que adoptemos.
 

El autor es magistrado presidente del Tribunal Electoral del Estado de Coahuila de Zaragoza

sergiodiazrendon@hotmail.com