Somos tan cochinos, corruptos y mezquinos que ya le dimos en la madre a la serranía circundante sin ayuda de incendios

Dado que somos todos muy ecológicamente conscientes, estamos consternados desde luego por la reciente devastación de la Sierra de Zapalinamé a causa del fuego provocado -se presume- de manera accidental por un grupo de jóvenes imprudentes.

La plañidera consecuente, así como la exigencia de las cabezas de los responsables es ya muy natural en nosotros.

Aunque, cabe decir, nos conformamos siempre con la versión abreviada, con el análisis somero, con la visión corta y con el juicio sumario. Hay que, sin embargo, considerar algunos aspectos menos populares en este clamor de turba iracunda.

La Ley en efecto parece contemplar un castigo (pena carcelaria de dos a diez años) para quien o quienes originen un incendio forestal.

Faltaría aun demostrar, como se dice, fuera de toda duda razonable, que los imputados son en verdad los autores del siniestro y que, como todos los ciudadanos en este País, reciban un juicio imparcial (¡cof!). Pero vamos a suponer que en efecto son culpables y que, a pesar de su breve edad, purgan largas sentencias.

El daño ecológico está hecho y, lo que es más, se comete a diario desde el ámbito individual, pero también en lo colectivo y no se diga desde lo industrial.

No estoy defendiendo a quien le haya prendido fuego a nuestra querida Sierra, sólo digo que si nuestra preocupación fuera genuina ya habríamos reducido nuestro impacto ambiental con pequeñas grandes decisiones, tanto personales como del fuero público (obligaríamos a la autoridad y a la industria a respetar el medio ambiente).

En cambio somos tan cochinos, corruptos y mezquinos que ya le dimos en la madre a la serranía circundante sin ayuda de incendios (la basura que dejamos en el reciente periodo vacacional afeando nuestros paisajes boscosos es una minúscula prueba de lo que digo).

De hecho, el acto más egoísta ecológicamente hablando es traer un nuevo bebé al mundo… y nadie se va a detener por razones ambientalistas, ¿verdad? Partiendo de allí estamos fritos, o mejor dicho, nuestro ecosistema está frito y nosotros junto con éste.

Pero lo que yo quería apuntar era otra cosa:

Vamos a decir que los chamacos señalados y su picnic de elotes asados originaron en efecto esta pesadilla. Me atrevo a asegurar que su naturaleza no es malévola: “¡Quememos unas cuantas hectáreas de sierra! ¡Así aprenderán! ¡Muajajaja! (risas diabólicas)”.

Creo más bien que su acto nació de la negligencia, la ignorancia y que ni siquiera tienen una noción aproximada de la porción de patrimonio ecológico que acaban de fregar.

Si no me equivoco, si se trata de una acción más absurda y torpe que maliciosa, entonces no es sino otra faceta más de nuestra paupérrima educación, la cual podemos ver reflejada ya sea en nuestra calidad de vida o en nuestra realidad política.

Negar que para el sistema somos más útiles mientras menos educados estemos, es como negar la propia existencia del sistema mismo. Recordemos que el régimen, cuando es tirano, desalienta la ilustración, los valores, la conciencia colectiva, el sentido de responsabilidad y el conocimiento en general.

Educación es lo que mejor podría pasarnos, pero también lo último que quiere de nosotros el Gobierno, así que ni lo alienta ni lo fomenta.

La ignorancia no exime, si usted quiere, al acto irresponsable, pero al menos lo explica.

Creo además que para una buena parte de la opinión pública mis argumentos son sólo las necedades de quien busca culpar al gobierno de todo lo malo que acontece. ¿Y sabe qué? Tienen toda la razón: Sí, culpo también de este reciente incendio al régimen corrupto y fascista, a esa dictadura mal maquillada como remedo de democracia, a esa caterva de criminales con siglas que desde hace décadas se adueñó de toda la función, administración y representación públicas.

Sí, culpo al siniestro Gobierno de este ecocidio, ya que si se trató, como se presume, de un acto de ignorancia, de irresponsabilidad y de indolencia, es porque después de todo estamos programados precisamente para ello: para vivir bajo esas tres dudosas cualidades y para, eventualmente, llevarlas a la casilla a depositar en una urna.

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