Casi ningún político dimite a pesar del rechazo de la población y de su desempeño. Al no hacerlo, degradan su imagen e impiden modificaciones positivas en la sociedad que dirigen.

Me entusiasmaron dos noticias publicadas el mismo día. El decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Texas, Frederick Steiner, renunció a su cargo como protesta por la nueva ley en Texas que permite a los alumnos portar armas en las universidades. Por su parte, Werner Faymann, dimitió como jefe del Gobierno austriaco y del Partido Socialdemócrata por la debacle electoral sufrida en la primera vuelta de las presidenciales, en las que apenas obtuvo el 11% de los votos. Steiner dimite por no estar de acuerdo con una ley; Faymann lo hace tras perder el apoyo del electorado. Aunque las razones para renunciar y los entramados difieren, la integridad y la sensatez de ambos llama la atención y provoca. ¿Es ético dimitir?: Sí, es ético. 

Dimitir debería ser una figura ética. Comparto unas ideas. 1) Abdicar implica seguir una serie de principios trazados a lo largo de la vida. 2) Renunciar evita ser cómplice de situaciones con las cuales no se está de acuerdo. 3) Dimitir abre puertas e invita a la comunidad a disentir. 4) Renunciar expone a quienes promulgan leyes consideradas inadecuadas por quien abdica. 5) Dimitir implica aceptar fracasos. El listado previo es una modesta hipótesis que pretende hacer de la dimisión una figura ética. 

Abdicar, en un mundo donde escuchar tiene valor, podría frenar latrocinios e impedir situaciones límite como las que suceden todos los días en incontables sitios. Quien dimite se ciñe a sus principios éticos y marca diferencias. Quien lo hace invita a la sociedad. Abdicar siembra disenso; disentir en un mundo y en un país tan dispar como el nuestro es necesario, es ético. Las ideas previas devienen preguntas y siembran hipótesis: ¿Sería el mundo contemporáneo diferente si la mayoría de los asesores de Hitler hubiesen renunciado “al principio”?; ¿habría menos muertes en los mares por donde escapan los africanos si entre los políticos y militares de los países europeos que colonizaron el mundo el siglo pasado hubiesen surgido figuras que implementaran la desobediencia civil?; ¿habría menos muertos sirios si los militares esbirros de Bashar el Assad hubiesen sido dignos ante ellos y con el pueblo?; ¿sería diferente la historia de Ayotzinapa si al inicio del conflicto, alguno o algunos de nuestros políticos hubiesen dejado su cargo? La próxima visita de Obama a Hiroshima, amén de denunciar la infamia estadounidense, se concatena con las preguntas previas. 

Disentir es una forma de atenuar el poder y exponer a quienes se aprovechan de él; dimitir puede impedir, o al menos disminuir el número de afectados o de muertos por el mal uso del poder; quien renuncia por no haber desempañado adecuadamente su papel, permite que otras personas ocupen su lugar y mejoren las condiciones por las cuales renuncia. Quien abdica por no concordar con leyes infames —portar armas en las universidades públicas— enaltece valores éticos. 

Los casos de Steiner y Faymann estimulan. Es una pena que sean situaciones aisladas. Casi ningún político renuncia a pesar del rechazo de la población y de su pobre desempeño. Al no hacerlo, no sólo degradan más su imagen, sino que impiden modificaciones positivas en la sociedad y en el país que dirigen. Lo mismo sucede en la academia: son excepcionales las renuncias y mínimas las denuncias de compañeros de trabajo. No dimitir infringe principios éticos básicos; no renunciar impide replantear situaciones anómalas, enfermas. 

Considerar la dimisión como figura ética es adecuado. Quien lo hace dignifica su historia y, paradójicamente, reconoce el valor de las personas que lo eligieron para ocupar su cargo. Imaginemos un mundo donde las personas que acceden a un puesto, firmen, al unísono, el contrato de aceptación y la obligatoriedad de renunciar en caso de no cumplir, o cuando sus derroteros y principios éticos sean vulnerados. 
Notas insomnes. Dimitir es un acto ético. Propongo considerar la dimisión como figura ética.