El dolor es etéreo. Carece de cuerpo. Es inmaterial. No tiene peso. Es una sensación personal y no fácil de transmitir. Los bebés, sin lenguaje, lloran; los pequeños, cuando lo confrontan, por vez primera, no encuentran las palabras adecuadas: guiños, manos para señalar y lágrimas son algunos vehículos para expresar vivencias nuevas. En los adultos la percepción y la interpretación del dolor difiere: experiencias propias o de personas cercanas dotan a quien lo padece del lenguaje para describirlo, en ocasiones adecuado, otras veces impreciso e insuficiente.

El dolor es el motivo fundamental por el cual las personas acuden al médico. Dolor y, términos similares, congoja, sufrimiento, aflicción, mal, son las palabras que más repiten los enfermos frente al galeno. Su incorporeidad, aunada a las diversas percepciones de los enfermos y al esqueleto de la modernidad, i.e., rapidez, tuits, mensajes y correos electrónicos, en lugar de palabras, voz y contacto físico, dificultan la interpretación tanto de quien lo padece como de quien lo escucha. Mitigar el dolor, dada su incorporeidad, exige otras vías: escuchar, palpar, mirar.

La imposibilidad médica de cuantificar el dolor por medio de estudios científicos exige "mirar el dolor" por medio de palabras. "¿Qué es el dolor cuya magnitud detiene mi vida pero nadie ve?"; "¿cómo encontrar las palabras adecuadas para decir lo que ahora me invade y antes no existía?", son preguntas recurrentes de quienes lo padecen e intentan compartirlo y encontrar un ser empático que lo aprehenda y le permita, a quien lo padece, verterse.

Hago mías las palabras de Susie Orbach, psicoterapeuta británica, "El tacto es la más básica y fundamental de las experiencias humanas. Antes de poder mamar, antes incluso de que podamos ver, nos sentimos envueltos en los cálidos brazos de nuestra madre (…) Su cuerpo, su voz, su piel y su tacto se transforman en nuestra guía para orientarnos en nuestro camino individual a través de la primera infancia, la niñez y más allá. El tacto es uno de los elementos más cruciales…". En el mismo sentido se expresan algunos enfermos, "con el dolor del dolor, escribo, me escribo, busco quien lo escuche y lo haga, al menos, un poco suyo". El dolor, el enfermo, busca una morada similar a la descrita por Orbach. Sea por medio de la escucha, de la mirada, del tacto.

En el mismo tenor, el gran filósofo Hans-Georg Gadamer, estudioso del origen de las palabras, explica que "el papel del médico es tratar al enfermo con cuidado". Renglones adelante anota: "en alemán, Behandlung significa tratar, tratamiento, manejar con cuidado al enfermo; el tratamiento empieza con la palpación, acto por medio del cual el doctor no sólo examina al enfermo sino inicia el tratamiento". Tratar por medio de la escucha y el tacto es una vieja experiencia universal.

Dentro de unas décadas, aseguran algunos pensadores, el ser humano, será diferente. Calificarlo de "bueno o malo" no importa. El cambio vendrá, el cambio está aquí. Robótica, clonación, inteligencia artificial y el incremento de las formas de incomunicación para unos, comunicación para otros, vía aparatización del ser humano, imprimen e imprimirán, cada vez más, cambios en nuestra esencia. Quizás lo mismo pensaron nuestros antecesores cuando, gracias al papel, la voz encontró otra forma para expresarse o cuando las imprentas empezaron a universalizar el conocimiento; experiencias similares debieron vivirse cuando la conversación oral y visual se modificó gracias al teléfono. La aparatización aumentará y el ser humano se aparatizará cada vez más. Sin duda, el dolor físico también se controlará mejor debido a la ciencia. Las mermas secundarias al dolor anímico, también, creo mejorarán, aunque nunca del todo. De ahí la idea de no someterse totalmente a la aparatización y regresar y revitalizar la esencia humana.

Escuchar debería ser oficio humano. No lo es. La escucha parece ser un atributo cada vez más vilipendiado. Mirar y tocar deberían también ser oficio. No lo son. El calor de los sentidos, resguardo imprescindible para el dolor y el miedo de quien lo padece, si no en extinción, merece repensarse, y de ser posible, contagiarse. "Siento un fantasma dentro de mí" es una bella expresión para describir el dolor. La aparatización es bendición y enfermedad. El ser humano aparatizado tecleará cada vez más, quizás se deprimirá menos y poco sabrá de los fantasmas internos y de las personas de su entorno.