Hace años recibí una carta de don Alberto Celorio Blasco, vecino de la vecina Matehuala.

“...Aunque no nací en Matehuala ya llevo 50 años viviendo aquí, y  la quiero casi tanto como usted quiere a su ciudad. Me viene a la memoria el pasaje en el que comentaba usted que un ángel se portó muy bien, y San Pedro, de premio, lo mandó a Saltillo.

Hace un año leí en su columna la copla oaxaqueña que se refiere al sexto y noveno mandamientos. (‘Si no quitan el noveno, / y el sexto no lo rebajan, / ya podrá Diosito bueno / llenar su Cielo con paja’). En una visita que hice recientemente a Oaxaca les pregunté a los integrantes de una banda que estaba tocando en la Plaza de Armas  si efectivamente era conocida esa copla. Me contestaron que no sólo la conocían, sino que sabían que usted la había comentado.

Bien, don Armando. Dicen que carta que no cabe en una página es carta que no merece ser leída. Por lo cual me despido, con mi sincera admiración”.

Don Alberto Celorio Blasco escribió un libro de memorias. Es su único libro, pues no es él de esos escritores que han escrito más libros que los que han leído. ¿A quién dedica su libro don Alberto? ¡Nada menos que a Enrique Jardiel Poncela, gran humorista español! La dedicatoria dice así: “A Enrique Jardiel Poncela, por su libro ‘Espérame en Siberia, vida mía’. Al leerlo en mi adolescencia me inculcó el gusto por la lectura y me hizo adicto a ella”. De veras: nadie sabe para quién trabaja. Y el escritor menos.

Don Alberto tuvo una virtud que no es muy fácil encontrar entre aquellos que publican sus memorias: la modestia. Nos cuenta que recién aparecido su libro se alegró mucho al saber que se estaba vendiendo bien. La explicación: el profesor de Literatura de la secundaria local les ofreció a sus alumnos que al que encontrara en ese libro 20 faltas de ortografía o de sintaxis le pondría 8 de calificación, y 10 al que hallara más de 30 errores.

La obra de don Alberto es deliciosa. Ojalá muchos señores como él, con años bien vividos, se animaran también a escribir sus recuerdos y sacarlos a la luz, pues mucho se aprende con la lectura de libros como “Aquellos tiempos”. Consideremos, por ejemplo, este pensamiento: “No me preocupa lo que les falta a mis nietos, sino lo que les sobra”. O este otro: “Tardé dos años en aprender a hablar, pero en los 70 que tengo no he aprendido a callar”. O éste: “Las películas de mis tiempos terminaban cuando la pareja llegaba a la puerta de la recámara. Ahora empiezan cuando se abre la puerta de la recámara”. Sabiduría. Sabiduría pura.

De niño don Alberto era muy travieso. Un día, de visita con su familia en Los Ángeles, California, hubo un tremendo terremoto. Cayeron casas y edificios. Don Alberto, entonces de 5 años, se preocupó bastante: de seguro le iban a echar la culpa del desastre.

Cuenta regocijantes anécdotas, como aquella del director de “Pedro Páramo”, película que se estaba filmando en el cercano Real de Catorce. Fue a Matehuala el cineasta a buscar varios extras que tuvieran pinta de banqueros. Escogió a cinco, entre ellos a don Alberto, y sólo a uno rechazó. Era don Herlindo Cossío, el único banquero que entonces había en Matehuala.

Otro relato divertido es el que alude a cierto señor, pedorro él, que apostaba a que podía aventarse dos “plumas” y media. Se tiraba las dos primeras, cortas, y luego daba salida a otra muy larga. Le decía a aquel con quien había apostado:

-Córtale donde quieras.

Por mi parte aquí le corto.