Estoy seguro que fue en 1972 cuando a la casa paterna de Castelar llegó una carta firmada por el presidente Echeverría, en la que denunciaba que un grupo de terroristas atentaba en contra de México y los mexicanos y los llamaba traidores a la patria.

Acompañada de un folleto tipo caricatura, el pasquín mostraba fotografías de seres con rostros lombrosianos, desaliñados, con vello crecido y cabello largo. Un folleto impresionante que daba cuentas de asaltos bancarios y secuestros.

Tiempo después fue anunciada la noticia por el Canal 12 de Monterrey: En una emboscada para tratarlo de secuestrar, la Liga 23 de Septiembre había asesinado a don Eugenio Garza Sada en una céntrica calle de Monterrey.

Don Eugenio era hijo del fundador de la cervecería Cuauhtémoc en Monterrey, Isaac Garza, el mérito del heredero fue que, a la par de haber organizado un verdadero holding con vidriera Crisa, empaques Titán y la cervecería, se había convertido en un mecenas y filántropo a través de sus empresas de incontables ganancias.

Con el pensamiento de que a la gente no debía dársele dinero sino trabajo para contribuir a su riqueza, sus trabajadores recibían no sólo el producto de su esfuerzo, sino a su vez una serie de beneficios de avanzada para la época como centros recreativos, clínicas y hospitales, cooperativas y centros de bienestar, así como becas para sus estudios.

Un sueño de don Eugenio hecho realidad fue la creación de un instituto tecnológico bajo el modelo de Massachusetts, en donde estudió, y que hoy día es una de las mejores escuelas a nivel mundial, el ITESM, uno de sus mejores legados que aporta al País mentes de obra para grandes proyectos, a diferencia de escuelas y universidades llenas de politiquería y pases automáticos a fin de graduar a los rebuznos.

Una anécdota que no solamente habla de su espíritu altruista sino de su humildad y grandeza: en los años 60, el rector Treviño pone al frente de la extensión universitaria a Rogelio Villarreal.

Uno de los problemas principales era que los estudiantes de pocos recursos no podían adquirir sus libros. Ideó entonces el licenciado Villarreal crear una biblioteca que llamó del Libro Alquilado. Al sacar la lista de lo que se necesitaba se fue de espaldas. Se requerían 60 mil pesos para comprar todos los libros que integrarían la biblioteca. Villarreal fue con el rector y este le sugirió buscar al Gobernador que vivía allá por el obispado.

Se aprontó a ir a la casa del funcionario y en el camino se le descompuso el carro, volteó a varias partes y solamente vio a un jardinero con su jumper quien se acercó a ayudarlo. Mientras el jardinero la hacía de mecánico, Rogelio le platicaba al hombre que buscaba la casa del Gobernador y le decía para qué lo quería ver. Le decía Rogelio, con gran entusiasmo, “esta biblioteca es para que ustedes, los humildes, sus hijos, puedan estudiar sin gastar en costosos libros”. El jardinero mecánico, trabajaba y escuchaba logrando echar a andar el auto. Rogelio, agradecido, sacó un billete de 10 pesos y se lo ofreció al jardinero. Ya para marcharse Rogelio, el jardinero le dice: “mire, a lo mejor en la Cervecería le pueden ayudar con los 60 mil pesos que necesita para la biblioteca”. Y le sugirió que viera al señor Ricardo González Quijano.

Al día siguiente, muy temprano, ya estaba el incansable Rogelio en la Cervecería. Pidió hablar con González Quijano y para su sorpresa fue recibido de inmediato. Pero todavía le esperaba otra sorpresa más. González Quijano tenía ya hecho el cheque por 60 mil pesos que le entregó aun antes de haber pronunciado una palabra. Rogelio, mudo de asombro, creía estar soñando. Al ver González Quijano al azaroso de Rogelio le dice: “el propio don Eugenio Garza Sada me indicó que le entregara esta cantidad para su biblioteca del Libro Alquilado”. El jardinero mecánico, al que le había obsequiado 10 pesos, era el mismísimo don Eugenio.

Sobre su muerte, Jorge Fernández Menéndez escribe: “Lo cierto es que el asesinato de don Eugenio Garza Sada fue un acto cobarde que no tuvo un ápice de valentía. Años antes, revisando la documentación de la Dirección Federal de Seguridad que había sido trasladada al Archivo General de la Nación, en el antiguo Palacio de Lecumberri, había encontrado los documentos que permitían confirmar que la muerte del presidente de la Cervecería Cuauhtémoc y líder empresarial del llamado grupo Monterrey ocurrido el 17 de septiembre de 1973 tras un frustrado intento de secuestro por una célula guerrillera, había sido una acción consentida, conocida previamente y realizada con el visto bueno del gobierno en turno que encabezaba Luis Echeverría”. Así murió cobardemente un hombre de excepción para México, de esos que hoy día necesitamos para ser encausados. Qué lástima.