Despedida. Es la última foto que su hija, la más pequeña, se tomó junto a su padre. . Fotos: Jesús Peña
Con 35 años vendiendo periódico en la esquina de Coss y Manuel Acuña, Roger supo entablar verdadera amistad con cientos de clientes, quienes, seguramente por mucho tiempo lo van a echar de menos

Ni duda cabe que los clientes van extrañar a don Roger, pienso mientras platico con María de la Luz, la hija de don Roger, en el puesto donde vendió revistas y periódicos durante, nada menos que por 35 años.

El puesto aquel. trepado en la esquina de Acuña y Coss, que don Rogelio Ruiz Ibarra, don Roger, abría todos los días, sin descanso, a las 06:00, cuando los diarios de la mañana, VANGUARDIA, El Guardián, aún humeaban, recién salidos de la prensa.

Y entonces los clientes madrugadores de don Roger se volcaban, antes del café, antes de la ducha, antes de todo, en busca de las noticias del día. 

Don Roger, que por su historia personal, cada cual tiene su historia personal, era un hombre de carácter recio, duro, los recibía con su sonrisa sin fecha de caducidad y su charla amable.

Ese era don Roger.

Hasta hace unas mañanas que un moño negro y grande colgado hasta arriba del puesto de don Roger avisó a sus amigos de tanto tiempo que don Roger se había ido y que no volvería más.

“Señora, yo lo conocí desde hace mucho tiempo, era muy mi amigo...”, decían a María de Luz, quien para honrar a su padre decidió no guardar luto y abrir el puesto que por más de tres décadas ni un solo día cerró, pero ni uno.

Y hasta en sus horas últimas don Roger prefería que María de la Luz fuera a atender su puesto de periódicos a que se quedara en el sanatorio, cuidándolo a él.

“Ahora que lo teníamos enfermito decía que su puesto no se cerrara, que su puesto estuviera abierto. Yo me quedaba a cuidarlo y decía: ‘no, vete mejor al puesto’, quería que su puesto estuviera abierto para su clientela, que su clientela viera que esto sigue. Y pienso que la mejor manera de honrarlos es hacer lo que a él le gustaba, sentirnos orgullosos de él, estar en su negocio que él quería y amaba, con su gente…”.

Luto. Un moño negro dio la fatal noticia a sus cientos de clientes que día a día buscaban a don Roger para echarse una platicada sobre las noticias del dia. El dueño del local había partido para siempre...

Doña Lucía, la madre de María de la Luz, esposa de don Roger, había muerto al nacer ella, la menor de los tres hijos del matrimonio.

Entonces don Roger hubo de hacerse cargo de María de la Luz y sus dos hermanos: Jorge Omar y Pedro, él solo.

“Mi papá fue el que nos sacó adelante, trató de darnos lo mejor, fue muy cariñoso, amoroso, fue duro por la parte de que él se quedó solo con nosotros tres, pero sabíamos que nos quería…”, dice María de la Luz.

Pero papá Roger tenía que trabajar para mantener a sus hijos y cuando María de Luz tenía cuatro años fue de interna a la Aldea Infantil “Pepita de Valle Arizpe” y sus hermanos a la Casa Hogar de los Pequeños “San José”.

No hubo infancia tormentosa.

María de la Luz recuerda que las religiosas de la aldea la trataban bien y don Roger se las ingeniaba para visitarla los miércoles, que no era día de visita, y le llevaba una coca-cola, unas papitas.

Cuando don Roger se iba, que la dejaba en la aldea, María de Luz se soltaba llorando, después se acostumbró.

“Llegó un momento en que entendí que él tenía que trabajar y no nos podía cuidar, o trabajaba o nos cuidaba. A mis hermanos también los visitaba en el internado entre semana. Los viernes nos sacaba, nos llevaba a la Alameda, nos compraba que churros, que papas y el domingo nos regresaba”, recuerda.

Andando el tiempo, que ya crecieron, que se hicieron mayores, María de la Luz y sus hermanos dejaron los internados y retornaron a casa con don Roger que había preferido mantenerse soltero para entregarse de tiempo completo al cuidado de sus hijos adolescentes que ya cuando fueron adultos se casaron.

A la llegada de los nietos, seis, los días de don Roger se colmaron de miel.

“Amaba mucho a sus nietos, no escatimaba en cariños, en demostrarles cuánto los quería”.

La historia de don Roger es una historia de lucha y trabajo, no había cabida para el descanso y don Roger siempre pensó que descansaría el día que Dios, don Roger era católico, lo llamase a cuentas.

“No descansaba, él siempre dijo que ‘a descansar al panteón. El día que cierre mi puesto es porque ya voy a estar en el panteón’”.

Dice María de la Luz y me enseña una fotografía tamaño póster, enmarcada, en la que se ve a un señor morocho, llenito, de cabellos lacios y nevados, que lleva calzados unos guantes de box y está en posición de guardia.

Es don Roger.

María saca ahora otra placa en la que aparece don Roger posando junto a su puesto de periódico, la imagen que se quedaría grabada en la retina de María de Luz, sus hermanos y los amigos de don Roger.      

Campeón. Don Roger también fue boxeador.

Y María de la Luz me enseña la fotografía que ha colgado en su perfil de whatsapp donde está ella sentada en un sofá de la sala de la casa familiar y junto a ella don Roger, abrazándola.

Fue la última que se tomaron antes de que el corazón de don Roger se rindiera.

Sucedió el pasado lunes 7 de septiembre.

Aquel moño negro y grande avisó a los clientes de don Roger de su partida, de que ya no volvería, que ya no lo verían más… 

Y ni duda cabe que lo van extrañar….

Entérese

Don Rogelio Ruiz Ibarra nació en Parras de la Fuente, Coahuila, en 1949.

Se casó con doña Lucía Armendáriz, con quien procreó tres hijos.

Fue boxeador peso mosca.

En 1985 inició su oficio de voceador.

Jamás, en los 35 años que vendió periódicos y revistas, dejó de abrir su puesto de Acuña y Coss.