El Quijote II, 34

Una noche claroscura típica de la mitad del verano, los Duques organizan cierta extrañísima ceremonia para su divertimiento a costa de don Quijote y Sancho Panza, en un bosque entre dos altas montañas donde se practica la cacería de monte, con la participación de diablos y personajes similares, que mucho atemorizan a Sancho.

“Se oyeron por aquí y por allá, por acá y por acullá, infinitas cornetas y otros instrumentos de guerra
 Luego se oyeron infinitos lelilíes, al uso de los moros cuando entran en las batallas; sonaron trompetas y clarines, retumbaron tambores, resonaron pífaros, casi todos a un tiempo, tan continuo y tan aprisa, que no tuviera sentido el que no quedara sin él al son confuso de tantos instrumentos”. Sancho tembló de miedo.

Un demonio anuncia que en un carro triunfante traen encantada a Dulcinea del Toboso, para dar orden “de cómo ha de ser desencantada la tal señora”.

Es la ceremonia tan siniestra que Sancho cae desmayado. La tienen que echar agua en el rostro para que vuelva en sí. Pasan tres carros con hombres de fea y mala catadura. Luego “se oyó otro, no ruido, sino un son de una suave y concertada música formado, que Sancho se alegró y lo tuvo a buena señal; y así dijo a la duquesa, de quien un punto ni paso se apartaba: Señora, DONDE HAY MÚSICA NO PUEDE HABER COSA MALA”.

Sancho se muere de miedo al presenciar tan horrible ceremonia, conducida por diablos y la participación de personajes que espantan y ruidos aterradores. Pero se tranquiliza en cuanto oye música agradable y melodiosa. Y concluye, a contrapelo del temor que siente, que “donde hay música no puede haber cosa mala”.

@jagarciavilla 
JUAN ANTONIO GARCÍA VILLA