En su novela “1984”, el escritor inglés George Orwell describe cómo funcionan los regímenes totalitarios. A la luz de los acontecimientos presentes vale la pena releer el texto. Si hasta parece que vio el futuro… ¿Hasta qué punto nuestros gobiernos nos han puesto en la ruta hacia el infierno que describió el autor británico? Le comparto un pequeño párrafo del libro que comento: “Lo importante es mantener a la población en estado de continuo miedo, por lo que las noticias se contradicen de un día para otro (cambian los aliados y rivales de esa supuesta guerra, nunca se clarifica nada), así se mantiene un estado de emergencia nacional interminable justificando cualquier abuso de las autoridades”. ¿Le suena familiar? ¿Le dice algo?

Estamos viviendo una situación inédita, hay una realidad de desigualdad en la manera en que estamos enfrentando la crisis de salud y también la económica que trajo el COVID-19. Porque no la vive igual el que puede permanecer en casa que el que tiene que salir a trabajar por la simple y llana razón de que no hay alternativa. Dicen que estas sacudidas sacan lo mejor o lo peor de las personas. Los dos extremos están saliendo a flote, por un lado deslumbran los actos de generosidad, de solidaridad entre la ciudadanía, pero también van avanzando los que rezuman odio, y ambos los vemos por la tecnología a disposición.

México tiene una preciosa capacidad de despertar sentimientos que exaltan la vena de oro que habita en su corazón, pero también, en contraste, el lado oscuro de lo reprobable y vergonzoso. Evidencia de lo primero lo tenemos en la labor valiente y comprometida de los profesionales de la salud, hemos visto cómo se la juegan ante el virus que puede matar, y que muchos lo enfrentan con el mínimo de protección, y para eso se necesita estar casado con valores y amar entrañablemente su labor. Algunos tienen que poner de su peculio para comprar lo que se requiere en esa tarea de cuidar a personas contagiadas. También sabemos de particulares y de empresas que han hecho donaciones importantes en especie o en efectivo para luchar contra el COVID. Y no podemos pasar por alto el altruismo de quienes se han ocupado de aportar para llevar de comer o entregar despensas a quienes menos tienen, y grupos que se han conformado para brindar asistencia y/o apoyo emocional a quienes ya están sintiendo el rigor del encierro o la ansiedad del “ahora, ¿qué sigue?” porque se quedaron sin empleo, pero la vida va, los gastos ahí están y hay familia que mantener. A contrario sensu, hay una minoría de la sociedad que le ha permitido a su odio salir a manifestarse, y lo hacen atacando de palabra o de obra a enfermeras y médicos, llegando hasta la ruindad de la extorsión. También se ha acrecentado, poniendo como motivo el encierro, la violencia doméstica contra las mujeres. Y todavía se atreve López Obrador con su modito ladino a decir que el 90 por ciento de las llamadas de denuncia son falsas.

Y si a esto le suma el estado de zozobra en el que se vive en este País por no saber a ciencia cierta quién ha contraído la enfermedad o quién se ha muerto por la misma, o cuánta gente está ya inmunizada. Y discúlpeme el señalamiento reiterado, pero mientras no se apliquen las pruebas vamos a seguir en el mismo limbo. Y ahora con más riesgo porque habrá más gente en la calle. El titular del Ejecutivo aparte de expandir distractores per se o por interpósito achichincle, como la militarización del País, irse contra las energías no contaminantes –con eso de que ahora al ínclito le toca cumplir los compromisos que hizo con tiros y troyanos para llegar a la presidencia– y las más recientes, convertirse en la KGB del patrimonio de los particulares o desaparecer fideicomisos públicos, se dedica a emplear la mentira para tapar sus dislates, a acusar a los demás de cuanto no sale de acuerdo a sus planes, a insultar indignadísimo a quienes se atreven a sacarle los trapos al sol, y le importa sorbete que se trate de prestigiados medios internacionales.

Este es el marco en el que hoy está situada la política mexicana. Pesa como lápida una gestión que cada día se vuelve más nefasta, embustera, populista, mezquina y egocéntrica. Y esto no ayuda en lo absoluto a la unidad de México, porque las posturas de uno y otro lado se irán volviendo más radicales. Nunca la falsedad y el extremismo han dado buenos frutos, su hija es la anarquía. Estamos ante un gobierno perdido en el marasmo de las obsesiones de un hombre que quiso ser presidente y ahora que lo es no sabe cómo, que tiene hambre de mandar pero es incapaz de hacerlo con eficiencia, y es que para mandar hay que saber hacerlo o de perdida escuchar a quienes sí saben. Ya estamos hasta la ídem de sus improvisaciones. La corrupción va al alza y la inseguridad se ha disparado a niveles escalofriantes. ¿Qué parte no entiende? ¿O se trata de un auténtico perverso?

Compatriotas, aunque esté trilladísima la expresión, pero tengo que ponerla: “Un pueblo que no aprende de su historia, está condenado a repetirla”.

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.