La última vez que discutí con alguien sobre una posible legalización de armas de fuego para defensa doméstica, olvidé esgrimir uno de los mejores argumentos.

Aclaro que mi postura es totalmente en contra al igual que, creo yo, la mayoría de los mexicanos todavía (espero no llevarme después una desagradable sorpresa).

Sostuve un muy breve y amable mini-debate con mi interlocutor. Pronto agotamos las cartas consabidas, como que un delincuente no precisa licencia de portación y que frente a éste, un ciudadano siempre estará en franca desventaja (por su parte); y que las armas domésticas cobran más víctimas inocentes que delincuenciales o que, suplir las funciones del Estado debilita la cohesión social y al Estado mismo (por la mía). Ya le digo, nada que no se haya argumentado antes.

Fue hasta tiempo después que reparé en (o quizás recordé) un alegato que a mi juicio resulta bastante contundente (siempre se me viene a la cabeza lo que debí decir hasta dos días después. Soy como Perry Mason con mucho retardo: ¡Objeción, su Señoría. —Se escuchan grillos-. Termina de cenar… el juicio fue el martes, al tipo lo colgaron ayer).

En fin, decía: Seguramente habrá notado que en muchos, muchísimos hogares mexicanos hay (desde hace décadas) un arma muy poderosa. Algunos poseen dos o varias de éstas, las utilizamos diariamente y el hecho de que no hayan sido diseñadas originalmente para aniquilar al prójimo, no significa que no se carguen todos los días con varias vidas en todas partes del mundo.

Me refiero, por supuesto, a los vehículos automotrices. Se me ocurrió entonces que son el referente perfecto de lo que pasaría si guardásemos armas de fuego en casa: ¿Las utilizaríamos únicamente para el propósito que fueron adquiridas?, ¿nos educaríamos juiciosamente en su manejo y estaríamos dispuestos a refrendar periódicamente la licencia para su empleo?, ¿jamás las sacaríamos en estado de intoxicación?, ¿ni para hacer alarde?, ¿nunca, pero nunca, nunca las dejaríamos al alcance de un menor o le permitiríamos manipularla sin supervisión?

¡Boom! ¡No más preguntas su señoría! (*Drops the mic).

Creo que si no somos capaces de responder en forma negativa a cada una de las preguntas arriba formuladas refiriéndonos a la tenencia de un medio de transporte, no veo por qué las cosas habrán de ser diferentes tratándose de la posesión de un arma:

“El coche no, pero la pistola sí la vamos a manejar prudentemente”.

Sí… ¡claro!

La enésima tragedia estudiantil con armas de fuego enlutó recién a los Estados Unidos. Es inútil llevar ya un registro de estos acontecimientos. Se vuelve una estadística absurda en tanto los gringos no obliguen a sus gobiernos y representantes a regular (aunque sea) los requisitos de compra, venta y posesión de armas.

Pero sucede que un gran porcentaje de los gringos está muy, muy feliz con su actual derecho a hacer, si le viene en gana, de su casa un arsenal. Y los fabricantes de armas, pues más, ¿verdad?

El perpetrador de la masacre de Las Vegas poseía 47 armas.

En el programa de humor SNL hicieron a los pocos días las siguientes observaciones: “El tipo tenía 47 armas. Nadie debe tener 47 de nada. Si tienes 47 gatos no eres un dueño responsable, eres la ‘loca de los gatos’. Y, a diferencia de las armas, el gobierno intervendría para quitarte tus gatos porque, estamos todos de acuerdo, en que sería la locura.

Además, el tipo compró 33 de dichas armas el año pasado ¿y no se encendió ninguna alerta? Si yo comprara cien dólares de pollo frito (Chick Fil a) recibiría un mensaje de texto mi banco diciéndome ‘¿Acabas de comprar cien dólares del Chick Fil a? ¡Por favor, dinos que es un fraude!’. ¿Cómo es que nadie puede rastrear cuántas armas posee la gente? Hay una ley de verdad en Texas que dice que es ilegal poseer más de seis dildos. ¡Y lo entiendo! Nadie necesita tantos. Si tienes más de seis dildos es una clara señal de que te estas preparando para algo realmente espeluznante”.

En fin, como decimos a menudo por aquí. Si no fuera trágico, seguramente sería graciosísimo.

El horror noticioso de la semana llegó para nosotros de la delegación Tláhuac, en la Ciudad de México, cuando un menor de edad al volante propició un accidente del que resultaron muertos cinco de sus amigos (tres niñas, dos niños) y otros cuatro lesionados.

Quítele las agravantes como el exceso de velocidad o que el mocoso tenía aliento alcohólico. Sin ir más lejos: ¿Qué coños hace un chamaco conduciendo un automóvil? ¿Quién puede ser tan estúpido para delegarle la vida de otros a un niño?

No hay razón sobre la Tierra para que un mentecato de 12 años opere una máquina potencialmente letal como un coche. Y si usted es de quienes dejan a su escuincle al volante sin supervisión porque, obvio “mi querubín es la excepción a la regla”, por favor desaparézcase de aquí que no lo quiero ver.

Repito: ¿Qué hace un escuincle conduciendo un vehículo? Fácil: lo mismo que un joven con un arma rumbo a una escuela.

Hasta ahora me doy cuenta que son dos aspectos de una misma tragedia. Espero pueda ver como yo, que no tiene que ver con cosas inertes como armas o vehículos, sino con leyes laxas y nuestra paupérrima capacidad de autorregulación.

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