En los últimos días, hemos sido testigos de una suerte de reinvención de la aritmética –al menos política, si es que la misma existe–, cortesía de las Cámaras de Diputados y Senadores.

En la Cámara de Diputados, luego de un par de votaciones –o intentos, según se quiera interpretar– para aprobar las nuevas atribuciones de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda, respecto de las reglas de extinción de dominio a cuentas bancarias.

Durante las discusiones en lo particular, se presentó una reserva y la votación terminó con 225 votos a favor, dos abstenciones y 223 en contra. Ante el resultado -y después del conocido caos y descontrol- se determinó suspender la sesión y posponer la votación -una nueva-, para esta semana.

En cuanto hace a los Senadores, la elección de quien habría de encabezar la Comisión Nacional de los Derechos Humanos propició un nuevo capítulo para la “farándula política”, pues la evidencia en video de la sesión llevada a cabo para ese fin permitió observar cómo desfilaron frente a la urna para depositar su voto, 116 senadores. Sin embargo, al contabilizarse las cedulas de votación únicamente aparecieron 114.

Con este número, fue posible determinar una vencedora –Rosario Piedra Ibarra–, al alcanzar las dos terceras partes de los votos –76–. Este desenlace no habría sido posible si se hubieran contabilizado 116 cedulas, en cuyo caso el número necesario –para alcanzar las dos terceras partes– habría sido de 78 votos.

Tal situación derivó –también en el senado– en desorden y caos, llegando a su punto cumbre el martes, durante la toma de protesta de la nueva titular de la CNDH, donde el zafarrancho –y el espectáculo– incluyó a un par de senadores en el piso.

Es claro que las formulas –no las matemáticas, sino las políticas– ya no están resultando suficientemente adecuadas en torno a la forma de decidir, en el legislativo, algunos de los temas trascendentes –no necesariamente lo son todos– y que resulta necesario discutir y determinar nuevas formas de votación.

Hay quien plantea que, en todos los casos de la elección de personas, la votación sea nominal. Esto no necesariamente es la solución, pues inevitablemente quedará la sensación de posibles fricciones entre aquellos que resultaron electos y quienes, públicamente, no los favorecieron con su voto.

Quizá, una forma de perfeccionar la votación secreta es utilizar el mecanismo -ya previsto en el Reglamento para el Gobierno Interior del Congreso-, que establece escrupulosamente el proceso de votación por cédulas, señalando que cada una de ellas debe de ser entregada, por el legislador, al presidente de la mesa, siendo este último quien la depositaría en la urna. De esta manera se garantizaría que, sin violar la secrecía, se constate que efectivamente lo depositado en la urna es un voto, incluso si el mismo es en blanco.

Otra posibilidad es contar bien los votos –y respetar el resultado–, evitando con ello que dos más dos se conviertan en circo.