Hace poco más de cuatro meses –el 3 de marzo pasado, para ser exactos– publiqué en este mismo espacio un texto titulado “Ni AMLOver, ni AMLOhater”, en el cual expuse mi posición respecto de quien es hoy, más allá de formulismos, Presidente Electo y algo más.

En ocasión de aquella colaboración escribí: “tengo una opinión formada sobre López Obrador desde hace mucho tiempo y el seguimiento de su carrera política no ha hecho sino consolidarla. A partir de esta opinión, no votaré por él ni le recomiendo a nadie hacerlo. Sin embargo, no me preocupa verlo ganar las elecciones y me resisto a suscribirme a la idea según la cual, quienes no le compramos el discurso, debiéramos intentarlo todo para evitar su arribo a la titularidad del Ejecutivo Federal”.

Conviene dejar las ideas personales por escrito, y conviene más no olvidarlas si uno pretende opinar con seriedad. Pero también es importante recordar las ideas completas, a fin de no distorsionarlas. Además de lo arriba transcrito, en la colaboración citada expuse:
“Lejos de intentar impedir el arribo del tabasqueño al poder, personalmente encuentro incluso deseable su triunfo: porque, dada nuestra incapacidad colectiva para rechazar la fórmula del individuo providencial, a cuyo influjo la realidad se modifica mágicamente, lo mejor es atravesar de una buena vez el territorio del desengaño de la mano del mesías tropical –Enrique Krauze dixit”.

El vaticinio –involuntario, si se quiere– de las encuestas se ha cumplido: López Obrador no solamente ganó la Presidencia de la República, sino algo muy parecido al sueño priista del “carro completo”. Gran parte de sus electores le escucharon y atendieron su petición: “voto parejo”, aunque con ello se entregue el poder a individuos impresentables.

El futuro Presidente –él, no su partido, no “su movimiento”, él– tendrá tanto poder como no ha tenido un presidente desde Zedillo: mayoría en el Congreso y mayoría en más de la mitad de los congresos locales de los estados. Y enfrente, una oposición cuya principal preocupación, en este momento, es disputarse los mendrugos resultantes de la hecatombe.

El sueño dorado del déspota: la posibilidad de acceder al poder incontrastado. Con una debilidad estructural –suficiente, por lo demás, para servir de antídoto–: el triunfo electoral es producto de la política del odio y, ya lo dijo el dramaturgo español Jacinto Benavente, “Más se unen los hombres para compartir un mismo odio que un mismo amor”.

López Obrador ha sido, a no dudarlo, el político mexicano más hábil del último medio siglo. Y su habilidad fundamental reside en haber entendido cómo el odio es un pegamento mucho más fuerte, mucho más eficaz en el propósito de unir bajo una misma causa a los electores.

Me adelanto a la contraintuitiva respuesta de los AMLOvers: la virulencia de su discurso –el de los seguidores, no el del pastor– es la mejor evidencia de lo aquí dicho: el futuro Presidente no ha insuflado amor en sus corazones, sino odio irracional cuya existencia apenas demanda argumentación.
Armado de un discurso ramplón, carente de sustancia y construido con un diccionario dominado por los adjetivos, el futuro Presidente logró concitar todos los odios –explicables, en buena medida–, convertirlos en votos y  arrasar con él a sus enemigos políticos.

Pero eso no le hará un buen mandatario, ni lo convierte en un hombre sabio. Tampoco en un demócrata. La astucia y la perversión son, desde luego, productos de la inteligencia, pero son sus productos menos valiosos y eso es prácticamente lo único dentro de las alforjas de AMLO.

No hizo falta mucho tiempo para comenzar a coleccionar las contradicciones: la gasolina no subirá de precio “en términos reales” (es decir, si usted debe pagar más por el mismo número de litros, no se moleste, saque su calculadora, descuente la inflación y verá: el precio no subió, ¡sólo “se ajustó” conforme a la inflación!); el avión no se vende porque no hay quien lo compre; Solalinde a la CNDH aunque la Constitución lo prohiba…

Nada nuevo por lo demás: la mayor parte de quienes integran nuestra clase política se han esforzado largamente por documentar su vacuidad intelectual, la superficialidad de sus análisis; el oportunismo de sus declaraciones.

Y en este caso: nunca mejor dicho lo último. ¿Cómo se concita el odio? Exacerbando el rechazo a los “gasolinazos”, vociferando contra el “despilfarro” de comprar un avión; ofreciendo convertir la residencia de Los Pinos en un museo…

No le falta razón al ciudadano agraviado por los excesos de nuestros políticos. El diagnóstico en este sentido es correcto y el enojo plenamente justificado. Pero eso no modifica un ápice la síntesis sobre la personalidad del futuro Presidente.

Conviene dejar las ideas personales por escrito y conviene más no olvidarlas. Iremos haciendo juntos el balance de los próximos meses y años. Manifiesto mi plena disposición para rectificar la posición aquí reiterada, pero hasta el momento no encuentro un sólo motivo para hacerlo.

¡Feliz fin de semana!
@sibaja3
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