“Not the Messiah  (He’s a Very Naughty Boy)”, es una de las piezas de comedia más inteligentes y pulidas que haya visto en muchos años.

Los responsables no podían ser otros que los Monty Python, los genios británicos del humorismo que desde la década de los sesenta sentaron el parámetro moderno con que se mide la calidad de la comedia en todo el mundo.

El espectáculo, grabado en vivo en 2009 desde el Royal Albert Hall de Londres, se desarrolla en dos sentidos: por una parte se trata de una parodia del “Messiah”, el famoso oratorio de George Friederich Handel y que, al igual que éste, está escrito para orquesta, coros y solistas, aunque no tiene empachos en mezclar temas de estilo barroco con rocanroles y otros géneros del pop.

El argumento, por su parte, está basado en “La Vida de Brian”, la película de 1979 de los mismos Python, que narra las desventuras de un sujeto –el tal Brian– que, en tiempos de Jesús, es tomado por equivocación como el Salvador de la humanidad que profetizaban las Sagradas Escrituras, dando pie a una serie de confusiones y malentendidos que terminan de igual manera con la crucifixión del desdichado, aunque con una irónica nota de optimismo cuando todos los atormentados que como él esperan la muerte en la cruz, entonan desde su calvario el alegre tema “Always Look on the Bright Side of Life” o “Siempre Mira el Lado Amable de la Vida”.

Ahora, esto es lo que yo llamo hacer comedia en serio. No sólo porque nunca escatima recursos creativos, escénicos, artísticos y no duda en ponerlos al servicio de una idea que es todo lo opuesto a la solemnidad, cuando no francamente absurda. Sino que además tiene el valor de cuestionar los temas que más nos resistimos a someter al más incipiente escrutinio de la razón: fe, religión y de paso la política, los medios masivos, enajenación, culto a la personalidad, sexualidad y un divertido etcétera.

La risa sirve para que el individuo purgue el estrés que le provocan los límites que le impone la sociedad, la razón, la moral, el gobierno y las leyes"

Es allí donde históricamente radica la importancia de la comedia, desde el punto de vista antropológico:

La risa sirve para que el individuo purgue el estrés que le provocan los límites que le impone la sociedad, la razón, la moral, el gobierno y las leyes.

Desde la Antigua Grecia se hizo comedia de denuncia, para evidenciar las inconsistencias de la clase política.

Ahora bien, aunque nada haría más feliz a los gobiernos, de todas las épocas, de todo el mundo, que suprimir para siempre la risa y todo lo que la provoca –principalmente esa indeseable, peligrosa y subversiva sátira política–, entienden también que para evitar un estallido social y mantener su hegemonía el mayor tiempo posible, son necesarias estas válvulas de escape.

Así que tampoco es tan raro que desde un gobierno se promueva la comedia, aunque sólo como catarsis hueca, totalmente desprovista de su función social crítica y reflexiva. Es decir, comedia hueca.

Fue durante las pasadas fiestas de diciembre que el Instituto Municipal de Cultura presentó su producción de la “Pastorela de Coahuila”, con buenas cifras de asistencia y positivas respuestas del público que en todo momento interactuó entusiastamente con los intérpretes.

No obstante, algunas críticas de mayor rigor –periodístico y cultural– señalaron que la producción fue desafortunada en su adaptación, al despojarla de la esencia de su mensaje, así como por el abuso en sus referencias al humorismo de redes sociales –como “una colección de memes” me describieron el argumento–, o la mezcolanza de elementos prestados de otras expresiones de la cultura –matlachines como cohorte de Luzbel–. Y sobre su fallido intento por presentarse como una puesta “incluyente” y caer en los lugares comunes del machismo y la homofobia, como señala la crónica de VANGUARDIA (“Las Afrentas Culturales de la Pastorela de Coahuila”. Enero 11, 2019 ), mejor lo dejo a criterio de quienes se sientan agraviados.

Todo lo anterior sería discutible, pero no me interesa debatirlo porque el Municipio cuenta con una legión de cíber-troles y responderles me tomaría hasta el año 2059.

Pero lo que sí es innegable es el afán propagandístico de esta obra que, en una de sus escenas, en voz de uno de los personajes del inframundo, se pone a recitar –sin el menor recato o pudor artístico– alabanzas al Presidente Municipal.

Si todo lo antes mencionado es objeto de discusión, esto sí viene a echar por tierra cualquier intento de vindicar a la “Pastorela de Coahuila”, pues el adoctrinamiento está reñido con el sentido crítico que debe prevalecer en el humorismo de altura el cual, insisto, no está condicionado por lo invertido en su producción, ni mucho menos se define por la aceptación que pueda llegar a tener.

El humorista confronta al espectador con todos los factores y razones de su miseria, sean estos el propio peso existencial, el agobio de la sociedad de su tiempo o los abusos desde el poder –religioso y político–. En la medida en que lo logra está intentando hacer comedia con un propósito liberador. De lo contrario, sólo está ejerciendo la risa como elemento de enajenación.

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