ilustración: Esmirna Barrera

El tema de este artículo es difícil porque traspasa los grandes problemas nacionales si se le coloca dentro de la historia, la economía y el derecho. No logro entender por qué estamos siempre al servicio de Estados Unidos y, a cambio, sus gobernantes y su pueblo nos desprecian tanto. Tenemos años en que México destina Ejército y policías a combatir a los narcotraficantes para que no introduzcan drogas al país vecino. Miles de muertos están como testigos de esta estrategia nacional perversa. ¿Por qué debemos nosotros ocuparnos de los gustos, placeres, desviaciones y mala consciencia de los norteamericanos?

El dato es viejo: los habitantes de Estados Unidos consumían tantos tranquilizantes y somníferos como el resto del mundo. Dije que es viejo porque recuerdo que lo leí de un sociólogo francés en 1988. Añadía, creo recordar, que consumían más alcohol per cápita que cualquier otro país (aclaro que el segundo en consumo de alcohol era la Unión Soviética).

Entonces, los americanos no tienen calma, viven estresados, están deprimidos y deben, para seguir funcionando, consumir drogas, y no sólo para dormir sino para pasar el día. Algo tienen, algo les falta, porque siendo el país más rico del mundo, el que más bienes materiales tiene a disposición, parece que no les es suficientes.

El gobierno de ese país ha ensayado múltiples soluciones. Una lo fue la creación de los hippies, otra la introducción de las religiones orientales, una más la erotización de la vida y también la inundación de los deportes como distractor (siguiendo las tácticas de los romanos: pan y circo). Y el pueblo de Norteamérica los tomó todos, pero continuó drogándose.

En México nos matamos unos a otros para que los gringos puedan drogarse impunemente. No nos enteramos de que allá se encarcele a los capos, sin embargo, se pueden conseguir drogas desde Bisbee, Arizona, hasta Raleigh, Carolina del Norte. La eficiencia del vecino se demuestra sin dificultad.

Un historiador mexicano tuvo una beca para una gran universidad del norte. Su maestro lo invitó a cenar en su casa. La esposa del estudiante quiso fumar y, de manera atentísima, la anfitriona le dijo que por favor lo hicieran en la terraza: estaba helando y apenas le dio unos toques al cigarro. Llegó el tiempo del postre y el coñac, y pasaron charolitas de plata con polvo blanco para drogarse. Casi nadie lo rechazó, excepto los dos mexicanos, porque no tenían la experiencia y les daba miedo hacer algo indebido.

Así que la droga circula en todos los ámbitos y clases sociales, desde los indios miserables hasta las élites. Recuerde que Kennedy y Clinton se drogaron en su momento.

Los gringos no aceptan que ellos tienen los drogadictos y su exigencia, y que una manera de controlar los ímpetus (dígase violencia asesina) es poniéndoles a su alcance algo que los tranquilice o los haga felices.

Entonces, vieron que les generaba problemas la distribución y fueron poco a poco liberando la prohibición. Finalmente, se produce y vende mariguana en varios Estados de la Unión. Lo cual es una burla para México, que la estuvo persiguiendo por casi 100 años.

Ahora hay una discusión acerca de un permiso para sembrar y comercializar mariguana. Escuché a la secretaria de Gobernación argumentando a favor de la medida y me alegré.

Tengo entendido que varios mexicanos (al menos un saltillense) han propuesto producir ese enervante.

Hasta ahorita no he probado una droga (tampoco tomo pastillas para dormir), pero considero que debemos dejar que los americanos se metan todas las toneladas que puedan. A nosotros la mariguana nos dejaría en la posibilidad de ser nosotros mismos; y que ellos lo sean a su manera.

Portugal primero, luego Uruguay, mostraron que su gobierno tiene la capacidad de controlar el consumo tanto como la producción. Con Enrique Peña Nieto y su gente no opinaría lo que opino. Pero en el momento por el que pasamos confiaría en Olga Sánchez Cordero para evitar que ese mercado sea del dominio de priistas, panistas, verdes y otros forajidos. Es arriesgado. Al parecer nada funciona en México sin corromperse. Debemos confiar y esperar, o arriesgarnos, total ya está en la vida diaria el problema. ¿Por qué no enfrentarlo?