Mientras sigamos alimentando la idea que de la educación y la escuela se ha elaborado en Occidente desde la Edad Media, no habrá “reforma educativa” que enderece lo torcido, y hasta lo retorcido, de nuestro sistema educativo.

Porque, viéndolo bien, ¿a quién se le ocurrió que para enseñar a los niños a leer, escribir y contar había que mantenerlos cautivos en un “salón de clases” durante horas y lustros?

Desde hace siglos nos hemos hecho cábalas barajando métodos y sistemas de “enseñanza”. Hablamos hasta el hartazgo de un “proceso de enseñanza-aprendizaje”, de los diversos tipos de “evaluación”, de “capacidad cognitiva” y de mil cosas más, pero, la verdad sea dicha, poco se ha logrado en cuanto a educación institucional se refiere, al menos en México.

¿A quién o a qué circunstancias hacer responsables de este ominoso fracaso? ¿A la Secretaría de Educación Pública? ¿A los profesores? ¿A las “escuelas formadoras de docentes”? ¿A los padres de familia? De hecho, todos somos responsables, profundamente responsables.

No soy original cuando digo que nada hay más parecido a la escuela que una cárcel. Ya otros han hecho esa escalofriante analogía. Y sin dar más vueltas al asunto, creo que ahí está el “quid” del problema: ¿por qué seguir sosteniendo una concepción de la escuela que desde hace muchas décadas resulta obsoleta? ¿Tal concepción medieval –trívium / quadrivium- fue eficaz alguna vez?

Hace pocos años tuve que buscar a un profesor en una escuela secundaria. Luego de sobrellevar la gloriosa indiferencia de una secretaria, me recibió el director del plantel: un tipo mal encarado, déspota, soberbio y amenazante. Todo un ejemplar del más galopante fascismo. El encuentro con este “homo sapiens” me disparó de inmediato y dolorosamente al horror de mi propia experiencia en la secundaria… Salí de esa gogoliana oficina tratando de asesinar mi decepción, sin lograrlo. Caminé por las calles de Saltillo como un Grito de Munch.

Todos conocemos o hemos conocido –y sufrido- a directivos, funcionarios, profesoras/profesores –oh, herencia gramatical del innombrable…- y hasta intendentes de esta calaña. Ésos son los pilares de nuestro “sistema educativo” y de nuestras escuelas de Educación Básica, salvo mágicas excepciones. Lo extraño es que permanezcamos inmóviles ante la monstruosidad del fenómeno…

Se cancelará la mal llamada Reforma Educativa…"
Andrés Manuel López Obrador

La “educación” no puede llevarse a cabo encerrados siempre en una caja de cemento y asesorados por personajes como ésos. Podrán mantenerse “maestros de educación especial”, “de apoyo”, de “inglés” y psicólogos, además, claro, de los maestros de grupo, pero el ambiente carcelario, el adocenamiento académico, la enloquecedora burocracia y el daño emocional que en esta gran farsa se inflige a muchos de los involucrados es irreparable e irreversible. Y no hay “reforma educativa” que cure este desastre, sobre todo cuando se trata de reformas que en el fondo ni siquiera lo son.

  ¿De qué se trata, pues? De pensar la escuela y la educación de muy otra manera. Ya resulta insostenible una escuela en la que el director/la directora es un/a déspota castrense, como el antes aludido; una escuela en la que algunos profesores/profesoras desperdician el tiempo chateando en su teléfono celular mientras los chicos trabajan en sus pupitres…

Resulta insostenible una concepción de la escuela cuyos protagonistas son el fingimiento y la simulación; una escuela que hace del conocimiento un cadáver pretendidamente expuesto dizque para su disección; una escuela que fomenta un “nacionalismo” grotesco y un despilfarro de tiempo en actos absolutamente intrascendentes.

No pretendo un Walden, ni siquiera un Summerhill, pero sí una destrucción de la escuela y de la educación tal como la hemos conocido hasta ahora. Las aulas, en todo caso, pueden ser complementarias, no centrales en un verdadero ámbito educativo. Habría que prender fuego de una vez por todas a esa petrificada idea de “escuela” que seguimos venerando como a un falso ídolo.

Una “reforma educativa” –en este caso, por cierto, más amenazadoramente laboral que académica- hecha desde la élite, ignorante de la realidad real de México; una “reforma” que no hace sino seguir dando vueltas a la misma tortilla, no sirve más que para alimentar el coro multitudinario de contradicciones que laceran a este país exhausto.

Y el Gobierno no agraviará, no ofenderá a nuestras maestras y a nuestros maestros…”
Andrés Manuel López Obrador

Algún pedagogo argentino dijo en una entrevista reciente: “Oh, sí, los niños son encantadores hasta que entran a la escuela. Ahí empieza la destrucción…”. Si por un momento nos imaginamos buzos y sondeamos las profundidades, sabremos cuánta verdad contienen esas palabras.

¿Por qué no revisar a Paulo Freire, por ejemplo, dejando un poco de lado su marxismo catequístico? ¿O a algunos otros, como nuestro Vasconcelos cósmico? Y sobre todo, ¿por qué no atender a nuestra íntima concepción de la educación, sin parafernalias pseudo-nacionalistas y sofísticas? Si no podemos acceder a la utopía, sí podríamos acondicionar pequeños “parques de aprendizaje” y concebir prácticas y centros educativos completamente distintos a los que padecemos.

Hablo de una educación verdadera, no del mero simulacro que hemos venido representando tan lastimosamente desde hace tanto tiempo y con tan oscuros resultados. Es urgente liberarse del asfixiante corsé pedagógico.

El conocimiento, después de todo, es un placer, un placer doloroso a veces. Pero desde el Jardín de Niños, la educación no es otra cosa que una serie de trampas en las que nos hacen caer con engaños y a la fuerza, empujados por un sistema tenebroso que nos promete “ser alguien en la vida” al cabo de años y años de encierro y de normas y preceptos cuartelarios. Al principio, el disfraz es colorido y sonriente; luego empieza a aparecer la verdadera faz del espectro. Entonces, ya estamos atrapados en el juego, o bien, fuimos vomitados por la bestia años ha.

¿Las estadísticas? Dejemos eso de lado por el momento. Al fin y al cabo, ¿qué resolveremos comparándonos con Finlandia, Noruega o Japón? ¿No deseamos “alumnos reflexivos, críticos, analíticos”? ¿O se trata de un discurso más del Gesticulador? Para adquirir esas capacidades –o “competencias”- es inminente enfrentarse a la vida, no sólo llenar formularios y repetir estereotipos entre cuatro paredes durante seis horas diarias.

Necesitamos el sol, el viento, el cielo, el agua, los árboles, las aves, la tierra: junto a ellos está el conocimiento –también en los libros o en las computadoras. Y en los profesores de verdad: quienes profesan la verdad, la relativa verdad.