El Día Internacional de la Mujer es un día para recordar su lucha y sus afanes. Se celebró por primera vez en algunos países de Europa unos días antes del 25 de marzo de 1911, fecha en que se incendió una fábrica de camisas en Nueva York y murieron 123 mujeres obreras al no poder salir del edificio, pues habían sido encerradas sin posibilidad de escapar. Este acontecimiento provocó serias reflexiones en la legislación laboral y reforzó la lucha por la igualdad de condiciones laborales entre hombres y mujeres. Finalmente se designó el 8 de marzo como la fecha de esa conmemoración.

Casi nunca se habla de los grandes logros en la lucha de las mujeres por la paridad y equidad. Por ejemplo, desde que fue entregado el primer premio Nobel a fines del Siglo 19 hasta hoy, las mujeres han ocupado un lugar cada vez más prominente en la entrega del galardón de la academia sueca, y el aplauso y reconocimiento universal, y no sólo han recibido el Nobel de Literatura, que pudiera pensarse un campo de fácil cultivo para ellas, o el Nobel de la Paz, acorde con ciertos atributos del carácter femenino, también se les ha otorgado en otros campos por sus contribuciones sobresalientes en Fisiología o Medicina, Química, Física y Economía.

Hace 66 años que las mujeres mexicanas tenemos constitucionalmente la plenitud de derechos ciudadanos, como el de votar para elegir a las autoridades que habrán de gobernarnos, y el derecho a ser votadas, es decir, a participar como candidatas a los puestos de elección popular con el fin de acceder a los cargos públicos en los distintos niveles del Gobierno mexicano.

La lucha de las mujeres en México para la erradicación del abuso y el maltrato por parte de los varones, o de las mismas mujeres, y por la discriminación femenina, no ha terminado, pero hay avances en los que no reparamos, por ejemplo, el de la educación femenina. La educación actual de las mujeres está absolutamente alejada de la que recibían en la época colonial, apegada a las normas de la época y al modelo de la pedagogía patriarcal que dictaba para ellas el adiestramiento en las primeras letras y en las costumbres propias de su sexo, únicamente. Cito a Elisa Luque, “La Educación en la Nueva España en el Siglo XVIII”, en lo que respecta a las materias de enseñanza para las niñas y mujeres: “Principios y oraciones de la doctrina, ‘cartilla’ de la lengua castellana, leer por el ‘Catón’, catecismo de Ripalda… ejercitándose en la lectura de libros y también en letra escrita a mano. Se les enseñaba a coser en lienzo, labrar y bordar y a hacer cuanto conduzca a una buena y perfecta educación mujeril”. A algunas cuantas, las que demostraban aplicación, se les enseñaba además a hacer “curiosidades de seda, chaquiras y flores de mano, a escribir y contar por todas las reglas”.

Otra especialista en el tema, Josefina Muriel, en “Las Mujeres de Hispanoamérica Colonial”, afirma que la enseñanza de las niñas en el Colegio de San Diego de Alcalá comprendía: “La doctrina cristiana y las artes de leer y escribir, contar, hacer rosas, labrar, bordar, tejer lana, algodón, lino, seda y metales en galones (encajes), con otras cosas propias de su sexo”.

Las hijas de las familias acomodadas se educaban en los colegios religiosos, donde aprendían, dice Artemio de Valle-Arizpe: “habilidades de aguja, el sabroso arte culinario, escribir con limpia y redonda letra española, hacer con sencilla facilidad todas las cuentas en uso y el gusto a la lectura en buenos libros”. Hoy la enseñanza en las escuelas es exactamente igual para hombres y mujeres, y ambos tienen igual acceso a todos los niveles de la educación. Sin duda un avance enorme en la lucha por la igualdad: las mismas oportunidades para ambos géneros, o sexos, como usted quiera llamarlos.