Lo diré sin rodeos: aquel sacerdote empinaba mucho el codo.

Quiero decir que era bebedor. Cumplía puntualmente los deberes de su ministerio, pero acabadas sus tareas se ponía a tomar en su habitación, y los lunes, su día de descanso, bebía desde la mañana hasta la noche.

No estoy hablando mal del señor cura. Dios me libre. Sencillamente estoy diciendo que le gustaba el chupe. Quizá bebiendo evitaba otras tentaciones, o con los humos del alcohol disipaba sus dudas sobre Dios. A lo mejor en el fondo de la copa hallaba respuesta a las preguntas que se hacía acerca de los grandes misterios de la religión. No sé.

Yo por mi parte pienso que si San Agustín o Santo Tomás de Aquino se hubiesen echado una copa de vez en cuando, a lo mejor habrían visto con claridad mayor las cosas de la divinidad, y tanto “La Ciudad de Dios” como la “Suma Teológica” les habrían salido más luminosas que cuando escribieron sobrios esas grandes obras. Quién sabe. El caso es que aquel sacerdote –lo diré sin rodeos– empinaba mucho el codo.

Cierto día lo fue a visitar otro sacerdote amigo suyo. Le dijo que quería confesarse con él. No le contó que fue a buscarlo porque traía un cierto pecadillo que no se animaba a confesar a otros curas de manga más estrecha, es decir, más escrupulosos y severos. Acudió a él porque confiaba en que el espíritu del vino, que suele ser comprensivo y tolerante, pondría al confesor en actitud benévola, de modo que lo absolvería de aquella culpa y la olvidaría luego, pues aquéllos a quienes posee aquel espirituoso espíritu suelen olvidar pronto lo que oyeron y dijeron.

Así confiado llegó, pues, a confesarse con su amigo. Se alegró al ver que estaba ya achispado por tres o cuatro copas, o cinco, o seis, o siete. Le pidió que lo oyera en confesión. El otro se sorprendió, pues su colega no solía recurrir a él para que le impartiera el sacramento de la reconciliación. Pero con tres o cuatro copas entre pecho y espalda –o cinco, o seis, o siete– no son necesarias las explicaciones. Todo se explica por sí mismo. Así, el señor cura se puso la estola penitencial, y después de sentarse en una silla le dijo con tartajosa voz al penitente, que se había arrodillado ante él:

-Ave Mapía Rurísima.

-Sin pecado original concebida –respondió el otro–. E hizo la confesión de sus pecados, sobre todo de aquél que más pesaba en su ánimo.

Al terminar la relación de culpas el confesor le impuso la penitencia:

-Rezarás 33 credos, uno por cada año de la vida de Nuestro Señor. Luego siete rosarios, uno por cada dolor de los que traspasaron el sacratísimo corazón de María. En seguida 50 salves, una por cada cuenta del rosario. Después tres novenas a la Santísima Trinidad, una por cada Divina Persona. Finalmente ayunarás a pan y agua cuatro días, uno por cada evangelista.

-¡Oye, oye! –lo interrumpió, exasperado el penitente–. Te estás pasando de la raya. Los pecados que confesé no son tan graves, quizá con excepción de uno, pero incluso ése no amerita el rigor que estás mostrando. Además seguramente tú tienes más pecados que yo. Todos sabemos que eres un borracho. ¿Por qué me impones tan grave penitencia?

Respondió el padrecito:

-Es que yo cuando me empedo me empedo, pero cuando confieso, confieso.