Fue un día tan bueno. Un día como un trozo de tela bien planchado. Como un vidrio sin mácula. Como una madera. Sin más planes que levantarse y vivir. Un día sin secretos. Sin prisa por terminar nada porque no había nada que empezar: no hacía falta. Un día sin ganancias ni pérdidas, sin sucia ansiedad, sin impaciencia. Un día como una casa donde todo está hecho. Sólido. Limpio. Recto. ¿Qué fue? Todo estaba en orden. Todo estaba donde debía estar. Nada puede hacerle daño a un día como ese, que llega desde el centro de la Tierra y se planta sobre la superficie como una caja perfecta, blanca, reluciente. ¿Fue el sol, fue la temperatura, fue la luz, fueron las gatas que se corrían entre ellas, fue el paseo en auto, fue la música, fue la merienda con mermelada recién hecha, fue la caminata sin rumbo, fue esa película inesperada en la televisión? Claro que no. Fue algo vil. Que vino del sitio del que provienen (toda) la felicidad y (toda) la desdicha. Fue que el día anterior, después de horas de maldita paciencia, de esclava paciencia, de espera lenta y dura, de estar quieta, de permanecer con la tozudez de un pescador clavando palabras trabajosamente en la pantalla de la computadora –como pequeños cortes infectados, como cofres inconexos, como cosas muertas– sin que nada pasara, el viejo engranaje de toda la vida se puso en marcha y un pequeño vibrión débil y movedizo brotó dentro de mí y me abalancé sobre él y lo hice rodar como una piedra modesta, de aquí para allá, hasta que lo apreté entre los dientes y, como quien lleva su presa al río, lo ahogué en un nido de frases, y de ese ínfimo cogollo de emoción salió algo, chorreante, que era lo que yo quería. Fue eso, nada más. Unas cuantas palabras. Un párrafo. No otra cosa. Una felicidad egoísta, miserable y pasajera.