MURAL. Esta es la obra popular dedicada a Celso Piña en un barrio del cerro de La Campana. Fotos: Marco Medina
El ‘Rebelde del Acordeón’ dejó una huella imborrable en los habitantes del cerro de La Campana, en Monterrey

El mesero de uno de los restaurantes de la colonia Independencia vive en las vísceras del cerro de La Campana. Cuenta que hace como siete años mataron alrededor de 30 personas en menos de dos meses y que ahora “no va tan mal la cosa”.

Las balas alcanzaron a una madre y a sus dos hijos: los confundieron. En el lugar, ahora hay un altar de la Virgen de Guadalupe cercano a uno de los murales dedicado a Celso Piña, el hijo pródigo de la miseria y por muchos años, tal vez, el único acorde del barrio.

No olvida el día en que, a unas casas de llegar a la suya, vio por primera vez entre los callejones a una fila de niños portando armas de alto calibre. “Tendrían entre doce o quince años. No eran del barrio, como que los trajeron de otro lado”, recordó. Además, mencionó, el quemadero de camionetas y carros que sucedieron durante varias noches. 

La gente le decía que no la iba hacer. Su papá también le decía que no la iba hacer… de repente, como si lo hubiera hecho flotar el agua, se fue para arriba.
Pedro Hernández Flores, 45 años.

La Campana tiene un mural que la anuncia. En ese llamado “grafiti artístico” se lee “La Campana” con pintura negra y un montón tags y nombres escritos alrededor. En una de las esquinas resalta la palabra “Paz”. Lo hicieron los vecinos. 

El lugar es parte de un corredor de colonias como la Independencia, La Alfonso Reyes, la Alta Vista Sur, entre otras, y se encuentra a pocos kilómetros de San Pedro Garza García, el municipio más rico de toda Latinoamérica.

El cerro La Campana, por su naturaleza, hace que sea imposible tener más de tres calles principales para trasladarse en automóvil: la Séptima, la Octava y la Novena.

Según los más viejos, antes había más espacio entre casa y casa. Veredas, árboles y plantíos. Con los años, dichos espacios se redujeron sin planificación estructural por lo que se crearon callejones pequeños por donde no hay otra manera que entrar más que caminando.

-“¿Qué pe... carnal, buen día. ¿La casa de Celso?”, preguntamos a uno de los albañiles cercanos.

“Ahí, enfrente”, indicó uno de ellos de alrededor de 60 años, de camisa sin mangas y tatuajes. 

VECINOS. Los habitantes de las colonias Independencia y La Campana recordaron a su ídolo. /Fotos: Marco Medina

Un moño negro y grande estaba pegado sobre una cortina metálica. Metros adelante, la puerta de la casa que vio surgir el talento del músico estaba escoltada por la familia.

Nos recibió su hermano Jorge Piña, también bajista del grupo quien se encontraba con varios familiares en natural luto. Todo el barrio lo estaba. Después del pésame nos platicó sobre Celso y sus inicios.

“Nació en ‘Tampiquito’, de ahí se cambiaron a la Indepe y después a La Boquilla. Aquí comenzó el grupo. Tenemos 50 años ya en el barrio.

A Celso, 10 años mayor que Jorge, le llamó la atención la música de los sonideros y así conoció la cumbia colombiana.

“Yo le decía que  tenía que tocar regional y no le llamaba. Le gustaba la cumbia. Quería que sonara así como la ‘acordionsita’ de Alfredo Gutiérrez, Aníbal Velázquez o Andrés Landeros.

“Tú sabes que somos humildes. Papá le compró una ‘acordionsita’ de dos hileras de botones. A Celso le faltaron botones y quién sabe cómo le hizo papá pero después le compró un mejor acordeón.

Fotos: Marco Medina

“Celso era pandillero a los 15, 16 años. Aquí llegó de quince. Yo llegué de cinco años. Estas no eran calles, eran veredas.

“En el 79 vino Landeros y fuimos a verlo. Nos subimos al autobús y toda la cosa. Lo saludó. Landeros le escribió una canción a Celso. ¿Dónde quedaría? Quién sabe. Celso apenas comenzaba: grabó su primer disco en los 80 y salió hasta el 82.

“Lo grabamos en Monterrey, se lo llevaron a México y nosotros pensábamos que ya no iba a salir hasta que lo escuchamos en la radio. ‘Ói, guey, somos nosotros’, dijimos mi carnal y yo. Era ‘La cumbia de los bailadores’.

“La semana pasada fuimos a Denver, Chicago y Milwaukee. El lunes que llegamos lo vi en la escalaras del avión, se paró y mi hermana lo agarró y le dijo: ‘Qué onda’. Yo también me acerqué y me dijo: ‘Adelántate’. Eso fue lo último que me dijo.

“De ahí se lo llevó mi hermana al hospital. Ayer tenía chequeo y lo metieron al quirófano. No aguantó la intervención”, declaró.

Fotos: Marco Medina

‘TÚ NO SABES CATALINA CÓMO SUFRO VIDA MÍA‘

La Campana es un lugar difícil de entrar. Los medios locales acuden poco y cuando lo hacen, lo hacen en montón. En varias esquinas, jóvenes con lentes oscuros y uno que otro tatuaje nos observan a lo lejos. No superan los 20 años de edad.

Francisco Javier es un hombre alto, calvo, expolicía, quien estaba trabajando con la pala y fue amigo de Celso en la infancia. Cuenta como sonaban los ensayos en su juventud y “los paros” (ayuda) que tiraba Celso si se ofrecía algo.

“Era una persona muy sencilla. Agradable. Si se te ofrecía un ‘tirón’ te lo daba en corto. Estuvo conmigo en la secu. Lamentamos este hecho (su muerte) porque no lo esperábamos. Yo estaba en el trabajo y me dijeron. No lo creía.

“Una vez, yo estaba recién operado del estómago. Llegó con Lalo, Rubén y Enrique (hermanos). Me dijo, ‘Panchote, me agarraste sin dinero. Estoy fregado pero tengo 10 dólares que te voy a regalar para que te compres un juguito o algo’. Nunca los gasté. Los tengo de recuerdo”, dijo Francisco.

Fotos: Marco Medina

La primera cumbia que ellos ensayaban era Catalina, en la casa. Pancho les decía, en broma, que no salían de esa canción. Era común ver frente a la fachada gente que los comenzaba a escuchar. Afuera, el baile era común.

JUDAS POR TODAS PARTES

En los techos de las casas había más chavos. Las cámaras los pusieron medio inquietos aunque en estos días eran un poco normal que las hubiera: acababa de morir el “Apóstol del acordeón”. Cualquiera de esos morros se podría cagar de risa de la cinematografía brasileña.

Seguimos con los vecinos. Caminamos por las calles. El calor escurría por las banquetas. El Barrio es un altar a San Judas Tadeo. En muchas esquinas y paredes, hay una imagen de ese santo patrono. Éstas también han sido pintadas de varios colores vivos. Disfrazan algunas casas de cartón que hay casi en la punta del cerro. Un bonito vestido para la miseria. Entre las ventanas sonaba la música de Celso. En una de esas habitaciones tocamos buscando las anécdotas.

Fotos: Marco Medina

Salió un hombre con más tatuaje que ropa y rápido nos mencionó que él no era de allí, que fuéramos a otra parte. Enseguida, uno de los vecinos nos advirtió que no anduviéramos ahí, lo decía por nuestra seguridad.

Seguimos con la tomas y las fotografías. “¿Le pidieron permiso a alguien?”, preguntó un morro de gorra blanca. Amable. “Pidan permiso. No se vayan a enojar”.

“Andamos buscando un mural que le hicieron a Celso”, dijimos.

“Está por allá, más para abajo”. El joven tenía la pupila dilatada.

‘COMO SI LO HUBIERA HECHO FLOTAR EL AGUA’

Seguimos bajando. Hay callejones por todos lados. Más pinturas de San Judas. Gente mayor en las banquetas o escaleras de concreto. Más de uno sin playera. Era el calor de Monterrey.

Pedro Hernández Flores tiene 45 años viviendo en La Campana. Conoció de niño a Celso y lo vio subir a la fama “como si el agua lo hubiera hecho flotar”.

“A Celso yo lo conocí chiquito. Aquí andaba con la raza. Era a todo dar. La gente le decía que no la iba hacer. Su papá también le decía que no la iba hacer. Tocaba en la canchas. Andaba de aquí. Y de repente, como si lo hubiera hecho flotar el agua, se fue para arriba.  Fue un gran amigo. Aquí lo queremos todos”, dijo con la voz entrecortada.

Fotos: Marco Medina

“Su papá trabajó en el seguro. Se jubiló. También le decía que no la iba hacer. No recuerdo la primera vez que lo vi en la tele. Fue hace muchos años. Lo vamos a extrañar”.

Minutos después, llegamos al mural. Se encuentra a las orillas de un arroyo cerca de un puente que conecta a la colonia con otras colonias. Está en la zona más baja del cerro, mirando hacia arriba, se puede ver de mejor manera las decenas de casas y habitaciones. De las ventanas suena de nuevo Celso. Casi nunca dejó de sonar.

El mural estaba cercano al altar del de la Virgen de Guadalupe, que más tarde nos enteramos que fue dedicado a una madre y sus hijos que murieron ahí durante una balacera. Los confundieron.

Mientras lo fotografiamos se acercó una vez más el joven de gorra blanca, detrás de nosotros. Parecía que nos vigilaba durante el recorrido. Se acercó con desconfianza.

“¿Y de dónde son o qué onda? ¿Qué andan haciendo aquí? ¿En dónde va a salir? ¿Esto de qué va a tratar?”, preguntó  el joven.

“De Saltillo. Pues es un reportaje por la muerte de Celso. En Vanguardia. Ya mero nos vamos ¿Te gusta Celso?

“Na’, a mí no me tocó. Le tocó a los más viejones. Yo no lo conocí… Pues que les vaya bien con su reportaje”. Se alejó y el fotógrafo y yo mejor decidimos irnos.

LOS DETALLES DE UN GRANDE

>Celso Piña murió de un paro cardiaco a los 66 años de edad.

>Surgió de uno de los barrios más populares de Monterrey, cerro de La Campana-La Independencia.

>Hizo bailar al premio nobel Gabriel García Márquez.

>La embajada de Estados Unidos de América, horas después de su fallecimiento, lamentó la muerte del músico.

>Gracias a la carrera y legado de Celso, se logró la construcción de centros de atención a jóvenes en los barrios de Monterrey.

El músico regiomontano se supo ganar el afecto de los famosos.

Duele a sus fans el funeral familiar

Por: EL UNIVERSAL

MONTERREY, N.L..- Decenas de seguidores de la música de Celso Piña, adultos y niños, algunos con el clásico sombrero “vueltiao”, desfilaron desde el jueves por la agencia fúnebre Gayosso Capillas Marianas, donde fueron velados los restos del músico regiomontano.

El artista falleció el miércoles poco después del mediodía, en el Hospital San Vicente de Monterrey.

El duelo de los fanáticos del intérprete de éxitos como “Cumbia sobre el río” fue discreto por disposición de la familia, que sólo permitió el acceso a los parientes y amigos cercanos, lo que causó molestia entre sus fans.

No sólo haber perdido al músico que tocaba “Los caminos de la vida” fue uno de los pesares de sus seguidores sino que también sufrieron porque la familia del líder de la “Ronda Bogotá” puso distancia entre ellos cuando antes Celso y el público eran muy cercanos.

No obstante, en el exterior, y a lo largo del día, hubo una auténtica verbena. Ahí estuvieron niños con sus instrumentos interpretando la música colombiana, y otros con aparatos de sonido, para escuchar los temas del llamado Rebelde del Acordeón.

Celso recibe hoy un homenaje popular de su público en una misa en la Basílica de Guadalupe, en Monterrey; se tenía planeado un último recorrido por las calles de La Campana, donde vivió hasta hace pocos años y forjó su carrera musical.