A las 2 de la tarde del 16 de julio llegan a verlo unas monjitas. Son misioneras catequistas de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Vienen de Texas. Una de ellas, la madre Sofía, se inclina sobre el agonizante y le dice al oído:

-Señor, lo venimos a visitar. Las hermanas le envían saludos.

El anciano abre los ojos y mira a los dos religiosas. Sus ojos se llenan de lágrimas. Las cubre con el dorso de la mano, como avergonzado de ese llanto. Su mano pronto se desliza, pues el enfermo está muy débil.

-¿Ha comido algo? -pregunta una de las monjas al joven que está al pie de la cama.

-Nada absolutamente en más de un día.

La monjita más joven echa mano con ansiedad a una pequeña bolsa y de ella saca un racimo de uvas.

-¿Quiere una, señor?

El enfermo tiende los delgadísimos dedos hacia el racimo. El enfermero le aparta la mano.

-Uvas no -dice.

En su lugar trae una botella de vino tinto y vierte un poco en un vaso. Le levanta la cabeza al que agoniza y le pone el vaso en los labios. Trabajosamente el enfermo le da un sorbo, y otro, y otro más. Se ve que tiene hambre, sed... Las monjitas sacan de la bolsa una manzana, un durazno, ciruelas pasas...

-¿Quiere, señor, quiere? ¿Una galletita? Pruébela.

La madre pone una galleta en la boca del anciano. La come él, y con un movimiento de la mano pide otra.

Pasa en silencio la siguiente media hora. Las monjitas se deben retirar. Le piden su bendición al viejecito, que intenta bendecirlas, pero no puede. Las religiosas se inclinan entonces para besarle la mano y luego salen de la pequeña habitación. Una de ellas relataría años después:

- Fue entonces cuando dimos rienda suelta a nuestros sentimientos: pena -profundísima pena-, disgusto, sentimiento; quién sabe qué.

Voy a decir ahora quién era el personaje que agonizaba en aquel julio de 1952 en la Casa de Ejercicios de Lourdes, en Saltillo. Era el Excelentísimo y Reverendísimo Señor Doctor don Guillermo Tritschler y Córdova, séptimo Arzobispo de Monterrey. La causa de su canonización, que eventualmente puede hacer de él un nuevo santo, se sigue ahora en Roma.

Murió con fama de santidad el señor Tritschler. No entregó la vida a Dios aquí en Saltillo. El 25 de julio de aquel año, 1952, su estado se agravó de tal manera que el médico local recomendó trasladarlo a Monterrey. Lo llevaron a sus habitaciones, anexas al templo del Roble. Ahí murió el 29, a las 8.15 de la mañana. Tenía al morir 74 años.

Las monjitas que lo visitaron en Saltillo habían estado la mañana de aquel 16 de julio en la casa que en la Colonia Obispado ocupaba el Arzobispo Coadjutor, monseñor Alfonso Espino y Silva. “... ¡Qué fresca esa casa, qué elegante! -escribió una de las monjitas-. Como de un príncipe de la Iglesia. Un castillo cubierto en el exterior de tupidas enredaderas...”. El sucesor de don Guillermo Tritschler les dijo a las monjitas:

-El señor no está aquí. Está en Saltillo en la casa de vacaciones del Seminario. Creo que allí está mejor, por la temperatura. Encontrarán que su cuarto está destartalado, pero yo le pregunté al Excelentísimo Señor y dice que allí está bien.

Aquél era un cuarto para pobre.