Decía –dicen– Abraham Lincoln que una forma de comprobar el carácter de un hombre es darle poder. El contar con poder, sin duda alguna, extrae lo más recóndito de la naturaleza humana, lo potencia y expone en su máxima expresión.

Las transformaciones que se experimentan ante el cambio de escenarios, las diferencias de comportamientos y de personalidades, cuando se tiene y cuando se pierde el poder, es por demás simbólico y contradictorio.

La presentación esta semana del exsecretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, ante un juez en Nueva York, da pie a varios análisis respecto de estos “claroscuros” que tiene el poder en sí mismo y cómo se manifiesta en la misma persona, dependiendo qué tan cerca o lejos se encuentre de él.

Cuando se cuenta con él, con lo que se interpreta o entiende como “poder” suele sobresalir la arrogancia, la indiferencia, la soberbia; en contraste, cuando no se cuenta con él –o se pierde– regularmente se presentan la humildad, quizá timidez, miedo e incluso, frustración.

El caso del exsecretario –y muchos otros más– puede –debiera, quizá– servir de ejemplo para quienes hoy detentan ese poder. Ante la permanente idea –común entre quienes arriban a cargos o responsabilidades públicas– de que su situación nunca cambiará, que su encargo –y consecuente poder– nunca terminará. Y resulta que, invariablemente, más pronto que tarde, éste se acaba.

Más allá de lo que al final decida la justicia –en el caso de Genaro García, Rosario Robles y otros similares–, lo cierto es que en este momento lejos están de disfrutar los privilegios y pleitesías que se les brindaban y aun cuando eventualmente se determinara su inocencia en los delitos que se les imputa, la huella de la detención y encarcelamiento será permanente.

Reza el refrán que “como te ves me vi y como me ves te verás” y, sin duda, aunque en el caso del paso del tiempo resulta ineludible, en la política eventualmente –frecuentemente, puede decirse– también aplica.

En la era de las redes sociales, muchos personajes hoy con poder se jactan de su “intocabilidad” y de la certeza de su cercanía con el poder en turno –del nivel que sea– y que la misma les durara eternamente.

Pero como bien decía –aquí sí, ciertamente– José José, el amor acaba –y el poder también– y antes, una buena cantidad de quienes hoy se encuentran en “desgracia”, presumían y gozaban de lo mismo que, hoy también, los nuevos poderosos gozan. No estaría nada mal que echaran las barbas a remojar y se entienda que nada es para siempre, que el servicio público es para servir y no servirse y que aunque hoy pueda parecer tan lejano e incluso imposible, eventualmente la rueda de la fortuna cambia y con ello los destinos y suertes de los protagonistas.