El año de la neumonía atípica; de las cifras maquilladas. El año de las crueles despedidas sin despedida

A María del Carmen Rodríguez ante su sorpresiva partida

 

A punto ya de ver cerrarse el telón del año que deja tras de sí desolación y pérdidas, la humanidad toda ha volcado su fe en el que viene. No pocos afirman que el 2020 es un año destinado al olvido; para los más, este lapso deja huellas imborrables.

Se va el año en el que inició la pandemia, pero esta permanece aún más amenazante. Atrás queda el año del aislamiento social, que para muchos significó una oportunidad de crecimiento personal, pero para otros representó la imposibilidad de llevar el sustento a los suyos. El año en el que hubo que desaprender lo aprendido y adaptarse rápidamente a lo que se conoció como la “nueva normalidad”. El año del teletrabajo y las horas perdidas entre conexiones fallidas y frustración acumulada. El año del aprendizaje en casa que fue protagonizado por niños distraídos y profesores angustiados. El año en el que la sonrisas se vieron cubiertas con telas de variadas calidades y los antebrazos fueron utilizados por vez primera para expresar la cordialidad de un saludo. El año de los fines de semana sin lunes próximo; de los planes que se quedaron dormidos en el cajón y de los días que parecían tener más de 24 horas. El año de las compras de pánico de unos o del pánico sin dinero para las compras de otros. El año de los cumpleaños celebrados en brevísimas caravanas que rompían la monotonía con el ruido de los coches y de los labios secos por los besos que se diluyeron en el envío a distancia. Decimos adiós al año de los escaparates vacíos; de las empresas cerradas; de los comercios fracasados; de los empleos perdidos; de los discursos oficiales huecos; de los recurrentes yerros; de las promesas coleccionadas y de los apoyos que nunca llegaron. El año de la neumonía atípica; de las cifras maquilladas; de las verdades a medias y de las mentiras completas. El año de las crueles despedidas sin despedida.

Pese a todo, también nos disponemos a marcar con un punto final al año de la solidaridad humana, en el que las muestras de afecto llegaban en contenedores desechables con algo de comida o venían envueltas en la tranquilidad que producía una video llamada. El año en el que el abrazo más profundo y prolongado entre una pareja seguía después de leer la palabra negativo en el resultado de una prueba. El año en que las administraciones locales aprendieron a hacer verdaderos malabares para plantar cara a la contingencia en forma adecuada. El año en que el personal de salud hizo aún más patente su valía y recibió el aplauso sincero de quienes reconocimos su sacrificio, aunque también la incomprensión los hizo víctimas. El año en que los esfuerzos científicos mundiales se cristalizaron en la generación de vacunas efectivas para prevenir la trasmisión del mal.  El año en el que -parafraseando al “Flaco de Úbeda” Joaquín Sabina- aprendimos a ser felices “con dos latas en la nevera y un gramo de esperanza en lista de espera”.

Aquí en confianza, el fin de este año y el inicio del próximo deben convertirse en una celebración de la vida. En algunas mesas habrá lugares vacíos; la ausencia pesa tanto que el aire se torna denso, pero los que aquí continuamos tenemos el indelegable compromiso de recibir el 2021 con la cabeza en alto y la fe renovada.  Indudablemente, en algún momento habrá que volver la vista atrás, pero sigamos andando de frente hacia el nuevo día, pues como escribió el novelista y guionista estadounidense John Guare: “Es increíble cómo un poco de mañana puede compensar un montón de ayer”.

A mi única lectora: aquí nos encontramos el año siguiente.