¿A cuántos de nosotros la relectura de un libro nos ha parecido una primera lectura? ¿Hay más de un Quijote, un Odiseo, un Hans Castorp o un Edmond Dantès? ¿Cuántas Novenas Sinfonías de Beethoven existen? ¿Cuántos Comedores de Patatas de van Gogh? No hay que pensar mucho para concluir que el libro es idéntico, que la sinfonía es la misma —al margen de las muchas versiones—, que la pintura permanece inmutable y que somos nosotros los que hemos cambiado. ¿Cuáles son los factores que determinan esta metamorfosis de la percepción artística?

 Hubo testigos de nuestro nacimiento y seguramente los habrá de nuestro final, sin embargo no nos percatamos de nacer ni nos daremos cuenta de nuestra muerte. Por ende, para la autopercepción somos perpetuos: un camino sin principio que nunca llega a su destino. En este trance todo es mudanza. Cambia nuestro cuerpo y nuestro pensamiento; cambio que está motivado por nuestro reloj biológico y por el entorno, la acumulación de experiencias, pensamientos y conocimientos. No es extraño, entonces, que siendo entes siempre mutables encontremos distintos a los Quijotes y a los Odiseos, a los Comedores de Patatas y a las Novenas Sinfonías cada vez que los encaramos. Como cuando volvemos a la habitación que hace mucho tiempo solíamos ocupar y la encontramos más pequeña; o como cuando revivimos la costumbre lejana de remojar una magdalena en el té para endulzarnos la infancia y notamos que ahora viene impregnada de evocaciones y de melancolía. 

Pero no solo es la madurez y la acumulación de experiencias lo que hace que la obra nos parezca distinta. También entra en juego la voluntad y el ánimo, quiero decir, la manera en la cual queremos leer o escuchar en concordancia con nuestro estado  emocional. 

La intención es definitiva. Podemos leer a Dante para deleitarnos en la música de sus letras, pero también para descubrir crípticos mensajes; el propósito puede ser conocer más al autor, encontrar claves filosóficas, interpretarlo el texto a la luz de cierta ideología, o todo eso junto: las posibilidades son muchas. Esta voluntad, en sintonía con el espíritu, guía nuestra búsqueda en el arte desde la elección del título hasta la manera en que enfrentamos el texto, la visión o el sonido. A veces buscamos esparcimiento y sensualidad; otras la melancolía y la reflexión; al rato vienen las ansias del virtuosismo poético o la prestidigitación del pianista; luego se antoja  una música que sirva de marco apropiado para vivir lo cotidiano: una ambientación sonora del drama o de la comedia de nuestra existencia; o bien, enamorados, entramos en sinuosa danza con la poesía amorosa. 

Eso no es todo, pues la mecánica de la apreciación es otro factor que multiplica las maneras de percibir el arte. Podemos leer lento, deteniéndonos en una frase notable o decir en voz alta las líneas que así lo merezcan; cerrar los ojos y entregarnos al oleaje del sonido o deambular por la habitación al vaivén de los compases; dedicar todo el tiempo frente a un solo cuadro como si no existiera el resto del museo o bebernos toda la galería en una hora. 

El arte es infinito no solo por el número de creaciones que existen, sino por el perpetuo cambio de aquel que las contempla. Lo es también por las múltiples formas de apreciarlo, así como por los caprichos de nuestra voluntad y de nuestra emoción. Una sola obra de arte puede ser infinita, pues está hecha a nuestra imagen y semejanza: bello espejo del incesante cambio y de nuestra abreviada perpetuidad.


RICERCARE
Alejandro Reyes-Valdés