Los seres humanos pasamos gran parte de nuestra vida cavilando sobre los arcanos de la existencia. De estos, el tiempo es uno de los más peliagudos. ¿Qué es? ¿Cómo lo percibimos? ¿Cuál fue su origen?

Científicos, filósofos y teólogos de todas las épocas han vaciado letras y más letras, signos y más signos, en torno a este escurridizo elemento de la existencia.

Para los teólogos medievales el trabajo fue doble, pues no solo tuvieron que indagar sobre la naturaleza del tiempo, sino hacerlo compatible con la idea de Dios. En ese diálogo fe-razón, Agustín y Boecio tuvieron voces harto resonantes.

En cuanto a nuestra percepción del tiempo, Agustín habla bellamente:

“Porque estas tres cosas existen en el alma, y fuera de ella no las veo: memoria presente de las cosas pretéritas, visión presente de las cosas presentes, expectación presente de las cosas futuras”

Agustín despoja al pasado y al futuro de una existencia propia, pues las cosas son y suceden en el presente aunque estén sujetas a un continuum temporal. Sin embargo, para el teólogo, el tema no puede concluir ahí: falta incluir el elemento Dios en la ecuación.

Para Agustín, la eternidad divina opera sin sujeción al tiempo; en este sentido, Dios, en cuanto que inmutable, posee una eternidad fija que contiene toda la creación en su manifestación pretérita, presente y futura. Así, solo la creación está sujeta al tiempo, dado que el tiempo es parte de la creación, no de su creador.

De allí se desprende una cuestión espinosa: Si Dios tiene noticia de todo cuanto pasó, pasa y pasará, necesariamente todo sucedió, sucede y sucederá, y si así no fuera, Dios no sería omnisciente, por lo  cual dejaría de ser Dios. Pero, si todo está escrito en el plan divino, ¿dónde queda el libre albedrío que Dios mismo otorgó?

Boecio disertó al respecto. Lo primero que hizo fue jubilar al azar, afirmando que todo suceso tiene una causa, y ésta a la vez tienes su causa y así sucesivamente hasta llegar a la causa incausada: Dios. Por lo tanto el azar no existe. Eso puede ser aceptable para una piedra, pero, ¿qué sucede cuando la voluntad entra en escena?

Boecio se defendió diciendo que la presciencia divina consiste en el conocimiento de todas las cosas futuras, no en una dictadura de los destinos. Argumenta que una afirmación verdadera no constituye la causa de lo que afirma; por ejemplo, observar una puesta de sol no es la causa de que el sol desaparezca en el horizonte.

Esto tal vez pueda tranquilizarnos un momento, pero una cosa es ver el atardecer sin causarlo y otra conocer todos los destinos sin levantar sospechas de predestinación. Así, la idea de la incompatibilidad de la presciencia y el libre albedrío vuelve a nuestros tercos cerebros. Sabiéndolo, Boecio intentó una demostración más elegante: suponer que no hay presciencia divina. Pensemos un poco en ello.

¡Vaya! Resulta que, aún suprimiendo la potencia presciente, lo más aceptable para nuestro sentido común es concluir que las cosas sucederán de una manera y no de otra, así como el pasado ha sido “así” y no “asá”. ¿Acaso existen fintas para evadir al futuro? ¿En qué consiste el libre albedrío?

Yo sentí el vértigo del destino en la infancia, pero no fueron agustines ni boecios los causantes: fue Rosita, amiga entrañable de mi mamá, quien, al finalizar cada tertulia comentaba: “Al cabo no va a pasar nada más que lo que va a pasar”.

He ahí lo que llamo el axioma de Rosita, el cual me provocó insomnios y angustias infantiles, y  sigue provocándolos, pues hasta ahora no ha pasado algo distinto de lo que ha pasado.