No solo los conoció, los entrevistó, a algunos los editó y a otros más los corrigió. No hay escritor consagrado en lengua española que se le haya escapado o que no haya temblado al leer su crítica en El País. Camina por los pasillos de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como alguien que lo ha leído (casi) todo, hablo de Juan Cruz, crítico literario y testigo de las letras hispanoamericanas de los últimos cincuenta años. ¿Cómo elige un libro alguien que recibe 120 al mes? ¿qué ruta literaria tomar?, para él la lectura es un baile, cada libro tiene un ritmo y cada lector también, el libro extiende la mano para invitar sin mayor presentación que una portada al lector que ha decidido darle una oportunidad. Si el ritmo coincide, un párrafo se transforma en sinfonía, y la lectura en un espectáculo coreográfico; sin embargo, si el ritmo no coincide, la lectura se convierte en un baile incómodo, algo no cuadra, se pisan los pies, se adelantan las miradas y aunque el libro quiera alejarse el que siempre detiene la tortura es el lector. Juan Cruz nos advierte que eso pasa con frecuencia, pero que no siempre es culpa del libro, a veces el ritmo del lector no está dispuesto a ceder a ningún baile, Cruz recomienda dejarlo a un lado y volver dos días después, o una semana, o tal vez meses “¿cuántas veces te negaron un baile y cuántas veces insististe?” Se pregunta el crítico. 

Algo parecido decía el grandísimo Jorge Luis Borges, él ponía de ejemplo a Shakespeare, decía que,aunque parece increíble no todos estamos preparados para el escritor inglés, no puedes obligarte a leer Hamlet, déjalo ir, regresa con el tiempo, léelo de manera distinta, respira y despéjate. 

Cruz y Borges hablan de lo mismo, no hay lectores infelices sólo a destiempo, cada libro espera impaciente un compañero de baile, de pronto uno se enamora de un ritmo, de una melodía que no quiere soltar, por eso es que podemos escuchar nuestra canción favorita 400 veces en un día, lo mismo pasa con un cuento, con una novela, con un ensayo o una teoría científica, la fascinación por un autor.

Se pueden recomendar libros, bailes a los que muchos han cedido, sin embargo, lo único efectivo es la búsqueda inagotable, es lo único que pide Juan Cruz, no dejar de buscar, tal vez en una mañana, o una tarde cualquiera se tiene la suerte de encontrar una inolvidable pareja textual.