Una de éstas noches, las puertas del balcón bien abiertas se quedaron; un poco fue por el frescor que afuera se sentía y que vino a darle tregua a un repentino calor que más que a primavera a verano olía y menos al moribundo invierno de éstos meses de pandemia.  

Les platico: Era aquél un “domingo doble”, como le llamo al séptimo día porque ahora duplica su calma y mansedumbre debido a que las calles cada vez lucen más vacías por el mismo motivo mencionado aquí arriba.

En el rellano exterior de la terraza anidó hace dos años una pareja de palomas, que nunca que hayamos visto se animaron a meterse hacia la casa. El barullo que armaban sus gorgeos, un día alegró su tono por el pipiar de los pichones que de pronto les nacieron.

Y a diferencia de las golondrinas -a cuyos nidos vuelven cada año los descendientes de quienes con ahínco los construyen- las palomas, en un atardecer las seis volaron y de ellas nunca más volvimos a saber.

El día después de que en la noche el balcón se nos quedó abierto, escuchamos un melodioso trinar que parecía casi como si los que con tanto entusiasmo cantaban, estuvieran dentro de la casa.

Y al asomarnos, dos pequeños pájaros de cabeza roja y nombre hasta ahora por nosotros no sabido -uno de ellos más menudo que el otro más fornido- estaban en el barandal del balcón desatados dándole un concierto a los vecinos -y a nosotros por supuesto- como los que ahora se estilan en el mundo para mitigar el tedio de quienes -no siempre, es verdad- estamos en las casas recluidos.

El calor de ese día obligó a que el balcón estuviera bien cerrado y a la hora de la comida, vimos cómo los dos de la cabeza roja y el concierto, sobrevolaban insistentemente y de tanto que se paraban en el piso viendo hacia dentro, de pronto tuve el presentimiento de que en su lenguaje estaban tratando de pedirnos que las puertas les abriéramos.

Esa noche y todo el día siguiente, a pesar del calor de allá afuera, las puertas del balcón se quedaron abiertas y al tercero sorprendimos a uno de ellos acarreando ramitas con su pico hacia la parte superior del rellano, DENTRO DE LA SALA.

Creo que me tengo qué explicar: Por un accidente -llamémosle arquitectónico- del que construyó donde vivimos, tenemos un rellano exterior en la parte superior de la terraza y otro que quedó en el interior, en plena sala, que cuando las puertas se cierran luce como un inacabado remate de cielo falso.

Las palomas anidaron en el rellano exterior del balcón y ¿a qué no saben? Los cantantes de la cabeza roja están anidando DENTRO DE LA SALA.

Ha sido fiesta para Gaby y para mí también, porque a lo mejor no muchos pero si un montón, pueden presumir de tener en sus cocheras o en la parte exterior de sus casas, nidos de golondrinas, pero, a ver ¿quién puede darse el lujo de decir que tiene un nido de pajaritos cabeza roja bien cantadores, dentro de sus salas?

Desde que nos dimos cuenta del par de huéspedes que ahora hay en casa, el aislamiento social que de dos era, de pronto se volvió de cuatro, aunque los dos de quienes les platico son tan libres y tan inmunes a los virus y esas cosas, que no hay encierro que a ellos los confine.

Bueno, debo confesar que también nos damos de pronto nuestras sanas escapadas, pero así como de volada salimos, volando regresamos.

Creemos que ahora que los tráficos de gente y carros son notoriamente menores, como que la relativa paz que se percibe allá afuera, hace que las aves de todos los tipos disfruten a sus anchas lo que de origen es de ellos: su hábitat, recubierto a mansalva de cemento, asfalto, ruido y todas las estridencias del comportamiento humano.

Entonces, en medio del fragor de tanta información que nos envuelve despiertos, somnolientos y dormidos; en medio de un país dividido como nunca lo había sido; con gente que de amigos se han vueltos agrestes enemigos; con un gobierno empecinado en recetarnos sus ideologías disfrazadas de medicinas, sus adoctrinamientos maquillados de medicamentos, sus místicos aspavientos    ataviados de razonamientos, qué alivio tener aún espíritu y alegría para disfrutar en todo el día de tan grata compañía.

El ir y venir de nuestros huéspedes alados se ha vuelto un gozo que nos ha llevado a voltear hacia otro lado en nuestras vidas y es como si el color desteñido de aires que también parecen estar enfermos, recobraran la salud.

A éste País le atacó la tos seca desde hace más de un año y aunque muchos hoy en el poder de eso a tiempo se enteraron, en vez de buscar el remedio actúan como si la enfermedad otra vez les va a pasar de lado, confiados en artilugios y sahumerios que de ciencia tienen poco y mucho sí de metafísica y política impaciencia.

Las puertas del balcón abiertas como están, así se van a quedar tanto de día como de noche. Es regla ya para ésta casa. Y hoy que abril comienza apenas, seguros casi estamos de que antes de que mayo se asome a nuestras vidas, los dos pequeños de cabeza roja y cantarines, habrán de presentarnos orgullosos, de repente… a sus recién venidas a este mundo, hermosas crías.  

CAJÓN DE SASTRE

“Qué alivio verte escribir sobre éstos temas y más en éstos tiempos tan aciagos”, dice la irreverente de mi Gaby; y apenas terminando de decirme esto, se apresura a dejar en el balcón, el diario tazón de alpiste y agua para nuestros huéspedes inesperados, más no por eso menos apreciados ….

placido.garza@gmail.com

Plácido Garza (Irreverente)

Nominado a los Premios 2019 “Maria Moors Cabot” de la Universidad de Columbia de NY; “SIP, Sociedad Interamericana de Prensa” y “Nacional de Periodismo”. Es miembro de los Consejos de Administración de varias corporaciones. Exporta información a empresas y gobiernos de varios países. Escribe diariamente su columna “IRREVERENTE” para prensa y TV en más de 40 medios nacionales y extranjeros. Maestro en el ITESM, la U-ERRE y universidades extranjeras, de distinguidos comunicadores. Como montañista, ha conquistado las cumbres más altas de América.