Ilustración: Vanguardia/Esmirna Barrera

Por: Martha Santos de León

Su abuela se enamoró de un rockstar a los 72 años. Vestir un suéter negro de estambre corriente y cuello alto a media calle bajo el sol de julio no les habría provocado más incomodidad. Encontrar a Catalina en su recámara sentada junto al librero, sin ningún libro abierto en las manos y con la mirada fija en la pantalla, era un espectáculo inusual para el par de adolescentes.
     –¿Por qué no se enamoró de él a los 20 años, a los 25?
     –Porque no lo conocía. Apenas lo vio hace unas semanas y mira cómo la tiene.
     –¿Y por qué hablamos quedito, menso? Con esos audífonos que ya le han de tener cocidas las orejas, ni nos oye. –Paco y Nena ahogaron las risas tapándose la boca con las manos.
     Catalina no quería perder detalle del video que ha repetido cincuenta veces. Se sabía de memoria cada paso, cada contorsión, cada golpe de talón contra el escenario… cada palabra en inglés emitida por la boca de grandes dientes bajo el bigote bien recortado. Así llevaba todo el día, igual que todos los de los últimos dos meses: hechizada, con los sentidos clavados en el cantante recién descubierto.
     –¿Tú sabías que a la abuela Catalina le gustaba el rock? –esta vez Paco no bajó la voz.
     –Me gustaba más el chachachá y el mambo, hijito.
     –¿Ves como sí nos escucha? –el muchacho volvió a hablar bajito.
     –Tu abuelo no era bueno para bailar, y la música no era su fuerte –recordó la mujer. Durante un par de segundos miró la fotografía de su boda sobre el escritorio. Observó al hombre de expresión seria cuya imagen quedó congelada al lado de la suya en el retrato amarillento tomado hará unas cinco décadas, luego devolvió su atención al espectáculo en el monitor.
     –Mi mamá me dijo que nunca la había visto así por un artista. Me gustaría más que usara la computadora como antes, para buscar recetas de pasteles, o de cómo hacer veneno para los cucarachos, o para bordar en punto de cruz…
     ––Me choca tu costumbre de hablar de mí como si no estuviera presente, Nena ––la mujer se retiró los enormes audífonos sudados de las orejas enrojecidas y miró enfadada a su nieta–– y no bajes la cabeza. He tenido mucha música, muchas canciones me han marcado. A muchos cantantes he admirado, pero algo me pasó con este muchacho que no puedo explicar.
     Le alborotaba el corazón escuchar al barítono cantando sin camisa, y también cuando lo hacía vestido con un camistas de tirantes, pero para no escandalizar más a sus nietos, Catalina omitió el detalle.
     –El otro día mi mamá dijo que enamorarse de un rockstar es obligado…
     –Enamorarse de un rockstar a los 72 años es rejuvenecedor… –Paco le arrebató la palabra a Nena.
     –Enamorarse de un rockstar gay a los 72 es emocionante, pero no pudo definir qué es enamorarse a los 72 de un rockstar gay que se murió hace como 27 años ––esta vez Nena calló a Paco.
     –Es liberador –murmuró la abuela.
     En ese momento Catalina reconoció ante sí misma que quiso ser la pulgada de piel en la mano derecha de Monserrat Caballé que recibió un beso del artista en las olimpiadas al año siguiente de que él murió. Un segundo después empezó a planear su viaje a Suiza para ver de frente al astro aunque sea convertido en estatua. Se puso de pie y dejó a sus nietos sentados en el tapete, a los pies de la mecedora, y al roquero cantando solo en la pantalla. Cuando regresó a su casa con las canas pintadas de rojo y convencida de que su luto de viuda había terminado, el maquillaje en la fina red de arrugas como encaje sobre su rostro le daba a sus ojos un brillo similar al que se le veía en la foto de boda sobre el escritorio, junto a la pantalla que exhibía el eterno baile frenético. 
     –¿Qué le ves, abuela? –a sus 16 años, Nena empezaba a voltear en dirección opuesta del reguetón. El sonido metálico del rock la estaba seduciendo, casi tan rápido como a su abuela la carga sensual con que un cantante al que la muerte mantiene joven, opaca a los músicos que aparecen a su lado en los videos.
     Catalina mantuvo la mirada fija en el monitor, en silencio. También sin palabras, sentado en la cama, Paco miraba a través de la ventana hacia ninguna parte. Quería saber por qué un cantante del pasado estaba presente en el futuro de su abuela, pero sabía que no podía apurar la respuesta. En su mente repasaba las frases en inglés de la canción en turno y se sorprendió al descubrir que le gustaban.
     El tono triste con que Catalina contestó hizo más profundo el misterio: 
     –Nunca voy saber si ese bigote hace las mismas cosquillas que el de mi marido.

 

Martha Santos de León
REPORTERA Y ESCRITORA
(Torreón, 1994) Ha participado en diversos coloquios
nacionales e internacionales. Textos suyos
aparecen en las revistas Tierra Adentro y Cuadrivio.