La comunidad científica tuvo ayer uno de sus mejores días en mucho tiempo. Creo que los despeinados hombres de bata no celebraban con tanto entusiasmo desde que hospitalizaron de urgencia -¡por varicela!- a cierto político italiano opositor de las vacunas.

Pero no, el alborozo de ayer de los hombres -y mujeres, sí- de ciencia, era de índole menos cáustica y estaba perfectamente justificado, después de todo se develó para el mundo la primera imagen de un agujero negro.

Muchos cibernautas se unieron a la algarabía astronómica y compartieron la histórica imagen haciéndola sin duda la más replicada a nivel mundial durante la jornada de ayer.

Y no obstante, la imagen viene a confirmar décadas de especulación matemática y reta al mismo tiempo algunos de los paradigmas cimentados por el mismísimo Einstein, a la mayoría de los primates de este planeta nos resulta una foto completamente anodina, carente de emoción o significado profundo.

Ah, pero no nos muestren la estampita de algún santo, virgen o Niño Jesús porque hasta nos santiguamos con ella y le conferimos propiedades mágico-curativas.

En efecto, pese al entusiasmo pasajero, lo más probable es que el grueso de la población vea esa dona de gas anaranjado flotando en un fondo negro y solo alcance a exclamar un insípido “meh”, como a quién le informan que el Atlante no pasó a la liguilla.

Y es que admitámoslo, parte del furor que se generó ayer no se debió al milagro de poder constatar la existencia de este objeto tan masivo como nuestro sistema solar y a la vez tan diminuto en la vastedad del cosmos, que muchos lo comparan con la búsqueda de una pelota de tenis en la superficie de la luna.

Los hubo quienes celebraron la participación de una delegación mexicana dentro del equipo que logró la imagen del mentado agujero, ya que era una hazaña que sólo se podía lograr con la colaboración de diferentes radiotelescopios en todo el mundo -era eso o construir una lente del diámetro de la Tierra, y ya la iban a fabricar pero no había suficiente “windex” para mantenerla limpia-.

Otros se alborozaron por el relevante papel que tuvo en este logro una mujer, Katie Bouman, una chica egresada de Ciencias de la Comunicación…. ¡Ah, no, perdón, del MIT! Fue gracias al algoritmo de Bouman que se pudo coordinar la información capturada por los radiotelescopios ubicados en lugares tan distantes entre sí como México, España y Chile.

Así que, ya sea por patrioteros o por feministas, muchos, muchas y “muches”  se andaban arrogando ya la paternidad de esta imagen, no importa que ninguno de ellos pudiese explicar qué es un algoritmo o cuáles son las implicaciones de poder constatar visualmente la presencia de un “bújero prieto” de esta naturaleza.

Lo que no deja de resultarme curioso es cómo, a pesar de tratarse de un acontecimiento que tiene qué ver con la inmensidad del universo en contraste con nuestra infinitesimal insignificancia, saquemos a relucir nuestras más acomplejadas mezquindades, ya sean de sexo, raza o nacionalidad. Es decir, entre más diminutos se demuestra que somos, más parecemos empeñarnos en dividirnos.

Como ya usted sabrá, si es que cursó el tercero de primaria o de perdido vio la serie de Cosmos, un agujero negro es un cuerpo tan masivo y tan denso que una cucharada de la materia de su núcleo pesaría lo mismo que el Monte Everest. Luego, su campo gravitacional es tan fuerte que todo lo que queda atrapado en éste cae irremediablemente a su centro, claro, igual que el centro de la Tierra nos mantiene pegados al suelo, sí. Pero la atracción del agujero negro es tan fuerte que ninguna partícula escapa, ni siquiera la luz que literalmente cae por su propio peso.

Si un agujero negro devora todo, incluso la luz que uno amablemente suele reflejar para que los demás lo puedan ver, es entonces imposible sin más para el ojo humano observar uno de estos cuerpos.

El agujero negro se intuye matemáticamente, o acaso se observa por su interacción con los cuerpos vecinos -a veces una distorsión en una observación astronómica anticipaba la presencia de un cuerpo súpermasivo, aunque en un sentido estricto el agujero negro no se ve.

Lo que nos muestra la celebrada imagen de ayer es en realidad un perímetro de gases que arden en los lindes de este remolino gravitatorio. Es decir, sólo vemos el marco circular de la más negra oscuridad, lo que sin embargo no significa en este caso “ausencia de”, sino todo lo contrario.

Así que la próxima vez que lo atormente la total ausencia de ideas, o la negrura en el fondo de su cartera, no se desaliente, quizás está experimentando un fenómeno derivado por la altísima densidad de su pensamiento o de sus finanzas, que de tan profusas y abundantes, nomás no se dejan ver.

PD. Acostúmbrese a estas desvariadas reflexiones que la Nación Petatiux entra en su acostumbrado periodo cuaresmal.

 

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