Un delgado y hermoso hilo blanco sale de una chimenea en un declive cerca del bosque. Estamos en Los Lirios, un poblado localizado en uno de los linderos de la Sierra Madre Oriental, en la casa de campo de la familia de un artista: Carlos Farías, quien entre su trabajo visual representa las montañas y los paisajes de una manera sublime. 

En el grupo amanecimos desvelados. Desde allí observo la casa con la chimenea y otras que se distribuyen en un lugar que, mientras para nosotros significa descanso, para la gente del lugar es trabajo y vida diaria. 

Me voy a caminar, el olor a tierra húmeda invita a seguir. Por curiosidad, me dirijo específicamente a esa única cabaña de la que emerge el humo. Es casi mediodía. Posiblemente será la hora de preparar los alimentos, así que por allí deberá andar cerca la cocinera. 

Los perros del lugar hacen lo que deben: ladrar. Avisan de mi presencia. Un hombre mayor abre la puerta y luego de darle mis saludos, le digo directamente que me llamó la atención que fuera la única casa con la chimenea encendida. Me dijo: -hice café. ¿No quiere un poco? 

Así, de pronto, estaba dentro de su casa gracias a su 
amabilidad. Una mesa sencilla y un par de sillas en la habitación se enmarcaban por el tono verde menta de las paredes. En una esquina, una estufa de acero, negra y sencilla, ardía con maderos y mostraba una cafetera azul al tiempo que brindaba calidez en el ambiente. Me ofreció sentarme. 

Le pregunté cosas. Su esposa había muerto. Me contó sus hijos se habían ido a la ciudad. Solo uno de ellos regresaba para ayudarle con las chivas y el cultivo escaso. 

Como ya tenía su taza servida. Toma otra taza que estaba en la mesa al tiempo que me mira. – ¿Quiere que lave otra taza?, por aquí he de tener y sus ojos buscan en el fregadero vacío. Le digo que esa que tiene en la mesa está bien y con las manos le quita el polvo. Me pregunta si allí me sirve, como insistiendo. Asiento agradecida. 

Con una tela toma la cafetera humeante y deja caer un hilo oscuro, sin filtro ni colador de por medio. El café sabe delicioso. ¿Será el lugar y la compañía? Le pregunto cuál café es y me dice que Oso, ese café a buen precio que tiene más de cien años elaborándose en Saltillo junto a las tabletas de chocolate. Al terminar el café me despido para volver luego con algo de lo que cocinamos, a manera de agradecimiento. 

Ese café me recordó al café que dice mi madre, preparaban en Nadadores. – Siempre había una cafetera en las brasas de la chimenea de la cocina esperando a la visita. Estaba toda tiznada por el humo y las llamas. 

El café lo compraban en “la miscelánea” de la esquina y lo llevaban al molinillo que se prendía de la mesa de madera de la casa, mientras la abuela lo hacía girar. 

Recién molido lo hervían. “Al final se ponía agua fría para que se asentara y le ponían cubos de azúcar blanca que también compraban en la misma tienda. Recuerda que antes el café era para todas las edades: “a nosotros nos lo daban con bastante leche reciñen ordeñada y hervida”. 

Escribo esto mientras voy por la segunda taza de café con leche de coco y recuerdo el café de la abuela, negro y dulce, que nos daba junto a los tacos de harina con frijoles y chorizo. 

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