La historia dio un giro insospechado y la Cancillería anunció que Valero había presentado su renuncia al cargo ‘por motivos de salud’. ¿Cuáles serían estos? Una presunta afección neurológica

La gota que derramó el vaso llegó ayer en la forma de una nota fechada en Buenos Aires en la cual se daba cuenta de un hurto protagonizado por el hoy exembajador de México en Argentina, Ricardo Valero… ¡justo mientras esperaba el avión que lo traería de vuelta a nuestro País para dar cuentas a la Cancillería luego de ser sorprendido robándose un libro!

Como se ha informado, el diplomático fue acusado penalmente en Argentina luego de que el pasado mes de octubre fue sorprendido intentando sustraer, sin pagar, un ejemplar de una conocida librería bonaerense.

Tras revelarse el incidente, Valero fue abiertamente defendido por el presidente López Obrador, quien deslizó la posibilidad de que se tratara de un error, para lo cual utilizó una presunta anécdota personal según la cual, en algún momento del año 2000, él habría sido acusado de intentar llevarse sin pagar un libro de una conocida librería en la Ciudad de México.

En adición a ello, el titular del Ejecutivo Federal utilizó como argumentos para excusar al presunto ladrón el que “todos cometemos errores”, además de que Valero “es un hombre mayor” y “un internacionalista de primer orden”.

Como ocurrió con el caso de Manuel Bartlett, la defensa pública que el Presidente realizó del diplomático parecía claramente orientada a garantizar que no se le sancionara por la conducta en la cual incurrió. Pero la revelación del segundo “desliz” de Valero volvió insostenible la situación.

Sin embargo, la historia dio un giro insospechado y la Cancillería anunció que Valero había presentado su renuncia al cargo “por motivos de salud”. ¿Cuáles serían estos? Una presunta afección neurológica que Valero sufriría luego de que en 2012 fuera intervenido quirúrgicamente para extirparle un tumor cerebral, lo cual le habría dejado secuelas.

Las secuelas postoperatorias podrían incluir, de acuerdo con una suerte de “certificado médico” expedido por la doctora Ana Luisa Sosa Ortiz –quien es médico cirujana y ostenta un posgrado en psiquiatría– “alteraciones conductuales” que podrían explicar –aunque nadie ha dicho formalmente que así sea– el comportamiento del exfuncionario.

Resulta llamativo, sin embargo, que sólo hasta que apareció el segundo escándalo el Gobierno de la República informara que el exembajador “presentó su renuncia al cargo” e incluso haya decidido revelar –no se sabe si con el consentimiento de Valero o no– un documento que contiene datos personales sensibles y, en principio, deberían guardarse en reserva.

Dados los antecedentes generales del Gobierno mexicano e incluso los particulares de esta administración, lo ocurrido convoca a creer que, en realidad, lo que se hizo ayer fue ajustarse a la máxima atribuida a Juárez de que “a los amigos, justicia y gracia, pero a los enemigos, justicia a secas”.

Y si eso fue lo que ocurrió, pues una vez más estamos ante la evidencia de que el gobierno encabezado por López Obrador, aunque ha hecho del combate a la corrupción la principal bandera de su discurso, sólo pretende combatir aquella corrupción que le resulta “conveniente”, es decir, la de sus enemigos políticos.