La variante incipiente de Alzheimer que me aqueja (una que no basta para que salga a la calle sin pantalones, pero que será sin duda responsable de que cuando me lo encuentre en la calle le salude con una sonrisa endurecida porque estaré fingiendo que sí me acuerdo de quién es usted), me impide recordar si ya desmenuzamos en esta columna el concepto y neologismo “chairo”.

Por si no, aquí una explicación sucinta: “chairo” es, como ya señalamos, una incorporación reciente a nuestro vocabulario cotidiano.

Etimológicamente parece estar emparentado con un vulgarismo que sirve para designar el sagrado acto de la masturbación.

Desconozco si sigue vigente en el habla de los adolescentes, pero pregúntele a cualquier individuo de mediana edad qué cosa es una “chaira”, además de ese instrumento fálico en el que el carnicero, tablajero o matarife afila sus hojas con interminables caricias de cuchillo en vaivén acompasado. ¿Ya?

Se supone que el chairo es un simpatizante de izquierda con una irrefrenable compulsión por impugnar visceralmente absolutamente todo, pero sin estar debidamente informado, armado únicamente con uno de dos posibles sustentos ideológicos, ya sean los conceptos fundamentalistas del socialismo (tan arcaicos como cuestionables) o bien, los rumores virales y  todo el caudal desinformativo del internet.

En consecuencia, chairo es alguien que cree estar del lado de lo que es correcto y supone que contribuye a la construcción de un mundo mejor (o por lo menos en la destrucción del hediondo mundo vigente), pero todo lo que hace realmente es solazarse en su propia autocomplacencia, es decir, sólo se está masturbando mentalmente y de allí la asociación de conceptos.

¡Wow! Ahora sí me lucí. Y créame, mejor explicado no lo va a encontrar en ninguna otra parte.

Al chairo, pues, no le interesa el intercambio de argumentos para tratar de discernir de qué lado está la razón. Si algo viene del Gobierno está automáticamente mal, es una maniobra de la mafia del poder y un complot en contra de su Santo Patrono, el Redentor de Macuspana, Inmaculado Rayito de Esperanza y… bueno, usted ya sabe quién.

No obstante, el término se popularizó sospechosudamente durante el presente sexenio, que es el de un Presidente de poquísimas luces intelectuales que asumió el poder completamente descalificado por el sector universitario mexicano, es decir, por un nutridísimo segmento de la población en edad y con criterio para votar.

De manera que, muy convenientemente, chairo pasó a ser la descalificación por antonomasia de los defensores del sistema contra quienes tengan algo que objetar de entre todo lo mucho que de objetable tiene el actual régimen, sea o no bien fundamentado.

Así que, si un día alguien le descalifica llamándole chairo, pues haga como yo que hasta agradezco el epíteto, pues vale más un chairo (radical, despistado e intolerante) que 100 lame pelotas del priato.

Bien: en México todos, para bien o para mal, de menor o mayor calibre, pero todos llevamos un chairo adentro. Algunos a flor de piel, otros en algún lugar recóndito de su ser, pero todos.

Y no se crea que es de ahorita, desde el siglo pasado nuestro chairo interior cambiaba al mundo gritándole al televisor, y ahora lo hace compartiendo memes; y es aquel que sospecha lo mismo de la Conspiración Sionista que de los cambios en los juegos de la Selección (que como bien sabemos, los decide el PRIAN en contubernio con Azteca-Televisa).

Sucede que a raíz de la catástrofe de la semana pasada, el chairo que todos los mexicanos llevamos dentro comenzó a rumiar una idea que en un principio parecía práctica, apremiante y hasta loable: que todos los partidos políticos cedieran su financiamiento en favor de la reconstrucción de las zonas afectadas por los movimientos telúricos del 19 de septiembre.

¡Obvio¡ ¡Claro, por qué no! ¡Como debe de ser! ¡A huevo que sí! Pues fíjese que no. No sería legalmente posible ni tampoco deseable, ya que utilizar un solo peso del erario para algo distinto a lo que fue designado constituye un delito importante.

Y me puede decir que en un País en el que diariamente quedan impunes crímenes de peor calaña, destinar el dispendioso gasto de los partidos en la reconstrucción hasta se impone un deber.

Pero es esa falta de legalidad precisamente, el aplicar las leyes a conveniencia, lo que nos golpea a diario peor que el movimiento de las placas tectónicas.  

Entendamos: el terremoto no es un desastre, eso es sólo una eventualidad de la naturaleza. Desastre es la corrupción que propicia que estos eventos nos suman en la desgracia.
Solapar el desvío de recursos a capricho sería incluso avalar un régimen como el de Humberto Moreira que, so pretexto de ayudar a los más marginados, se dio el lujo de manejar las finanzas del Estado a su antojo con los catastróficos resultados que ya bien conocemos.

Ahora bien, el que los partidos renuncien de antemano al recurso (antes de que la Federación lo designe) y se aplique en los programas de ayuda necesarios, ok, como que ya suena más sensato, pero… Aun así, dar permiso a los partidos para que busquen su propio financiamiento, es abrir de par en par la puerta al dinero del narco y de los intereses corporativos (que de por sí ya tienen un pie dentro de la administración pública).

Lo anterior con la agravante de que el supuesto ahorro para la reconstrucción lo ejercería el propio partido en el poder. O sea, le daríamos al PRI y alimañas similares el acceso al dinero ¡dos veces!

No, si ya le digo, para maquinar soluciones facilonas, parchadas y mal hechas, de esas que no solucionan nada, nos pintamos solitos.

Por eso yo le invito a que cuide a su chairo interior: procúrelo, aliméntelo, llévelo al veterinario, báñelo (¡por piedad!), edúquelo, pero sobre todo aprenda a controlarlo y, cuando sea menester, colóquele el bozal para que deje de ladrar un rato y se ponga a estudiar un poco a ver si deja de decir tanta pendejada.

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