La crisis de inseguridad que ha golpeado al País en las últimas dos administraciones y que ya puso en predicamento al gobierno actual está marcada por una presencia constante: la del narcotraficante más conocido del mundo, Joaquín “el Chapo” Guzmán. El poder criminal que representa y su capacidad de corromper gobiernos pesan siempre en las estructuras del poder político.

Imágenes inéditas obtenidas en exclusiva por LatinUs, publicadas ayer en www.latinus.us bajo la firma de Arelí Quintero, nos dan una mirada al personaje en los momentos de su reclusión en 2016, tras su tercera captura. Lo vemos sometido a la rutina burocrática de ingreso de reos al penal de máxima seguridad del Altiplano, en el Estado de México. El delincuente más buscado del mundo, reducido a ser “el Preso 3870”. Pero es el Chapo. Y su imagen pesa distinto.

En la soledad de su celda, rapado, bigote rasurado, uniforme caqui de la prisión, dos rollos de papel en la mano. El Chapo se enfrentaba a un encierro que duraría cuatro meses. De ahí a otra cárcel en Ciudad Juárez y finalmente su extradición a Estados Unidos.

Pero su poder, su leyenda y la estela de violencia que siempre lo ha acompañado, no deja de acarrear consecuencias.

Quizá la mayor crisis del gobierno lopezobradorista fue desatada por el desastroso operativo de captura y liberación de uno de los hijos del capo, Ovidio Guzmán. Y con la confusión acerca de si las autoridades mexicanas buscan aprehenderlo. El episodio trajo como reacción una nueva ola de presiones del gobierno de Donald Trump para que México defina su estrategia contra el crimen organizado.

Pero también las secuelas de su juicio en Nueva York proporcionaron al gobierno mexicano un tanque de oxígeno: los testimonios ahí vertidos llevaron a la detención en Estados Unidos de Genaro García Luna, el poderoso secretario de Seguridad durante el sexenio del expresidente Felipe Calderón.

La boda de la hija del Chapo en la catedral de Culiacán, hace unos días, a la vista de todos y ante el pasmo del Estado mexicano, fue otro recordatorio.

El fracaso de los gobiernos de Calderón y Enrique Peña Nieto en seguridad y los tropiezos de la administración de López Obrador se explican por todo aquello que el Chapo simboliza mejor que nadie: el crecimiento sin control del poder del crimen organizado; el sometimiento, vía la corrupción o la fuerza, de las estructuras políticas en todo el País; la impunidad, y sobre todo la losa pesada, vergonzosa y terrible de más de 200 mil muertos en 12 años y más de 34 mil en el primer año del sexenio que corre, así como la cifra espeluznante de más de 60 mil personas desaparecidas.

El Chapo es el mayor símbolo de la tragedia mexicana del siglo 21.

Guzmán en el penal del Altiplano (2016).