Will Smith, el célebre actor y rapero, se convirtió en blanco de numerosas críticas tras su inclusión en el elenco de una nueva cinta, la cual ha sido considerada por muchos como una mala decisión.

No me refiero a su rol como el Genio de la lámpara en la versión live action del clásico “Aladdin” y cuyo primer avance generó también rechazo, aunque mezclado con hilaridad –la caracterización de Smith como el ente mágico de “Las Mil y Una Noches” amerita algunos despidos en el departamento de CGI de los Estudios Disney–.

Pero no, el personaje que le valió los señalamientos más duros fue su elección como el padre de las afamadas tenistas afroamericanas Venus y Serena Williams, en una cinta biográfica.

¿Y por qué Smith no da el ancho para interpretar a Richard Williams, padre y mentor de las superatletas del deporte blanco?

Sucede que el otrora “Príncipe del Rap de Bell Air” no es lo suficientemente negro para coincidir con la fisonomía étnica de Williams.

Así es, la piel del actor es demasiado clara y no empata con la del hombre de la vida real que piensa interpretar, lo que desató el consabido alud de comentarios de inconformidad en redes sociales, alegando que hay infinidad de actores de un color más apropiado para dar vida en pantalla al personaje.

En esto ha derivado el mundo. Y aunque no podría ni queriéndolo, regatear a nadie su derecho a expresar inconformidad, creo que esto nos regresa peligrosamente al inicio del conflicto racial.

Y es que si hasta hace algunas décadas la pugna se daba entre el supremacismo blanco y la reivindicación de los negros, esto nos encaminaría hacia la división de la humanidad en cada uno de los sutiles y distintos matices que la componen, del más claro al más oscuro, y a un nuevo encono entre cada una de estas nuevas fracciones raciales.

Es decir, el conflicto racial podría revivirse multiplicado en una versión micro de aquel problema histórico que aún venimos arrastrando sin poder zanjar. Y en cada uno de los diferentes grados del pantone tendríamos un conflicto con sus opresores, líderes y mártires respectivos.

Entonces veríamos la vieja historia de violencia recrudecida y repetida infinidad de veces.

Pero el encono de la humanidad no se limita por supuesto al color de la piel, sino que involucra el sexo, así como la preferencia sexual y más recientemente a la identidad, que no son lo mismo; también la ideología política, las creencias religiosas, la afiliación política y hasta la preferencia musical.

La simple lucha por la conquista de espacios y la igualdad que libra la mujer en todos los rincones del globo, lejos de tornarse conciliadora, adquiere una ferocidad que ya tiene al mundo dividido en dos bandos irreconciliables: o se es un macho, cerdo, opresor y feminicida –consumado o potencial–; o una feminazi, loca e histérica cortapitos.

Pídale a cualquiera de los dos que atempere un poco el tono de la discusión y verá que sale odiado y hasta amenazado por las dos partes.

¿Se acuerda de la caravana migrante? Pues también sirvió de excusa para despertar al misántropo que llevamos dentro. Y es que los humanitarios le sacarían con gusto los ojos a quienes se opongan a sus puntos de vista.

La hermana y bolivariana república de Venezuela también es motivo de que nos estemos mentando la madre un día sí y otro también. Y es que mientras unos defienden su soberanía, otros claman por una intervención que aliente un golpe de estado que deponga al viejo bofo de Maduro. ¿Quién tiene la razón? ¡Absolutamente nadie! Sin importar la postura, no hay nada más pendejo que debatir sobre un conflicto iniciando otras diez mil disputas.

Y así el aborto, y así el reconocimiento de los derechos de la comunidad “trans” –que ya está en condiciones de entrar en conflicto con su contraparte gay, ya que los privilegios para unos y otros son muy desiguales–, y así lo de Siria o el debate de la quesadilla con o sin queso. Para todo tenemos una opinión, incluso para aquello que no nos afecta. Sin embargo, somos tan soberbios que nos gusta ver a nuestros propios prejuicios triunfar sobre los demás y de esto nadie se escapa.

Los medios digitales y la globalización, lejos de traer consenso nos han acarreado todo lo contrario. No sé si conociendo la naturaleza humana era lo de esperarse, pero a veces sí creo en la existencia de una agenda, dictada muy muy arriba en el poder, diseñada para que siempre estemos los unos contra los otros y que nunca ejerzamos el poder de nuestra colectividad en contra de quienes en verdad nos joden y que no son ni los antitaurinos, ni los abortistas, ni los chairos o derechairos, ni las feministas ultra o los fans de “Game of Thrones”.

Le aseguro que hay una élite a la que todos estos temas le tienen muy sin cuidado, pero los aviva cuando nos aburrimos lo suficiente como para ser capaces de reparar en su existencia.

Mientras tanto, si piensa indignarse y hacer patente su disgusto por lo de Will Smith, hágalo pero por la peli de “Aladdin”, y es que el actor no es lo suficientemente azul para interpretar al amado y divertido genio de la lámpara.

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