Se sueña desde la infancia, todos los días; tal vez desde que estamos en el vientre de nuestra madre tenemos la sensación de soñar.

Al tener contacto con el exterior se sueña sobre situaciones que aparecen de manera cotidiana en las pequeñas cosas; en los gestos de las personas conocidas, en los regaños o momentos de divertimiento y tal vez el primer elemento fuerte que aparece en nuestros sueños es la noción de la muerte, cuando de niños nos enteramos que se muere irremediablemente algún día.

¿Soñamos a colores o en blanco y negro? Los sueños, cuando adultos, se vinculan a los problemas de cada día, a la ansiedad. Pocas veces retomamos los sueños infantiles que surgen de las sensaciones, no sólo de las imágenes. Aquellos sueños que tuvimos.

Los sueños de los niños y los adolescentes de la actualidad no son como los de antaño; ahora muchos de ellos duermen con nerviosismo y, cuando lo hacen, no tienen sueños afines a su edad porque están en el desamparo bajo techos familiares disfuncionales o abandonados físicamente por sus padres.

Niñas y niños desaparecen año con año sin saber de su paradero. La prostitución infantil es un hecho terrible como también los matrimonios entre adolescentes y niñas madre. La violencia de los últimos años ha llevado a la muerte a miles de jóvenes. Los sueños de todos ellos migraron hacia una pesadilla porque no se ha garantizado su seguridad.

¿Dónde están los derechos de la niñez y de la adolescencia? ¿En el nuevo Gobierno Federal tienen prioridad estos derechos?

En México existe el Sistema Nacional de Protección Integral de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes (Sipinna); ¿qué tanto funciona en la realidad?; ¿qué tanto participa la sociedad civil en esta plataforma que involucra al mismísimo Presidente de la República?

Para los adultos de hoy hay situaciones difíciles de la cotidianidad que hacen difícil el dormir, pero en el caso de los niños, niñas y adolescentes que viven en condiciones de desamparo, los sueños a los que corresponde su momento de vida son sueños oscuros.

Estos seres desposeídos no sólo merecen una plataforma para su educación, un techo y atuendos dignos: merecen amor y respeto.

¿Por qué no involucrarnos fuertemente para que los derechos del 40 por ciento de la población mexicana no sean vulnerados?

Todos ellos deberían tener sueños coloridos. México como país debe brindarles la seguridad de desarrollarse y crecer a plenitud. Por ello celebro que personajes como el obispo Onésimo Cepeda y el senador Eruviel Avila ya no cuenten con escoltas y vehículos oficiales asignados para su protección a cuenta del erario público. ¿Cómo serán los sueños de estos hombres poderosos? ¿De qué se protegen?

Hay que poner el acento en este segmento de la población que ha sido tan olvidado, pero que en poco tiempo formará parte de la fuerza laboral. Si arropamos ampliamente a los niños, niñas y adolescentes podrán encarar de manera efectiva las crisis que hemos venido arrastrando como sociedad, de otra manera crecerán sin un sentido de pertenencia, y no sentirán su raza ni su país. No permitamos la ausencia de color en los sueños de estos seres humanos que podrían cambiar positivamente nuestra historia.