El drama de esta serie resulta de una cursilería que haría ruborizar al mismo Walt Disney, que en su nevera descanse

Los gringos aprendieron de su historia por Hollywood.

Dicho de otra manera: El cine se encargó de reescribir la historia para  el buen pueblo norteamericano.

¿Quién necesita libros cuando se tiene a la industria del entretenimiento más grande del mundo para que nos eduque?

De tal suerte que el panteón de próceres y mártires de los EEUU es más una colección de héroes de acción a lo The Expendables y, por supuesto, las causas que enarbolan son las únicas y verdaderas de justicia y de bondad. Es por eso que en la batalla de 

El Álamo, los güeros son los muchachos chichos y nosotros los bárbaros, feos y sucios invasores.

Así que en nada debe sorprendernos tampoco que en el ideario gringo, la expresión más acabada del humanismo se encuentra en el pueblo blanco, cristiano y democrático de “America la ‘Biutiful’”. Los demás pueblos, razas y naciones son, en el mejor de los casos, una mala imitación de su paradigma, cuando no de plano, enemigos del american way a los que hay que destruir a como dé lugar.

Este adoctrinamiento, la total convicción de su Destino Manifiesto, no habría sido posible con la misma efectividad ni desde las aulas ni desde el púlpito como lo fue desde la gran pantalla.

Tiene sentido, después de todo, el cine es un arte multidisciplinario en el que cada aspecto está perfectamente medido y calibrado para tocar nuestras fibras más íntimas.

El cine, entendido no como arte sino como industria, es una sucesión de estampas de perfección que, puesta al servicio de un mensaje se convierte en una maquinaria de propaganda escalofriantemente efectiva.

Desde la belleza de un protagonista escogido entre miles, fotografiado en condiciones de luz y profundidad milimétricamente cuidadas, con un coro de ángeles y violines, constituye todo un reto convencernos de que toda esa hermosura con que se acribilla a nuestros sentidos no es el marco para la verdad más pura.

Y aquel que piense que la industria del cine no caminó de la mano con la agenda del gobierno norteamericano desde sus primeras décadas de esplendor y hasta la fecha, es porque quizás se la pasó dormido todo el siglo 20.

Hoy en día la penetración se da vía wi-fi y hasta nuestros hogares por las plataformas de streaming de la cual Netflix es el modelo a seguir, además de ser actualmente el principal productor de contenidos domésticos en el mundo, con series y películas para cada región en donde haya sentado sus reales, incluyendo México.

Este fin de semana y con motivo del vigésimo quinto aniversario del asesinato que en una tarde aciaga interrumpiera la barra vespertina de caricaturas del Canal 5, Netflix estrenó su serie “Historia de un Crimen: Colosio”, que intenta reconstruir además del hecho, el contexto político y social alrededor de este homicidio de estado.

La serie parte de una premisa que se ocupa en establecer durante todo su primer episodio: Luis Donaldo Colosio era un hombre bueno.

Y con un cimiento argumental tan endeble, las carencias de la producción o las histriónicas del reparto pasan a un segundo término, porque el drama resulta de una cursilería que haría ruborizar al mismo Walt Disney, que en su nevera descanse.

Para dibujarnos la bonhomía de este santo mártir priista, ahora sí, con una narrativa digna de un episodio de la Rosa de Guadalupe, le vemos en distintas escenas interactuando con los diversos actores de la cúpula del poder, comenzando por un Presidente Carlos Salinas de Gortari salido del taller de Jim Henson.

Por supuesto que el Colosio idealizado de Netflix no tiene empachos en romper con el Presidente que lo ha postulado; en rechazar categóricamente el apoyo que para su campaña le ofreció el hermano incómodo, Raúl Salinas; o en decirle claramente a su jefe de campaña, Ernesto Zedillo, que quería una contienda limpia, sin  acarreados ni ninguna otra de las prácticas habituales del partidazo tricolor.

Con ese mismo acartonamiento melodramático le vemos debatirse entre cuidar a su esposa enferma o entregarse de lleno a la campaña: “Si quieres renuncio a ese chiquero de partido y de los Salinas”, dice Colosio a Diana Laura. Ergo: Colosio era el candidato del PRI, pero no era un priista.

A esas alturas del culebrón pensé: “Nomás falta que lo veamos redactando él mismo aquel discurso que tanto le celebran”.  Minutos más tarde -¡zas!- pluma y cuaderno en mano, Colosio y su mujer trabajaban en el borrador de aquella arenga, sopesando cada palabra, su posible efecto en la audiencia y las probables consecuencias al interior del partido y de la Presidencia. ¡Shulada!

¿Qué hacía alguien sin atisbo de malicia, elevados ideales y tan comprometidamente doméstico surcando el pantanoso estercolero del PRI-Gobierno neoliberal de CSG? Bueno, es algo que responder a duras penas le funcionaría a alguien como entretenimiento, pero nunca como revisionismo. ¡Mucho ojo!

Anticipo que la serie tendrá su apogeo, porque está visto que nos chiflan las bio-series cursilonas, pero sea cauto y no replique el error de los gringos, de mamar la versión oficial de una pantalla, que si Hollywood no es buen maestro de Historia, Netflix no tendría por qué ser mejor.

 

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