Hemos decidido aceptar la ‘derrota’ en el juego de venciditas que irresponsablemente se decidió jugar en este caso

Resulta muy difícil, incluso haciendo un esfuerzo, encontrar en la memoria un antecedente de expulsión de un embajador de México en el exterior. Incluso en momentos de tensión con otras naciones, lo más que ha ocurrido es que nuestra Cancillería decida retirar a su representante.

Por ello es que el caso de María Teresa Mercado, a quien el gobierno de Bolivia ha declarado persona non grata –lo que equivale a ser expulsada del territorio de aquella nación– constituye un caso atípico en la historia reciente de la diplomacia mexicana.

Y aunque no pocas voces han pretendido convertir a la expulsión de la embajadora Mercado en un motivo para la exaltación del nacionalismo, lo cierto es que estamos ante un episodio más bien bochornoso que, todo hace indicar, deriva de un error de cálculo político.

Porque una cosa es cumplir con las obligaciones internacionales relativas al asilo y al refugio, y otra muy diferente provocar un incidente internacional a partir de asumir posiciones respecto de un conflicto político interno de otra nación.

El “pecado” de la autodenominada cuarta transformación es aún mayor porque se ha afirmado, una y otra vez, que este gobierno se sujeta a los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos, principios que claramente no se han respetado en el caso de Bolivia.

Más allá de la opinión que cada persona –incluidos quienes integran el Gobierno de la República– pueda tener respecto de la forma en la cual Evo Morales dejó el poder, si nos hemos declarado “neutrales” ante la política interna de cualquier otro país entonces debemos mantenernos neutrales.

Lejos de esta posibilidad, y aparentemente a partir de un cálculo político de la Cancillería mexicana, se “atizó” el conflicto con el gobierno de la presidenta Jeanine Áñez reclamando con desmesura un aparente “hostigamiento” a la sede diplomática mexicana en aquel país y un presunto “ultraje” a nuestra embajadora.

El fin de semana anterior, sin embargo, el gobierno de Bolivia parece haber puesto al descubierto una estrategia para burlar las órdenes de captura que pesan sobre algunos exfuncionarios bolivianos refugiados en la sede diplomática de nuestro País, y eso derivó en la expulsión de la embajadora.

El Gobierno mexicano ya ha dejado claro que la ruptura con el gobierno que encabeza Áñez no está en el horizonte, lo cual evidencia que hemos decidido aceptar la “derrota” en el juego de venciditas que irresponsablemente se decidió jugar en este caso.

No se trata de ninguna tragedia y eso también hay que decirlo. Pero sí de una abolladura a una de las pocas áreas del Gobierno mexicano que siempre ha sido un motivo de satisfacción e incluso de orgullo: el servicio exterior.

Valdrá la pena que la Cancillería mexicana aprenda la lección y en el futuro comprenda que el escaso rigor con el cual puede actuarse en territorio nacional no puede ser llevado al exterior sin consecuencias.