Mamá Lata, abuela mía queridísima, siempre estaba pidiendo limosna para San Francisco. Un día le pidió 10 pesos a mi tío Raúl, su hijo. Los frailes franciscanos, le contó, iban a renovar el piso de la iglesia, y 10 pesos costaba un metro de mosaico. Mi tío le dio aquel dinero, pues siempre obsequiaba los deseos de su madre.

Llegó el 4 de octubre, día de la fiesta del Poverello. Esa tarde llegó mi tío Raúl a tomar café en la casa materna.

-Mamá -le dijo a doña Liberata-. Necesito saber cuál es mi metro.

-¿Tu metro de qué? -le preguntó ella sin entender.

-Mi metro de piso en San Francisco -precisó mi tío Raúl-. Hoy fui a la iglesia, y no encontré dónde arrodillarme. Y ahí hay un metro de piso que me pertenece, pues yo pagué por él.

La tradición franciscana es entrañablemente saltillera. Aquí siempre ha tenido muchos devotos el santo de Asís. Unida a esa tradición está la del famoso cordonazo de San Francisco, una onda fría que llegaba siempre el 4 de octubre, o muy cercana ya esa fecha.

El cordonazo de San Francisco traía consigo neblina y lluvia. Tal parecía que el invierno enviaba primero su tarjeta de presentación antes de llegar para quedarse. Ese día se sacaban los abrigos por primera vez, y esa noche salían de las castañas -que así se llamaban los baúles o petacas- aquellas recias, ásperas y pesadísimas cobijas nombradas “de lana y lana”, tejidas en los telares del barrio del Águila de Oro, cobijas que por mucho que se las lavara y pusiera al sol jamás perdían su acre olor a chivo meado.

Antes el clima de Saltillo tenía palabra de honor. Podía uno confiar en él. Si era tiempo de canícula había canícula; la primavera parecía primavera, y a la llegada del invierno hacía un frío que calaba. Ahora ya no sabe uno a qué atenerse. “Este año no hubo invierno” -dice la gente. O: “Falló la canícula”. Aquel infalible cordonazo de San Francisco ya no tiene puntualidad de tren inglés. Quién sabe a dónde iremos a parar. A lo mejor dentro de algunos años ya ni clima va a haber.

No tiene caso entrar en discusiones acerca de las causas de esa inconstancia o veleidad climática. Culpemos, aunque sea en forma provisional, a los americanos. Desde que empezaron a tronar bombas atómicas el mundo ya no fue el mismo. Hay quienes dicen que el eje del planeta se enchuecó. Algo ha de haber pasado, porque las cosas han cambiado mucho. Miren cómo andan el mundo. El Papa Francisco, cuyo santo se celebra hoy, exhorta a las naciones a volver a la fe y la religión. Igual exhortación debería hacerle al clima, para que no ande ya con tantas variaciones.

Mientras tanto evoquemos a ese segundo Cristo, San Francisco, que por humilde y pobre está al alcance de todas las posibilidades, y que se deja amar de todos. Fue poeta, y eso lo hace ser dos veces santo. Yo bien quisiera que con su cordoncito me amarrara el alma, para que no se me fuera ya por torcidos vericuetos, sino que caminara por aquellas veredas que aparecían en las estampitas que nos daban en el catecismo, sendas floridas y con un arroyito de aguas claras como los claros ojos de aquella monjita clarisa de la que me enamoré a los 12 años.