La canción de Víctor Jara, que lleva el nombre de esta columna, ha servido de acompañamiento a las protestas desde que inició el “estallido social” en Chile, bajo el lema de las manifestaciones por los derechos humanos.

El compositor, cantante, director de teatro, profesor y activista a favor de las causas sociales nacido en Lonquén, estudió en la Universidad de Chile gracias a becas de apoyo. “Tito”, a quien le fue arrebatada la vida durante el golpe de Estado de 1973, desarrolló canciones de contenido social y su voz resuena en las calles 46 años después bajo las mismas premisas que defendía: justicia social, amor y protesta.

Con las estrofas de su canción: “es fuego de puro amor, es el canto universal, cadena que hará triunfar, el derecho de vivir en paz”, se mantienen vigentes las consignas de todo ser humano: un derecho inalienable a tener una vida digna y en paz. Pero, ¿qué es la paz?

Según las significaciones religiosas, la paz es fruto del amor, es la aspiración de las personas de todos los tiempos, armonía fraternal, el bien supremo de la humanidad, un ideal común, un deber de todo ciudadano del mundo para cimentar la paz en la justicia y el amor. La paz comienza en el interior de los corazones. Los textos religiosos describen una acción más allá del “equilibrio personal” para relacionarlo con el “equilibrio social”: nace de un corazón nuevo, es la paz de conciencia, reconciliarse con uno mismo y con los demás.

En tanto que, desde la significación jurídica, la paz es un derecho humano, de tercera generación, una condición para el ejercicio de los demás derechos. Así, la Declaración sobre el Derecho de los Pueblos a la Paz de 1984 señala que “los pueblos de nuestro planeta tienen el derecho sagrado a la paz”; la Declaración de Oslo sobre el Derecho Humano a la Paz y la Declaración de las Palmas de 1997 establecen el derecho humano a la paz como inherente a la dignidad humana, y la Carta de las Naciones Unidas de 1945 señala la necesidad de preservar a las “generaciones del flagelo de la guerra” y “mantener la paz y la seguridad internacionales”.

La UNESCO, por su parte, reconoce que “todas y todos tenemos derecho a vivir en paz; a una paz justa, sostenible y duradera”, que abarca elementos como vivir en un entorno seguro, la libertad de conciencia, expresión, religión, reunión, resistencia contra los estados opresores, exigir el desarme, evitar el uso excesivo de la fuerza; los derechos de los refugiados, migrantes y asilados; el derecho a la justicia, verdad, memoria, reparación y no repetición para víctimas de violaciones a derechos humanos, entre otros.

Sin embargo, los instrumentos jurídicos no bastan para que las intenciones se hayan materializado en la vida diaria de las personas. Como señala el Índice de Paz Global 2019, el mundo es menos pacífico que hace una década. Mientras Islandia, Nueva Zelanda, Austria, Portugal y Dinamarca aparecen como los cinco lugares más pacíficos del mundo, las personas en Afganistán, Siria, Sudán del Sur, Yemen e Irak viven en las condiciones menos pacíficas.

Aunado a lo anterior, este año el cambio climático se sumó a los factores que afectan la paz, además del terrorismo y los conflictos armados; todos estos factores obligan a los desplazamientos humanos con los efectos posteriores de migración y fronteras.

México, por su parte, aparece en el lugar 140 de 163 países evaluados en el mencionado índice. En nuestro País, la violencia tuvo un impacto económico valorado en 5.16 billones de pesos en 2018, englobado en rubros como homicidios, seguridad interna, sistema judicial, penitenciario y gasto gubernamental en contención de la violencia.

En cambio, en el rubro de Paz Positiva, México tuvo mejores resultados al ubicarse en el lugar 62 de 163; por una parte, se observaron malos desempeños en niveles de corrupción, distribución equitativa de recursos, buen gobierno, información y libertad de prensa debida a la violencia contra periodistas; por otra, los mejores resultados se obtuvieron en aspectos como cooperación de la comunidad, educación, igualdad de género, aceptación de los derechos de los demás, entorno empresarial sólido y capital humano.

Lo anterior nos permite valorar que la paz se construye de muchos elementos, personales y colectivos, y sin duda falta mucho para que vivir en paz sea una realidad para cada ser humano.

Tal vez si asumiéramos el “camino de paz” y resistencia pacífica, como Gandhi, el Dalai Lama, Martin Luther King Jr., Nelson Mandela, Malala Yousafzai, entre otros, y fuéramos instrumentos de paz, desde nuestro ser interior, hogar, trabajo, comunidad, no solamente promoveríamos una cultura de la paz, sino que mediante pensamientos, palabras y acciones reflejaríamos un comportamiento que trasmita y construya la paz personal y social, así todos estaríamos aportando en cada instante a la paz universal.

Si el amor permite construir la paz, que nuestros corazones mantengan vivo el latido de Víctor Jara, que resuenen en tambor de cacerolas desde Chile hasta el mundo entero, que su voz llene las calles en un canto de búsqueda de justicia y dignidad, del derecho de vivir en paz… Y, tal vez, como señala Joan Jara Turner, entonces “fuéramos capaces de acabar su canción”.

 

yolandacortes@uadec.edu.mx

La autora es asistente  de investigación del Centro  de Educación para los Derechos Humanos de la Academia IDH

Este texto es parte   del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA  y la Academia IDHDerechos Humanos S. XXI